• 09/03/2026 00:00

El mensaje sobre el ‘Estado de Unión 2026’ del presidente Trump: una lectura para Panamá

El reciente discurso del “Estado de la Unión” del presidente Donald Trump no fue solo un mensaje a congresistas y electorado estadounidenses. Para países pequeños pero estratégicamente ubicados, como Panamá, fue también un espejo en el que, -querámoslo o no-, se puede ver cómo un Washington, bajo el liderazgo del presidenteTrump, entiende el mundo y escoge a sus socios confiables y relevantes. Este discurso reiteró que, en la lógica actual de la Casa Blanca, la amistad se mide más por la manera en que se contribuye a la seguridad y fortaleza de Estados Unidos en un mundo de competencia geopolítica abierta.

El presidenteTrump repitió una idea central: “paz mediante la fuerza”. Esta es una forma de ver las relaciones internacionales donde la disuasión clara, decisiones rápidas y la ausencia de ambigüedad, cuentan más que los consensos diplomáticos. En ese esquema, un “aliado” no es solo quien firma acuerdos, sino quien se comporta como un socio que reduce riesgos para Estados Unidos, y no como quien los multiplica o traslada.

Panamá, país desmilitarizado, no es llamado a gastar 5 % de su PIB en defensa, como se exige ahora en la OTAN. Pero sí tiene su propio “gasto en defensa” equivalente: la seguridad y defensa del Canal, la gestión de sus fronteras, su territorio y aguas, su sistema financiero y la claridad de su alineamiento estratégico. Cada decisión que se tome en estos campos se leerá en Washington como un indicador de confiabilidad.

Por eso, la política comercial deja de ser un tema técnico aislado. En la visión que Trump expuso, el comercio es una extensión directa de la seguridad nacional. Cuando en Panamá hablamos de asociarnos más con Mercosur; cuando se plantean medidas más proteccionistas frente a importaciones agrícolas estadounidenses, o revisiones del TPC para blindar sectores, en Washington estas ideas se pueden interpretar como una “deriva estratégica”: un socio que disfruta del acceso al mercado estadounidense pero, al mismo tiempo, restringe sus exportaciones y construye otras plataformas que podrían servir como “puertas traseras” para bienes de potencias rivales.

Algo similar ocurre con China. El aumento de importaciones en el mercado panameño o la presencia de empresas de ese país en puertos o infraestructuras cerca del Canal, no han sido vistos en Estados Unidos como simples oportunidades económicas. En la lógica de la administración Trump, son piezas preocupantes de un tablero, más grande, donde China busca presencia en puntos de “estrangulamiento” clave como es el Canal de Panamá. Por ello, cuando a la luz de auditorías y fallos judiciales, se han revocado concesiones portuarias chinas, reasignando las mismas, temporalmente, a operadores europeos, Washington puede ver un paso positivo para reducir la exposición china y las dudas sobre la previsibilidad regulatoria y el riesgo país para cualquier capital privado occidental, incluido el estadounidense.

A esto se suma la cuestión migratoria. El discurso fue explícito: la migración ilegal se presenta como una amenaza a la soberanía, al orden social y a la seguridad interna. Panamá, por su geografía, está ahora en ese mapa, porque el “tapón del Darién” no es solo un problema humanitario o de orden público local, sino uno de los principales indicadores de cómo se le percibe en Washington: o se ayuda a controlar los flujos, o se es un corredor que los facilita. La respuesta que se dé a esa disyuntiva influirá en cuánta atención y apoyo estratégico esté dispuesto a otorgar Estados Unidos.

La guerra contra los cárteles y el fentanilo, que Washington ya designó como terrorismo y armas de destrucción masiva, también atraviesa a Panamá. No solo por el tránsito físico de droga por mares y costas, sino por el rol del sistema financiero panameño. Un país que quiere ser relevante como centro de servicios y logística, no puede permitirse ser visto como eslabón débil en la cadena de lavado o de encubrimiento patrimonial de redes criminales. En el marco doctrinario que vimos en el discurso, Estados Unidos utilizará su poder financiero para exigir a sus socios estándares muy altos. Quien no los cumpla verá erosionados su reputación y su valor estratégico.

En el terreno diplomático, Panamá ocupa hoy un asiento sensible: el Consejo de Seguridad de la ONU. Allí, cada voto sobre Venezuela, Cuba, Irán o Israel se convierte, desde la óptica de Washington, en una “preferencia revelada”. El mensaje del discurso es claro: los países que aspiran a un lugar especial en la órbita estadounidense son observados por cómo se pronuncian, públicamente, cuando se discuten temas que Estados Unidos considera vitales.

En última instancia, la lectura que Panamá puede extraer, -creo yo-, del discurso del presidente Trump al Congreso americano este 2026 es que, en esta etapa de la política global, ser socio confiable y relevante de Estados Unidos exige coherencia. Coherencia entre lo que hacemos en el Canal y lo que decimos en la ONU; entre nuestras políticas comerciales o migratorias y nuestro discurso de amistad hemisférica; entre la regulación financiera y la aspiración de ser un “hub” logístico y digital del siglo XXI, y así todo. Si Panamá elige ser visto como pieza confiable de un orden occidental que aún se sostiene en Estados Unidos, su relevancia crecerá. Si opta por una ambigüedad que Washington lea como indecisión o cálculo táctico, el distanciamiento y la irrelevancia serán la consecuencia.

*El autor es excanciller de la República de Panamá
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