Con un consumo per cápita de hasta 400 litros diarios —el más alto de la región—, Panamá enfrenta una crisis de eficiencia donde la mitad del agua procesada...
- 02/01/2021 00:00
Un momento de silencio
Hace unos días quise encontrar un momento para meditar y estar en silencio, así que fui a uno de los senderos en el Parque Natural Metropolitano. Y luego de caminar por una hora, decidí sentarme para escuchar el canto de las aves, mirar la alegría lánguida de las tortugas tomando sol, sentir la brisa del norte soplar y ver las hojas de los árboles caer. Y de repente, una máquina de cortar grama rompió el silencio. Me moví para tratar de encontrar otro lugar más tranquilo, pero la cuadrilla de jardineros parecía seguirme. Continué caminando y mirando, pero el silencio era esquivo. En todos lados ese día decidieron dar mantenimiento al parque. Y dondequiera que iba, encontraba bulla: ruido de la calle colindante, de los aviones despegando en Albrook, el clac-clac-clac de las construcciones en Cárdenas, y el estruendo de los mofles de buses y las bocinas de los autos pasando por la avenida Juan Pablo II.
Lo cierto es que nuestras ciudades y nuestras vidas son ruidosas. El campo en el interior es más tranquilo, aunque allá también hay bullas de máquinas cortagramas, sopladoras de hojas y tractores. Esto no es del todo malo; a veces es necesario limpiar los jardines. Comprendo y entiendo que la vida no puede contener el exquisito silencio que se encuentra dentro de las paredes de Emaus en Las Cumbres o en la cueva de Ignacio en Manresa.
Aun así, el silencio es una necesidad humana. Hubo un tiempo, no hace mucho, en el que era menos difícil encontrar espacios silenciosos. Abrazar el silencio siempre tuvo que ser algo intencional, por supuesto, pero indiscutiblemente antes era más fácil aquietar la mente. Los humanos siempre hemos podido llenar el aire con conversaciones, canciones, risas o gritos. Pero durante la mayor parte de la historia de la humanidad, sin televisión, automóviles, radio, teléfonos, aviones ni máquinas cortagramas, el silencio fue más un modo predeterminado. Lástima que el silencio ahora se ha convertido en artículo de lujo. Pensemos un instante en el hecho de que para irse de escapada a un spa sin ruido o hacer un retiro ignaciano, hay que pagar de antemano.
Como sociedad tenemos ciertos recursos en común, como el aire y el agua. Estos recursos vitales están disponibles para todos como parte del bien común. Y la ausencia de ruido debe verse como un recurso de ese tipo. Porque, así como el aire limpio hace posible la respiración, el silencio hace posible pensar. Todos necesitamos acceso a espacios tranquilos y sin distracciones. Extraño cuando antes de la COVID las iglesias mantenían sus puertas abiertas para proporcionar un oasis del silencio. Este era un beneficio para el público, y nada más espero el día en que las cosas se normalicen y las iglesias abran sus puertas para que todos podamos nuevamente disfrutar de su silencio.
La pregunta clave sería adónde encontrar lugares en silencio en Panamá. Definitivamente existe la necesidad creciente de preservar y proteger los espacios silenciosos de acceso público. Cada vez hay más personas atraídas por el silencio y que se han dado cuenta de que el silencio promueve el bienestar emocional y el crecimiento espiritual, lo cual al final sirve para construir una sociedad sana. Los estudios indican que el ruido constante aumenta las hormonas del estrés, la presión arterial y la susceptibilidad a otras enfermedades crónicas. Y como sociedad tendemos a evitar el silencio. Nada más meditemos sobre la música estridente dentro de los buses o fuera, en las aceras, al punto que, si se detuviera solo por unos minutos, la gente enseguida se pondría tensa y miraría a su alrededor nerviosa hasta que vuelva a comenzar de nuevo el ruido. Conozco muchos que incluso duermen con la televisión o la música encendida.
La búsqueda del silencio es una experiencia enriquecedora. En viajes al interior del país hemos podido descubrir los aspectos sociológicos, religiosos y místicos del silencio. Estoy convencido de que, como sociedad en su conjunto, estamos perdiendo algo precioso en nuestra cultura cuando evitamos el silencio y que, de alguna manera, sea lo que sea este silencio, necesitamos mantener y nutrir.
El año pasado en víspera del Año Nuevo, en medio de un proceso de duelo, a la medianoche, cuando el 2020 se convirtió en 2021, comencé leyendo un versículo del Salmo 62: “Solo para Dios, mi alma espera en silencio”. Sentarse en silencio es difícil, pero todos lo necesitamos. Creo que, si buscamos y encontramos un lugar tranquilo y silencioso, vamos a volvernos más humanos y conscientes de la bondad que existe en el mundo. Solo hay que saber buscarlo; porque cuando lo buscamos en silencio, siempre lo encontramos.