• 18/08/2017 02:03

El problema de los medios

No hay nada que impida que las ideas y los argumentos entren en el torrente informativo y nada que les impida propagarse.

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No solo La Estrella de Panamá y El Siglo están en crisis. Aunque estos dos periódicos han sido injustamente incluidos en la Lista Clinton, todos los demás medios del mundo están pasando páramos, porque el modelo de negocio impulsado por la publicidad ya colapsó. Además, la confianza que genera en la población gran parte de ellos está en su punto más bajo de la historia. Y a esto se le ha sumado una crisis existencial aún mayor, porque antes los medios con su línea editorial tenían poder para influir Gobiernos y filtrar contenido, cosa que ahora las redes sociales no lo permiten, debido a su mayor impacto y poder para moldear la opinión pública.

Hay que recordar que hasta hace poco tiempo la gente temía que los medios tenían demasiado poder y que el mal llamado Cuarto Poder se podía convertir en el primero. En 1988, Edward Herman y Noam Chomsky publicaron un libro llamado ‘Manufacturing Consent', acerca del poder de los medios en la decisión de las agendas nacionales. En esos tiempos, la noticia estaba determinada por un pequeño puñado de medios capaces de llegar a un público de masas, creando así una enorme barrera de entrada a voces más pequeñas e independientes. El modelo de negocios dependía de los anunciantes que incluso tenían inherencia en las publicaciones. Y los periodistas mantenían una relación simbiótica con sus fuentes que impedía a los medios publicar cualquier cosa que fuese en contra del statu quo. Como resultado, Chomsky y Herman escribieron, ‘la noticia debe pasar primero por filtros, dejando solo el residuo apropiado para imprimir', lo cual es un falso consenso que ignora hechos, voces e ideas periféricas.

En las tres décadas siguientes a esta publicación, casi todos los aspectos de la industria de medios han cambiado. La publicidad ha dado paso a intercambios automatizados que colocan anuncios en miles de sitios, independientemente de su contenido. Los políticos ya no tienen que depender de los periodistas para llegar a sus audiencias, sino que pueden hablar con los votantes directamente en Twitter. De hecho, la capacidad de llegar a una audiencia ahora pertenece a todos. No hay nada que impida que las ideas y los argumentos entren en el torrente informativo y nada que les impida propagarse.

Estas tendencias existen desde los albores del Internet, pero se expandieron en los últimos años, al punto que las redes sociales son hoy una importante fuente de noticias. El poder de los medios se erosionó y ha sido incapaz de dirigir la conversación y moderar la opinión pública, y cada día desaparecen más. Antes de las redes sociales, un editor de periódicos tenía la última palabra en cuanto a qué historias se publicaban y dónde aparecían. Hoy, los lectores han usurpado ese papel. Un editor puede publicar una historia, pero si nadie la comparte, es posible que nunca haya sido escrita. En la última década, el número de periodistas de periódicos, revistas, sitios web, televisión y radio ha disminuido casi un 25 %. Y lo peor es que los próximos 10 años no se ven mejor.

Si los lectores son los nuevos editores, la mejor manera de conseguir que compartan una historia es apelando a sus sentimientos, que por lo general no son los buenos. Pareciera que la ira y la inconformidad se han convertido en los mecanismos claves para impulsar a compartir información en Facebook: entre más enfurecida y disgustada se encuentre una persona, más probable es que comparta noticias en línea. Y, por lo general, las historias que comparten tienden a hacer aún más irritables a las personas que las leen.

En otras palabras, hemos pasado de un modelo de negocio que fabrica el consentimiento a uno que fabrica disidencia, un sistema que alimenta el conflicto en lugar de diluirlo. Esto suena trágico, pero la respuesta no está en pensar en aquellos tiempos en que un grupo selecto de medios definía los límites de la conversación y el discurso. Esos tiempos nunca volverán y tampoco deberíamos querer que regresen. En su lugar, las salas de noticias inteligentes, deben encontrar nuevas formas de escuchar y responder a sus audiencias, en lugar de arrogantemente decirles a las personas qué pensar. Como lo demuestran los últimos 30 años, todo cambia. Y el gran periodismo del futuro nos debe ayudar a entender cómo y por qué las cosas cambian. Algo esencial que necesitamos, ahora más que nunca, cuando Panamá pierde a su Estrella .

EMPRESARIO Y PERIODISTA

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