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El seleccionado Español, como representante de ese país en el recién culminado Mundial de Fútbol 2026, un escenario tan visible por tantos miles de millones de personas viene realizando pasos certeros hacia la inclusión, a pesar de sus desafíos históricos con el racismo y la xenofobia. Estas políticas son necesarias y significativas para avanzar por el importante camino de construir la igualdad. Así como un equipo bien integrado, luchando o jugando por un mismo resultado, España debe velar por un mejor y más justo desarrollo humano. Otros desafíos de integración social se han dado en las últimas semanas frente a la dinámica de la vida.

En homenaje al sentimiento de conexión humana que hemos vivido todos, o la mayoría durante estas últimas seis semanas del mundial de Fútbol y, sobre el reto del progreso español y esos otros desafíos, quiero referirme al poeta español Miguel Hernández y su obra.

Poeta y dramaturgo, Miguel Hernández nació, el 30 de octubre de 1910, en la ciudad de Orihuela, Alicante al sureste de España. Su biografía destaca que: “De origen humilde y casi autodidacta, se convirtió en una de las voces más importantes de la Generación del 36. Durante la Guerra Civil Española apoyó a la República. Tras la guerra fue encarcelado por el régimen franquista y murió de tuberculosis en prisión el 28 de marzo de 1942”. Tan solo 32 años tenia a la hora d esu muerte.

Sus poemas más conocidos son: “Elegía (1936), “El niño yuntero” (1937) y “Manas de la Cebolla” (1939). El Instituto Cervantes señala que: “Su obra destaca por la intensidad emocional, el compromiso social y político, y una profunda reflexión sobre el amor, la naturaleza, la guerra y la dignidad humana. Su poesía evolucionó desde una lírica de gran riqueza simbólica hacia un lenguaje más directo y comprometido durante la Guerra Civil Española, sin perder fuerza estética”.

Uno de esos acontecimientos que ocurrieron en las últimas semanas y que tiene que ver con cómo entendemos o enfocamos los retos de la presencia humana se dio sobre las evaluaciones sobre Los Argentinos y en otro caso alrededor de la muerte del senador estadounidense Lindsey Graham, quien falleció repentinamente la madrugada del domingo 12 de julio pasado. Sobre si los argentinos se sienten europeos o Latinoamericanos y por consiguiente merecen o no el apoyo y la solidaridad del conjunto de los otros países latinos del continente, lo dejaré a un lado. Existen muchas otras consideraciones a la hora de dar apoyo frente a contiendas contra los países que nos han colonizado a través de los siglos.

La discusión alrededor de la muerte del Senador Graham ha sido contenciosa por esas supuestas “elementales normas de decencia” que, como en este caso, buscan encasillar la opinión sobre el fallecido dentro de ciertas reglas sociales: “No se habla mal de los muertos”. En el caso del senador Graham, su ejecutoria política y social a lo largo de su carrera, deja mucho que desear, en términos de allanar el camino hacia la igualdad de los seres humanos y ese es solo uno de los muchos otros asuntos en que el Senador no desempeñó para el bien de todos ni de los más vulnerables.

Hay un poema de Miguel Hernández titulado: “Viene con tres heridas”, que popularizó en la década de 1970 el cantautor y también español, Juan Manuel Serrat. Es un poema muy sencillo pero profundo. Cantado por Serrat, este poema, en tres versos fundamentales, alcanza niveles emotivos que llevan a la reflexión sobre la existencia y sus etapas:

“Llegó con tres heridas: / la del amor / la de la muerte / la de la vida. / Con tres heridas viene: la de la vida / la del amor / la de la muerte. Con tres heridas yo: la de la vida / la de la muerte / la del amor”.

Hay personas que a la hora de la muerte solo enaltecen lo “positivo y las bondades” del o de la fallecida. Hablar mal y decir la verdad son dos cosas muy distintas. Evaluar las ejecutorias de un fallecido, en un marco de objetividad y respeto, no es un pecado. Siempre, al momento de la oportunidad, podemos extender la mano para ayudar a otro ser humano o retirarla para dejarlo perecer: por discriminación, xenofobia, racismo o simplemente maldad.

Nuestra actitud sobre las dinámicas interpersonales en la vida, el amor y en el camino a la muerte, determinará la gravedad de las heridas. En la medida en que vayamos avanzando por el camino de la existencia, estas tres etapas definirán nuestro retrato final y el retrato no debe ser disimulado. No hay que temer que otros tengan una opinión sobre cómo nos desenvolvimos mientras respirábamos, yo no tengo esos temores, yo, con mis tres heridas: “la de la vida / la de la muerte / la del amor”.

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