• 22/02/2026 00:00

Lo que quedó del medio tiempo

Hace años, uno de mis mejores amigos me demostró lo que significa el honor. Junto a esa lección venían otras agregadas que podría decirse son valores que a muchos les cuesta toda la vida aprender, mientras que a otros son los golpes que reciben en la vida amorosa, empresarial o familiar los que van forjando su carácter y visión.

A una significativa cantidad de personas —odio las frases que generalizan— le pareció excelente. Como profesional de las comunicaciones, me pareció una excelente producción para la televisión y más aun siendo una que sobrepasó las expectativas de cualquier transmisión de eventos similares.

Para otros, que alegan que no la vieron, criticaron todo lo que apareció en los 13 minutos más famosos de los últimos 10 años de la televisión mundial. Es obvio que la iban a criticar, pues deben “quedar bien” con su base de fanáticos y la del movimiento político donde sienten encajar. Muchos de estos, irónicamente, no son “wasp” que conforman la base de este tipo de movimientos y, por el contrario, tienen los mismos orígenes que a quienes critican.

Como hubiera dicho mi abuela, “no hay peor astilla que la del propio árbol” o el propio refrán bíblico popularizado por Jesús: Nadie es profeta en su propia tierra. Es como si entre los propios latinoamericanos que se han nacionalizado estadounidenses existieran diferentes castas o categorías de ciudadanía. La diferencia más marcada, desde mi balcón, es que la mayoría de los latinoamericanos que salieron de sus países por razones políticas o persecución llegaron con una educación superior terminada y así mismo se lo inculcaron a sus descendientes. No así esa base MAGA que está más presente entre ciudadanos que no tienen ese tipo de educación universitaria, por decir lo menos. O sea, sin desmeritar su importancia en la economía de Estados Unidos, no son ejecutivos de altas corporaciones, firmas de abogados o banqueros.

Y, si hilamos aún un poco más fino, los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses de nacimiento, no así la mayoría de quienes los critican. O sea, no necesitaron tener green card (tarjeta de residente legal) ni pasar por el proceso de naturalización, que para otros se convirtió en un diploma de graduación.

Quienes criticaron los “contorneos” del ahora más famoso Bad Bunny, ¿ya se les olvidó cómo bailaban ustedes en sus fiestas de juventud? Sobre las letras de sus canciones, ni siquiera voy a entrar en ese campo, pues la mayoría o no se entienden o, para quienes apreciamos la música, ni siquiera se acercan a nuestro gusto.

Aún recuerdo los comentarios de mis tíos cuando los primos mayores escuchaban y bailaban al ritmo de Elvis, Los Beatles y demás artistas que marcaron un hito en la música. ¿O es que se nos olvidaron los contorneos de esos grandes performers? No soporto más de una canción del conejo y de otros cantantes de ese mismo género, pero negar que tienen una base de fanáticos mucho más grande de lo que dimensionamos es querer tapar el sol con un dedo.

Y aunque al espectáculo de medio tiempo le montaron una supuesta “competencia” para que la “gente decente” tuviera una alternativa, el espectáculo central y tradicional rompió todos los récords históricos de sintonía y, si bien tiendo a pensar que hay mucho más de 4 millones de gente decente en el coloso del norte, el efecto no surtió el efecto que se pretendía.

El resultado, al final del día, es que hay una gran población de latinoamericanos orgullosos de sus raíces, para quienes es un honor serlo y se sintieron reivindicados, de una manera, con la presentación de Bad Bunny y, otros, en evidente minoría, se sintieron ofendidos, porque posiblemente han preferido olvidar sus orígenes o no se sienten representados por ese tipo de música.

Lo más interesante de todo es pensar que el voto latino, si votara todo igual, podría representar unos 35-40 millones de votos en las próximas elecciones y que, según las últimas encuestas, solo un 38 % de ese total volvería a apoyar al partido del actual inquilino de la Casa Blanca, de un 49 % que lo apoyó en las elecciones del 2024.

Y, volviendo a citar a mi abuela, “amanecerá y veremos”.

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