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- 06/07/2026 00:00
El océano también tiene voz y nosotros, por fin, aprendemos a escucharlo
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Agrega La Estrella en Google ↗️Hay momentos en la vida de un servidor público en que el trabajo deja de ser trabajo y se convierte en algo más parecido a un privilegio. Yo tuve uno de esos momentos cuando me enteré de lo que estaba sucediendo en las profundidades del Pacífico panameño: siete micrófonos sumergidos en el océano, grabando en silencio los susurros de un mundo que existe sin nosotros, que late y respira y se comunica en una frecuencia que nuestra especie tardó demasiado en reconocer. Las ballenas precisamente, producen complejas secuencias de sonidos que son denominados como “cantos”. Aunque no poseen cuerdas vocales como los seres humanos, se comunican, se llaman, se reconocen a través de melodías que viajan kilómetros bajo el agua. Son composiciones que cambian, que evolucionan, que los machos aprenden y modifican de temporada en temporada como si fueran poetas del fondo del mar. Y nosotros, con toda nuestra modernidad, con toda nuestra prisa, hemos llenado ese espacio de ruido. Motores, hélices, estruendo industrial. Sin darnos cuenta, hemos estado interfiriendo en una de las formas de comunicación más antiguas del planeta. Una conversación que no nos pidió permiso para existir, pero que depende, hoy, de que nosotros decidamos protegerla.
El proyecto piloto que Panamá está llevando adelante en el marco del Proyecto Pacífico Sostenible es mucho más que ciencia, es un acto de humildad colectiva. Es la decisión de detenernos, bajar el volumen y hacernos las preguntas incómodas: ¿qué estamos haciendo? ¿A quiénes estamos afectando? ¿Podemos hacerlo mejor? Pocas veces una pregunta científica carga tanta ética dentro.
Entre el 2025 y 2026, se instalaron hidrófonos en siete sitios estratégicos: Contreras, Ladrones, Paridas, Cébaco, Iguana, Boná y Contadora. Esos equipos capturaron más de 30,000 archivos de audio. Treinta mil fragmentos del mundo submarino. Treinta mil oportunidades de entender algo que nunca habíamos tomado el tiempo de escuchar. Cada archivo es una ventana abierta hacia una realidad paralela a la nuestra, igual de compleja, igual de frágil, igualmente digna de ser cuidada. Me conmueve especialmente que sean jóvenes científicos, catorce estudiantes panameños y estadounidenses, quienes están analizando esos registros. Que una nueva generación esté aprenda a escuchar el océano de una forma distinta, a distinguir el canto de una ballena jorobada del ruido de un motor fuera de borda. Pero, más allá del aprendizaje, su trabajo está contribuyendo a generar información científica valiosa. Que esa sea su educación. Que ese sea su punto de partida en la vida. Si ellos crecen sabiendo que el océano habla, crecerán también sabiendo que tenemos la obligación de cuidar lo que dice.
Panamá es el único país, entre los siete que conforman el Pacífico Sostenible, donde se realiza este estudio. Y no es casualidad. Nuestras aguas, lugar del planeta donde las ballenas jorobadas del hemisferio norte y del hemisferio sur migran para reproducirse, para dar a luz, para amamantar a sus crías. Dos rutas migratorias que se cruzan en nuestras aguas panameñas. Dos poblaciones que llegan justo aquí, en este rincón del Pacífico que muchos no saben que existe y que guarda, sin saberlo, uno de los tesoros más extraordinarios de la vida en la Tierra. Pero la historia de conservación de las ballenas en Panamá no se escribe únicamente en el mar. También se construye desde las comunidades costeras, de la mano de los guías, capitanes y operadores turísticos que conocen estas aguas mejor que nadie y que, cada temporada, comparten con miles de visitantes la experiencia de observar cetáceos en libertad. Este proyecto los capacitó, los involucró, los reconoció como parte esencial de la solución. Entre ellos, participantes de comunidades como Punta Chame, Santa Catalina y
Boca Chica, donde el avistamiento de cetáceos representa una importante actividad para las economías locales. Porque la conservación que no incluye a las comunidades no es conservación: es imposición. La sostenibilidad real nace cuando quienes habitan un territorio se convierten en sus guardianes por convicción propia, no por decreto. También me detengo ante algo que pocas veces se nombra con esta claridad: el proyecto documentó que las mujeres están casi ausentes de los empleos del avistamiento de ballenas. Que las barreras económicas, educativas y culturales las mantienen al margen de una actividad que sucede frente a sus propias costas, en su propio territorio. Verlo escrito, medido, evidenciado, es el primer paso para cambiarlo. Y eso también es una forma de escuchar: escuchar a quienes el sistema ha silenciado.
Cuando pienso en esos siete micrófonos en el fondo del Pacífico, grabando en la oscuridad lo que nosotros no podemos ver, pienso en lo que significa comprometerse con algo que merece ser protegido. El océano cubre más del 70% de nuestro planeta y aún guardamos de él más preguntas que respuestas. Este proyecto piloto es una pequeña luz encendida en esa inmensidad. Una promesa firme de que Panamá no mirará hacia otro lado.
Desde el Ministerio de Ambiente, acompañamos este esfuerzo con orgullo y con convicción. Lo que hoy se aprende en estas aguas se convertirá en política pública, en directrices regionales, en decisiones concretas que protegerán a especies que no pueden hablar por sí mismas ante una asamblea o ante una comisión. Nosotros tenemos esa responsabilidad. Y la asumimos sin dudarlo.
El océano también tiene voz. Y hoy, gracias a quienes hicieron posible este proyecto, Panamá lo está escuchando.