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Pocas imágenes ilustran mejor la transformación del Golfo Arábigo que la de Dubái. En apenas unas décadas, una ciudad cuya economía estuvo vinculada a la pesca y al comercio marítimo se convirtió en un centro global en todo sentido. Lo ocurrido en Dubái no constituye un fenómeno aislado. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahréin han articulado agendas nacionales de desarrollo con horizonte hacia 2030 orientadas a diversificar sus economías y reducir su dependencia de los hidrocarburos. Estas estrategias convergen en el impulso de nuevos sectores como las finanzas, el turismo, la logística y la tecnología, con prioridades diferenciadas según las capacidades y objetivos de cada país.
Los seis países, ubicados en el Golfo Arábigo, comparten una matriz cultural árabe e islámica con trayectorias políticas diferenciadas. En la región coexisten monarquías tradicionales, monarquías constitucionales y una federación de monarquías. Esta diversidad no ha impedido que se articulen en torno al Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (CCG), organización regional de integración cuyo tratado constitutivo busca la coordinación, integración y conexión entre los Estados miembros en todos los campos, procurando la prosperidad y la seguridad colectiva de sus integrantes.
Comprender esta transformación exige más que un inventario de datos económicos. Vale traer a colación el concepto de “multiplexidad” para describir el sistema internacional actual, que ya no se explica únicamente a través de la multipolaridad clásica (la distribución del poder duro, militar y económico, entre los Estados). A diferencia de esa medida tradicional, la “multiplexidad” evalúa la capacidad de interacción de los actores: su habilidad organizativa y física para mover ideas, bienes y recursos a través del sistema global (Acharya, 2023), en un orden donde coexisten múltiples centros de poder, normas e instituciones, y donde la autoridad se distribuye entre actores estatales y no estatales, organizaciones internacionales, empresas transnacionales y comunidades culturales (Buzan, 2023). Bajo este lente, los países del Golfo emergen como actores de creciente liderazgo precisamente por haber desarrollado esas capacidades de interacción, que les permite proyectarse mucho más allá de su espacio geográfico inmediato. La cuestión para el Perú, por tanto, consiste en determinar cómo insertarse adecuadamente en esta transformación.
El relacionamiento del Perú con el mundo árabe comenzó con una trayectoria multilateral de dos décadas (Lembcke, 2023). En 2005, durante la primera Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de ambas regiones, celebrada en Brasilia, se creó el Foro América del Sur-Países Árabes (ASPA), cuya continuidad se expresó en la II Cumbre, realizada en Doha en el 2009, y en la III Cumbre, celebrada en Lima en el 2012. Esta última, además de abordar la agenda diplomática, incluyó actividades culturales y una reunión empresarial de amplio alcance. Tras la IV Cumbre, celebrada en Arabia Saudita en el 2015, ASPA no volvió a convocarse. La reunión prevista para el 2018 en Venezuela finalmente no se concretó. Sin embargo, este estancamiento del diálogo birregional no se tradujo en una desconexión en el plano bilateral. Por el contrario, el Perú amplió progresivamente su presencia diplomática en la región, mediante la apertura y reapertura de embajadas en Arabia Saudita (con concurrencias en Omán y Bahréin), Qatar, Kuwait y, más recientemente, los Emiratos Árabes Unidos. En paralelo, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos establecieron sus respectivas embajadas en Lima en los años 2012, 2013 y 2016.
Como parte de estos esfuerzos diplomáticos, del 27 de abril al 1 de mayo de 2025, el entonces canciller Schialer realizó una gira por Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Arabia Saudita, la primera visita oficial de un ministro de relaciones exteriores peruano a la región en quince años. La gira buscó dotar de mayor dinamismo al relacionamiento político con los países del Golfo y, sobre esa base, posicionar al Perú como un socio confiable y un destino atractivo para la inversión, así como ampliar las oportunidades para sus exportaciones y empresas. Uno de sus resultados concretos fue la suscripción del Memorándum de Entendimiento para el Establecimiento de Consultas sobre Asuntos de Interés Común entre la Cancillería peruana y el CCG, que proporciona un marco institucional para un diálogo político de alto nivel y permite explorar nuevas áreas de cooperación con el conjunto de la organización. La visita adquirió, además, un valor simbólico al coincidir con el 50.º aniversario de las relaciones diplomáticas con Kuwait y con la consolidación de la presencia diplomática peruana en el Golfo, incluida la inauguración de la Embajada del Perú en Abu Dabi.
Sin embargo, una política exterior efectiva hacia el Golfo exige también una dimensión institucional-cultural dinámica y duradera en el tiempo: profundizar el conocimiento de la región, comprender su cultura, su idiosincrasia y fortalecer las capacidades lingüísticas necesarias para interactuar con ella. En última instancia, esta es la lección que se desprende del marco “multiplex” citado líneas arriba: en un orden internacional donde el liderazgo es multidimensional y específico por temas, la capacidad de interacción no se construye únicamente mediante memorandos e instrumentos jurídicos, sino también mediante el conocimiento acumulado y los vínculos humanos que, con el tiempo, sostienen las relaciones entre los Estados.