Cientos de familiares y amigos se congregaron en la explanada donde se celebró el Festival Nova, lugar de la mayor masacre dentro de la oleada de ataques...
Abrir los ojos para un panameño significa interpretar, simultáneamente, que sus sueños pueden convertirse en realidad. El ciudadano de a pie ha evolucionado; su mentalidad aspira a la modernidad, al bienestar y a un entorno que le permita prosperar. Sin embargo, la clase política gobernante no conecta con sus ciudadanos. Mientras la población avanza y exige calidad de vida, las cúpulas en el poder parecen operar bajo dinámicas de retraso, incapaces de sintonizar con las verdaderas urgencias del tejido social.
El desarrollo y la evolución de las infraestructuras están llegando a cuentagotas. Pese a la evidente necesidad de megaobras, todavía surgen voces rezagadas que cuestionan los proyectos bajo la premisa de que “de cemento no se come”. Esta frase constituye una grosería inaceptable y un argumento demagógico. Interpretar la inversión pública de esta manera es una posición de retroceso que niega de forma categórica el derecho a alcanzar una mejor calidad de vida. No se trata simplemente de bloques y varillas; es la esencia de la dignidad humana. El cemento mezclado, bien batido y repellado con transparencia en las vías, hospitales y escuelas, permite dinamizar la economía, generar empleos y conectar a las personas con sus oportunidades de superación. Negar esto es condenar al país al estancamiento.
No demos muchas vueltas al asunto. En este momento, la población panameña —particularmente en Panamá Oeste— se encuentra a la expectativa de la culminación de dos megaobras cruciales: el cuarto puente sobre el Canal de Panamá y el moderno sistema de transporte por tramos aéreos de la Línea 3 del Metro. Asimismo, se aguarda por el hospital oncológico y la construcción de la siguiente fase del corredor playero de 170 kilómetros. La comunidad espera ahora que la construcción del reservorio de Río Indio, las terminales de Corozal y Telfer, y el gasoducto canalero se conviertan en proyectos que alivien el calvario diario de miles de trabajadores y la falta de agua en los grifos, además de mejorar la logística de la vía acuática, lo que sin duda constituirá un incentivo para un mayor desarrollo económico. No obstante, todo apunta a que los constantes retrasos que sufren estas infraestructuras en marcha no son casualidades del destino; son el reflejo directo de la falta de visión de Estado. Cada administración parece querer refundar el país, ignorando la continuidad técnica que requieren las obras de gran envergadura.
No es justo, y resulta igualmente inaceptable, que se diga “de esta agua no beberé“ cuando los colmillos de los políticos comienzan a asomarse porque faltan poco menos de 30 meses para los comicios electorales. Y lo triste es que los diputados hayan logrado una planilla de 8 mil funcionarios en el Parlamento sin que se conozcan cuáles son sus funciones, dejando a la libre conclusión para qué los emplean en este momento, de cara a la próxima parada electoral. Hay razones de sobra para denunciar que estamos ante un abuso, sobre todo si tomamos como referente que la Autoridad del Canal de Panamá cuenta con una fuerza laboral de 9 mil trabajadores panameños; todo en una estructura que, a diferencia de la Asamblea, sí produce para el país.
La respuesta inmediata dada a quienes sufrieron por la tragedia del 9 de octubre ha unido a los panameños. Se ha demostrado la existencia de una conciencia ciudadana sólida e inquebrantable, y ello obliga a emplear menos verbo y mayor acción, como si fuéramos una colonia de hormigas organizadas. Sin embargo, a medida que avanza la reconstrucción, en el resto del país las obras en marcha no pueden detenerse ante un letrero de “alto”, sino continuar de manera imparable la ejecución de aquellos proyectos estratégicos, necesarios y oportunos para encauzar el tejido social en la línea correcta, como un país con rumbo al primer mundo. Al ciudadano de a pie poco le interesa quién devela la placa inaugural; empero, valorará que esas obras le darán una mejor calidad de vida. Por supuesto, le ahorrarán tiempo, permitiendo que pase menos horas cansadas sobre ruedas al abordar autobuses y vehículos, evitando el desgaste de su salud y ganando tiempo de cariño con sus familias. Es, en fin, la llegada de la felicidad social colectiva.
No nos podemos seguir dando el lujo de postergar el futuro de los panameños por cálculos políticos o incapacidad administrativa. El clientelismo político no puede consolidarse como una amalgama indivisible, sin importar la falta de transparencia en una Asamblea que logra lo que quiere encerrando a los funcionarios públicos en un cuarto reservado. El ciudadano ya abrió los ojos y aprendió a distinguir entre las promesas de campaña y las realidades concretas. Es imperativo que quienes asuman las riendas del país se pongan, de una vez por todas, al ritmo de las aspiraciones de su pueblo.