• 10/04/2026 00:00

La guerra como insensato instrumento de destrucción

Las guerras siempre se han querido justificar como una manera de darle salida a cierto tipo de irresuelta frustración personal o colectiva, a la envidia o a la venganza, o bien como defensa propia ante una agresión, pero también debido a una innata agresividad que al desfogarse en el hábitat de un supuesto o verdadero enemigo encuentra, ya sea cierta cuestionable justificación ante propios y extraños, o bien una comprensible condena. Pero en todos los casos inevitablemente siempre habrá de causar consecuencias. Negativas, por supuesto.

Si bien siempre han existido las guerras, nunca antes como ahora han implicado un peligro tan devastador para la humanidad debido a la invención y uso depredador de nuevas armas, cada vez más mortíferas, sobre todo las llamadas “de destrucción masiva”. Obvio es que además de la devastación de edificios públicos, hospitales, escuelas, viviendas e instalaciones estratégicas destinadas a la guerra, quiérase que no las peores agresiones propias o ajenas siempre producen víctimas humanas. Después de lo cual entrar en cualquier tipo de negociaciones será siempre un tardío paliativo al caudal de sufrimiento recibido o producido sin remedio.

En estos momentos, como es sabido, en el mundo ocurren dos muy violentas guerras simultáneamente, con grandes saldos de muertos, heridos y destrucción de lado y lado. En más de un sentido, para quienes nada tenemos que ver en los asuntos de las naciones que guerrean entre ellas, nos parecen sendas locuras que no tienen para cuándo acabar, ni presagian finales aceptables en cuanto a posibles acuerdos de paz.

Me refiero por supuesto al diferendo bélico que por más de cuatro años libra Ucrania frente a una prepotente cúpula en Rusia, su agresora permanente; y por supuesto por otro lado, también a las grandes diferencias que vienen dándose entre Israel e Irán, agravadas por la prepotente presencia bélica de los Estados Unidos, imperio siempre ávido de meter las narices en pos de mayor poder y beneficios económicos pese al evidente desgaste que su afán guerrerista implica a diario.

Cuando solamente vemos los toros desde la barrera difícilmente somos capaces de asimilar los muy diversos intríngulis que, tras bastidores, se van tramando en la mente y en las acciones, abiertas o furtivas, de quienes son capaces de poner en práctica las peores prácticas propias de auténticos depredadores de la paz, independientemente de cuántos muertos y heridos resulten.

Lo cierto es que de un lado y del otro, en el caso de las naciones en pugna en el Medio Oriente, todos los días pareciera crecer más la amenaza de una conflagración brutal que, no sabiéndose controlar, podría fácilmente producir la devastación de buena parte del planeta; ya sea directamente o a causa de las vastas secuelas medioambientales que resultarían, para no hablar de las múltiples maneras en que casi todas las naciones del mundo quedarían afectadas en el aspecto económico y, por tanto, en los avatares de la vida diaria.

Por otra parte, opino que tanto los fanáticos ayatolás del Irán actual (antigua Persia) –padre y ahora el hijo–, como el Primer Ministro Benjamín Netanyahu en Israel (acusado éste de soborno, fraude y abuso de confianza, y con una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de guerra y lesa humanidad en Gaza, incluyendo inanición como método de guerra y ataques contra civiles), deben su poder de mando, más que a motivaciones religiosas auténticas, o incluso políticas en cada caso, al apoyo de sendas cúpulas castrenses en sus respectivos países, acusados de corrupción o de abuso del poder en diversos momentos.

Mientras tanto, como ciudadanos panameños, como hombres y mujeres sensibles al mal ajeno en esos lejanos conflictos, ¿qué podemos hacer? La verdad es que no mucho; de hecho, casi nada. Salvo comprender que las confrontaciones, grandes o pequeñas, donde sea que ocurran, son muy peligrosas sin una genuina predisposición a negociar acuerdos y deponer rencores apenas las circunstancias lo permitan. Y a sabiendas de que a menudo esas posibilidades se pueden crear con buena voluntad si en el fondo, a su vez, hay buena fe, que por supuesto no es lo mismo que ingenuidad.

Además, sólo se causan nuevas confrontaciones cuando quienes ordenan a su aparato bélico librar esas batallas esquizoides son, ellos mismos, personalidades para quienes el poder lo justifica todo, independientemente de a quiénes perjudique, incluso a sus propios pueblos.

Vistas así las cosas, la guerra siempre será un insensato instrumento de destrucción, manifestación tribal del desatino humano. Y el cada vez más destructivo poder de las más mortíferas armas actuales, al juntarse con la torcida voluntad de líderes en los que predomina la ambición del poder, cada día que pasa habrán de desafiar más toda prudencia, todo espíritu de fraternidad, para asomarse más y más a un auténtico precipicio creyendo arribar a la gloria.

Dice un refrán que soñar no cuesta nada; pero ojalá que al publicarse estos comentarios la tensa situación mundial se haya distendido y esté por llegar, en todos los frentes, el inicio de una paz permanente.

* El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor
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