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- 06/01/2026 00:00
El periodismo debe ser atalaya sagrada; rechazamos la extorsión
La democracia no es una abstracción. Es un sistema que debe escuchar la voz del pueblo y garantizar que esa voz esté representada en la conducción del Estado, reduciendo la distancia entre gobernantes y gobernados y procurando una convivencia social armónica. No es casual que el término provenga del griego demos —pueblo— y kratos —poder—: el poder del pueblo.
Bajo esa premisa, el periodismo no es un espectador, sino un actor esencial. De allí surge nuestra doble obligación: defender las libertades públicas e individuales y, al mismo tiempo, exigir a la clase política un país con bienestar y dignidad para todos.
El periodismo dejó de ser un simple oficio para convertirse en una profesión que exige formación, criterio y ética. Sin embargo, en Panamá los periodistas reciben salarios miserables, una precariedad que en algunos casos los empujará a decisiones equivocadas. No se justifica, pero ayuda a entender por qué algunos terminan desviándose del camino.
Como advertía José Martí, el periodismo debe ser una “atalaya sagrada” de civismo, patriotismo y humanismo. Cuando se pierde esa noción, la información se transforma en mercancía.
Hoy la información es un negocio rentable para las industrias mediáticas, que con frecuencia descuidan su misión esencial de informar. Los sectores económicos influyentes restan importancia al compromiso de elevar la cultura y la educación a los sectores marginados. El chantaje es un delito, la extorsión también y el periodismo mercenario, aunque algunos intenten disfrazarlo, también lo es.
El periodista Edmundo Dantes Dolphy lo advirtió recientemente a través de un mensaje que me envió vía WhatsApp: el periodismo ha llegado a niveles alarmantes, incluso de temor. En ese mensaje denunció que personas que no son periodistas están usurpando espacios, invadiendo programas de radio, dirigiendo medios y opinando sin formación ni responsabilidad. Advirtió, además, sobre la pasividad del Colegio Nacional de Periodistas de Panamá (Conape), del Sindicato de Periodistas de Panamá (SPP) y del Consejo Nacional de Periodistas frente a esta “invasión del escenario periodístico”, una inacción que compromete el futuro de la profesión.
La pregunta es inevitable: ¿qué les quedará a las nuevas generaciones?, ¿en qué condiciones ejercerán? Hoy ya casi no hay espacio. Y, sin embargo, el periodismo sigue siendo una tarea ineludible en democracia.
A mis estudiantes se los digo con claridad: las redes sociales no son malas por sí mismas. El problema es el uso que se hace de ellas. Cuando se convierten en herramientas para destruir reputaciones, extorsionar o chantajear, ya no hablamos de comunicación, sino de delito.
El periodista debe transitar su camino profesional defendiendo la moralidad pública, consciente de que esta profesión es sagrada. No es exageración afirmar que es una de las profesiones más peligrosas del mundo. Precisamente, por eso, la libertad debe ejercerse con responsabilidad.
Por otro lado, la cláusula de conciencia no es un adorno legal: ningún periodista está obligado a firmar una información que su conciencia no le permite. La libertad de expresión es un derecho humano fundamental, consagrado en instrumentos internacionales como la ONU, la OEA y las cartas de Bogotá y San José, de 1948.
Defender la democracia implica defender un periodismo libre, pero también ético, serio y responsable. Sin veracidad, la libertad de expresión se degrada en ruido; y sin periodismo comprometido, la democracia termina reducida a una promesa vacía.
Traigo esto a colación porque ejercí el oficio en la etapa más difícil del país, durante la dictadura, y cuidé mi nombre. El periodismo se debatía entre la sumisión y la dignidad. Algunos optamos por lo segundo. Hoy tengo 47 años ejerciendo y 34 de docente universitario. Cuando hay un acto de extorsión y, además, la información sensible se filtra desde la Corte Suprema de Justicia, estamos frente a un problema mayor. La Corte: es la institución llamada a custodiar información con rigor, porque de ella dependen responsabilidades legales, procesos judiciales. Si la Corte se presta —por acción u omisión— a que información privada llegue a manos de extorsionadores, estamos ante una falla grave del Estado. Esa es la entidad que decide sobre la libertad, el patrimonio y el futuro de cualquier ciudadano.
En un país serio, la magistrada involucrada hubiese tenido que renunciar. No se trata de defender personas ni apellidos. No voy a defender ni a Ricardo Martinelli ni a José Raúl Mulino. Sin embargo, ambos tienen razón en algo: se prestaron para una artimaña, primero para atacar a uno y luego para poner en riesgo la candidatura del otro, con la complacencia de un magistrado de Tribunal Electoral.
El bien común en el ejercicio del periodismo es fundamental, permite a la sociedad alcanzar desarrollo y bienestar social, además promueve el bienestar humano, con normas morales y defensa de los valores.
Juan Mariello, ensayista y periodista de nuestra América en su obra “Testimonios Periodísticos”, estima que el periodista debe ser atalaya y termómetro vital de la conciencia de los pueblos. Sin embargo, el bardo sureño, José María de la Concepción Apolinar Vargas Vila, el último reducto del romanticismo y una de las más robustas plumas panfletarias escribió que “ El periodismo debe tener en sus raíces más íntimas, el diamante azul de la palabra y la rectitud moral de las acciones cívicas”.