A los apreciados lectores explico que las vivencias del diario vivir no se mantienen activas; una vez pasado el momento se guardan en rincones de nuestra memoria, como si fueran archiveros; esos recuerdos guardados reciben el nombre de engramas. Cuando nos hacemos viejos y dejamos de experimentar cotidianeidades, tenemos recuerdos que acuden prontamente y nos acordamos de experiencias que creíamos haber olvidado. En este escrito voy a dejar salir los engramas.

En mi infancia todavía no existían los supermercados, y la supervivencia de los hogares estaba soportada por tiendas de abarrotes que estaban en cada esquina de la ciudad. Hacer mandados era una responsabilidad infantil y la orden que recibíamos de la abuela era: “niño anda al chino de la esquina y tráeme esto”. En efecto los paisanos chinos eran el soporte de la rutina doméstica y así también fueron apareciendo en esa función de soporte urbano en lavanderías y otras actividades de utilidad ciudadana. Hoy su presencia expresa el papel de esos connacionales en el negocio de electrónicos y otros. Los paisanos, como ciudadanos de nuestra república, son el soporte vivo de nuestra cotidianeidad urbana, mal que le pese a Trump y sus seguidores locales.

La presencia de la soldadesca gringa no se podía obviar, pero las experiencias eran disociativas de nuestra identidad. Las familias comentaban sobre panameñas que apostaban su suerte consiguiendo que un soldado se las llevara para aumentar su sueldo argumentando familia numerosa; aquellas desdichadas eran empaquetadas de regreso con el agravante de que al optar por la nacionalidad estadounidense habían renunciado a la propia y regresaban al país sin identidad ciudadana, cosa que Torrijos en la constitución de 1972 logró corregir.

Al hablar de gringos la memoria encuentra excepciones: resulta que mi abuela dolegueña recibía en casa a una comprovinciana casada con un gringo civil; este gustaba de la gastronomía local “nada de hot dogs ni hamburguesas”; siempre hacia honor a la cocina doméstica; era dicharachero y espontáneo. Cuando terminaba la visita, acorralábamos a nuestra abuela y le preguntábamos ¿de dónde salió este gringo tan campechano? Ella respondía: es el poder de las chiricanas capaces de domar a un gringo. Al perderlo de vista supimos que se equivocó en la valoración del régimen de Omar y cesó nuestra simpatía. No obstante, pienso que en Estados Unidos debería haber otros iguales para rescatar a ese país del profundo sesgo de soberbia solipcista y reencaminar la aberrante presencia de esta gente en la actualidad mundial. Tal vez, la soberbia de los WASPS aplasta cualquier civismo discordante. La latinización de las poblaciones que desde California, Texas y Florida avanzan demográficamente habrá de modificar el espíritu no democrático de esa nación. Trump lo sabe y por ello los deporta.

Panamá siempre fue crisol de gentes, pero el racismo de la Zona lograba contaminar la sociedad panameña. El racismo llegaba hasta el deporte vigente que era el béisbol; ya no lo es tanto, pero en esa época la liga profesional contenía un equipo de gringos blancos que era el Carta Vieja y uno solo para negros que era el Spur Cola, además estaban la Cervecería Nacional y el Chesterfield que eran mixtos. Imagínense como nos sentíamos cuando a la Series del Caribe, disputada entre equipos de Cuba, Puerto Rico, Venezuela y Panamá, viajaba el equipo triunfante de la liga panameña que era el Carta Vieja y por consecuencia iban a representarnos puros gringos: Uf, que bochorno. Eso ya pasó. Recuerdo también que la marinada desembarcada teñía de blanco la Avenida Central avistándose al salir del Instituto Nacional lo que obligaba a las institutoras a alejarse rápidamente del área para evitar algún vejamen.

Un sábado nos reunimos con Floyd Britton cerca de su casa en la calle lateral a un costado de la Gruta Azul. Decidimos tomarnos una fresca en una cantina situada en la Vía España. Floyd, Carlos Núñez, Eddy Blanco y los hermanos Mas; no éramos mayores porque la cédula se obtenía a los 21 años. Vino la patrulla y evacuamos el bar; tropecé, caí y un policía me alumbró con su linterna y el compañero le dijo: Déjalo que es un Johny y no tenemos jurisdicción. Al reunirnos soporté la vacilada por haberme confundido con un gringo; es que formábamos un grupo social unido por el patriotismo. Estas remembranzas me reconducen al punto de partida y es que nuestra actualidad está en peligro de regresar a un pasado ominoso. Creo que la alcaldesa fue mandada desde más arriba, pero se esconden. En consecuencia, el monumento del mirador en honor a los chinos al ser reconstruido, debiera ser aún más magnificente respondiendo a la creciente grandeza de China. ¡Que se lo aguanten!

Lo Nuevo