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- 15/03/2015 01:01
Su majestad el humor
‘Suizidio, quitarse la vida en Suiza’.
Hoy me alejo del léxico habitual con que suelo escribir esta columna, de temas trascendentales y de actualidad, fiel al sagrado compromiso al que me comprometí con mis lectores; no pretendo opinar sobre estos procesos judiciales y mediáticos, y menos continuar presenciando este circo tropical que tanto atormenta. Intento este domingo entretenerlos con pasajes de mi infancia, vividos en tierras cercanas en donde se ríen de sus propias debilidades y tragedias; sí señores, esos vecinos que tienen cosas perversas, como intentó señalar con poco éxito nuestra popular diputada, pero que tienen un humor sin comparación alguna, una afilada lengua que los caracteriza, unos narradores formidables, de fina ironía y aguda observación, que se burlan con elegancia, incluso de ellos mismos. Lo que falta por estos lares, siempre fingiendo y lleno de convenciones sociales y esas pendejadas. Es bueno, a veces, dejar de hablar de matrimonio, hijos y perro.
Es que hay que aprender a burlarse de todo. Desde el adulto manso y pasible, como del burócrata cotidiano ensacado y de corbata; hasta de aquellos que aman con delirio los cócteles. Se los digo yo, que por no ser respetuoso de los cánones vigentes, mis progenitores sabiamente me internaron en un colegio en Bogotá —dirigido por un bogotano de buena estirpe y exquisitos modales—, donde aprendí aquellas severas normas que rigen comportamientos; donde escasean los seres emotivos y abundan los cerebrales. Por esas tierras heladas aterricé, joven, lleno de vida, libre de cura y crucifijos, allá empecé a experimentar una existencia algo alejada de una vida zonza y rutinaria, rodeado de gente que se reía y no se aburría, ahí saboreé las refinadas tertulias alcohólicas, el ‘whisky’ escocés; donde estaba prohibido el MOSCATEL y el SAKE, donde se detestaba el PONCHE y otras horrendas e impotables pócimas; recuerdo con nostalgia cómo degustábamos exquisitos manjares, brindando por largas amistades que aún conservo; al día siguiente ingeríamos torrentes de ginebra y vodka cura majestuosa del ‘guayabo’; ya en la tarde tirados en el pasto, entre maderas ardiendo, cocíamos una suculenta ternera, que bajábamos con toneles de cervezas. ¡Qué días etílicos esos, para nunca más volver! Tanto trago que ya en la noche, la fuerza propulsora de la agriera nos producía severos trastornos gástricos.
En mis años de internado nos educaron para aborrecer los horóscopos y los concursos de belleza; los juramentos de la bandera y los informes de Gobierno; las encuestas electorales y los títulos nobiliarios; escribir nuestras memorias y los concursos de oratoria. No fueron motivo de odio, pero nos enseñaron a declararle la guerra a las telenovelas gringas, a los guías turísticos y a las parejas que no regañan a sus hijos; a las respuestas descorteses y desabridas y a los movimientos feministas; a las caminatas largas y calurosas; a no escuchar comerciales con precios de descuento; a los arribistas desenfrenados e impacientes, a esos que son toscos y ordinarios que despliegan con burda ostentación sus abundantes recursos, a esos nuevos ricos insignes; a los que se abren paso en la vida a punta de codazos y empujones; a los que se enfrentan al suicidio con dosis pequeña para no matarse de verdad; a la fea e inútil costumbre de descontarse los años de vida; a no someternos a cirugías plásticas, en nuestra vana lucha por el calendario; a los escritores de moda, los paracaidistas entrometidos y sapos y a evitar la irresistible proclividad a las vulgares ostentaciones.
Ya en el último año de clases nos repetían que los libros se hicieron para leer, no para ornatos de anaqueles y mesas de centro y que evitáramos el uso de los repelentes adjetivos de ‘baby’, ‘nice’ y ‘funny’.
Finalizo con una guía útil, amigo lector, no cambie los hábitos sensibles de la vida: la amabilidad, la sencillez y la cordialidad, dé gracias a Dios por el humor que de joven le proporcionaron y por todo lo que lo ha hecho reír. No olvide que el humor es el pan de la vida. Solo tenga en consideración una precaución vital: en esta pena vida, en este convulsionado planeta, en este pobre país irrespetado —donde pretenden burlarse de sus despistados ciudadanos—, hagámosles la pacheca y dejemos de pensar en ellos, los políticos, que tanto nos amargan la existencia y así no sufrimos de innecesarias depresiones.
ABOGADO