• 24/09/2026 22:14

Lo que comentó Juan Rulfo del escritor que soy

Ahora que empiezo a redactar mi autobiografía literaria con calma y buena letra a fin de procurar ganarle tiempo al tiempo, voy recordando y, en consecuencia, retomando información poco conocida, o francamente desconocida que podría ilustrar a mis posibles lectores en un futuro cercano. No de otra manera puede uno avanzar en este tipo de propuesta, sabiendo que rescatar datos y eventos olvidados o francamente desconocidos hasta ahora es apenas uno de los objetivos de tan compleja intención. Así, en más de un sentido, es como pretender meterse uno de cabeza en una especie de laberinto que la niebla ha cubierto durante un largo tiempo, y tratar de rescatar todo lo rescatable que todavía hoy, tantos años después, pudiera valer la pena.

Por supuesto, el proceso mismo de ardua recopilación de datos, escenas, confidencias, sucesos claramente relevantes y documentos de diversa naturaleza, no siempre a la vista, es un enorme reto a la memoria de un escritor y promotor cultural de casi 82 años de edad, con innegables problemas de salud, que además realiza esta labor desde otro país, México en este caso. En ese sentido, no en vano he decidido titular el libro que de esta ardua labor resulte si al final el esfuerzo cuaja: ‘Retrospecciones: memorias de ida y vuelta’

Una de las cosas que en este libro en ciernes me nace rescatar del olvido, y en muchísimos casos del desconocimiento total por quienes, siendo mis colegas escritores, hoy habitan conmigo estos años que corren, es un comentario del gran escritor mexicano Juan Rulfo (1917-1986) acerca de mi condición, ya en esa época, de irrenunciable cuentista.

Y es que en aquella lejana época (1971) me tocó tratarlo por todo un año siendo su alumno y el único joven autor centroamericano (24 años entonces) de aquel heterogéneo grupo integrado por otros cinco jóvenes, todos ellos mexicanos, mientras estábamos becados en el ya desaparecido Centro Mexicano de Escritores, en la ciudad de México. Un año, por cierto, que por azares de la vida habría de irse convirtiendo poco a poco en doce, ya que eventualmente se me concedió poder ser profesor titular en la recién creada Universidad Autónoma Metropolitana.

Ese comentario, que habría de publicarse en “Excélsior”, el periódico más importante del México de aquella época, tuve la suerte de haberlo rescatado en su momento, y aquí me nace reproducirlo para mis lectores semanales de “La Estrella de Panamá”, como lo haré también en algún segmento adecuado de mi autobiografía. Es el siguiente:

“El panameño Enrique Jaramillo Levi, quien fuera becario centroamericano en el Centro Mexicano de Escritores en 1971, acaba de publicar en la Editorial Joaquín Mortiz los 40 cuentos escritos en once meses, siendo Salvador Elizondo y yo tutores en aquel taller, integrado también ese año por cinco jóvenes becarios mexicanos.

En su primera entrega de material, en seguida supimos que se trataba de un narrador extraordinariamente dotado, tanto por la complejidad de sus historias que solían abordar lo fantástico, lo absurdo o alguna veta onírica, como por su capacidad rompedora al lidiar con las contradicciones de la realidad a contrapelo de las descripciones al uso...

Imbuidos de un decidido rigor estético, el virtuosismo de sus cuentos resulta sorprendente en la medida en que a ratos este joven escritor panameño alcanza niveles colindantes con lo metafísico. Capacidad poco frecuente en la narrativa centroamericana... Gran acierto, pues, el de Joaquín Mortiz al dar a conocer con la publicación de “Duplicaciones” el talento de este joven autor de Panamá.” (Tomado de “Excélsior”, México, octubre de 1973).

El autor es escritor, profesor universitario jubilado, promotor cultural y editor.
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