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San Miguelito es el tercer distrito más poblado del país, después de Panamá y Arraiján, según cifras del censo de 2023. Tiene más de 280 mil habitantes, pero, al solo constar su superficie de más de 50 kilómetros cuadrados, tiene una densidad de cerca de cinco mil seiscientos habitantes por kilómetro cuadrado, es la mayor del país.
Pocos recordarán el San Miguelito de inicios de 1960. Estaba constituido por “barriadas brujas” donde la gente construía su vivienda con lo que tenía: cartón, madera, cemento. No había electricidad, ni agua potable, mucho menos calles pavimentadas. Por supuesto que, en esas condiciones, la Iglesia tradicional brillaba por su ausencia.
Una poderosa iglesia católica como la de la ciudad de Chicago, con muchos latinos allí, decidió hacer un experimento en Panamá. Crear de cero los cimientos de la iglesia en lo que comenzaba a llamarse San Miguelito, un área marginal colindante con el distrito de Panamá. Encabezados por el líder del grupo, mi amigo, el padre Leo Mahon y dos sacerdotes más, en febrero de 1963 llegaron a instalarse en Panamá para darle presencia eclesial a lo que sería posteriormente el distrito especial de San Miguelito. Según relata Mahon en sus memorias, la recepción recibida fue fatal: indiferencia, frialdad y desconfianza. Veían a estos curas y monjas gringos como llegados de Marte, aunque todos hablaban español. Terminaron ganándose a los pobladores al mudarse con ellos, compartiendo su pobreza, comiendo lo mismo que ellos y tomándose juntos sus pintas al final del día. Así lograron romper el hielo.
Los curas comenzaron a crear comunidades cristianas de base y empezaron a surgir los líderes de la comunidad, como lo fue el amigo diácono Fidel González, que se sumaron al esfuerzo de crear una iglesia diferente, enfocada en el trabajo comunitario y social. Con ese esfuerzo, entre todos construyeron la Iglesia Cristo Redentor, icono de la iglesia en el distrito, a lo que posteriormente se sumaron 7 templos más, todos hechas con el apoyo entusiasta de la gente.
La concientización de la población chocó con el régimen militar tras el golpe de Estado porque la población reclamaba, apoyada por los sacerdotes de Chicago, cambios en sus condiciones de vida. Su estilo contestatario obligó al general Torrijos a prestarles atención, obligando al régimen a crear con urgencia, mediante Decreto de Gabinete 258 de julio de 1970, lo que inicialmente se llamó el Distrito Especial de San Miguelito. Para evitar una explosión social, era necesario ordenar el acelerado crecimiento demográfico y los asentamientos informales de la zona. Su primer alcalde fue el empresario e ingeniero Paulino Salazar, quedándose en el cargo por 13 meses, hasta septiembre de 1971. Fue difícil porque carecían de recursos, plagado de todo tipo de carencias. Hubo que promover una fuerte participación comunitaria inspirada en los movimientos de base del sector, en los cuales los curas de Chicago habían insistido tanto. El general Torrijos llegó a decir que si “todos en Panamá actuaran como los de San Miguelito no podríamos mantener el control del país”. Eran los tiempos en que los militares no lograban estabilizar su régimen tras el rompimiento constitucional que los llevó al poder.
Torrijos se distanció definitivamente de los sacerdotes gringos en junio de 1971, tras el secuestro del padre Héctor Gallego en Santa Fe de Veraguas, amigo cercano de Mahon, que generó una ira nacional por lo ocurrido con el sacerdote colombiano, secuestrado por agentes de la Guardia Nacional. Ya en 1968, debido a la concientización de la comunidad por los sacerdotes, en San Miguelito se habían producido muchas protestas tras el golpe de Estado. El control militar que se pretendió ejercer sobre los movimientos de base cristianos en el distrito asfixiaron el proyecto eclesial autónomo. Mahon no se dejó engatusar por Torrijos.
Según Mahon, la relación con Torrijos fue “siempre difícil”. Su salida entre 1975 y 1980, ante los problemas que se generaban con la dictadura, se debió más que todo a la presión de conservadores que pretendían mantener una relación menos tensa con los militares. Es mucho el legado que persiste de este experimento católico:
1) Se generó un nivel de concientización muy alto en la población.
2) Se acabó con aquello de que en la iglesia mandan los curas, dotando de poder de decisión a los laicos, y
3) Se fomentaron cooperativas de ahorro, vivienda y consumo, ayudando a construir una economía propia y solidaria.
La historia de San Miguelito estuvo y sigue ligada a la mano de la iglesia católica panameña. Esto le dio identidad al nuevo distrito, y además facilitó la obtención de recursos para el desarrollo comunitario.