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En medio de un escenario internacional marcado por guerras, rivalidades geopolíticas, tensiones comerciales y una creciente pérdida de confianza en las instituciones multilaterales, el presidente José Raúl Mulino llevó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas un mensaje que merece ser visto más allá de la coyuntura.
Hace pocas semanas Panamá presentó oficialmente su nueva marca país: “Panamá, anfitrión del mundo”. El presidente Mulino la llevó ahora al escenario de las Naciones Unidas, vinculándola con las fortalezas y la vocación internacional de nuestro país. Más que un tema de posicionamiento, esa expresión encierra una posibilidad que deberíamos convertir en visión estratégica de país.
Panamá nació y creció como punto de encuentro. Nuestra posición geográfica hizo del istmo lugar de tránsito mucho antes de la existencia de la República. El Canal convirtió esa vocación en una responsabilidad global. Puertos, aeropuertos, servicios financieros y empresariales, telecomunicaciones y conectividad han construido alrededor de ella una plataforma de alcance internacional.
Pero las ventajas comparativas, por sí solas, no garantizan el desarrollo. El verdadero desafío consiste en transformarlas en ventajas competitivas y, finalmente, en resultados para nuestra población.
El discurso presidencial señaló oportunidades vinculadas al Canal, infraestructura, energía, logística, inversión y protección de nuestro patrimonio natural. Tenemos condiciones excepcionales para avanzar hacia el mundo desarrollado, pero nada ocurrirá automáticamente.
Necesitamos educación de calidad, institucionalidad sólida, seguridad jurídica, infraestructura, innovación, tecnología, capital humano y un Estado eficiente. Necesitamos también reducir desigualdades y lograr que las oportunidades generadas por nuestra privilegiada posición alcancen a todos.
El desarrollo no consiste solamente en que Panamá crezca. Consiste en que los panameños progresen con Panamá.
Existe, sin embargo, otra dimensión de nuestro potencial. En un mundo crecientemente polarizado, Panamá puede ser también espacio de encuentro, diálogo y entendimiento. La neutralidad permanente del Canal, más allá de su dimensión jurídica, resulta compatible con una vocación nacional que podríamos resumir en dos palabras: conectar sin excluir.
Panamá no necesita convertirse en escenario de confrontaciones ajenas. Puede ser un lugar donde actores con posiciones diferentes encuentren espacios para conversar. Eso requiere defender el multilateralismo, pero también transformarlo.
En ese sentido, merece especial atención la propuesta que el presidente Mulino reiteró ante la Asamblea General: que América Latina y el Caribe tengan mayor poder de decisión en el Consejo de Seguridad y, específicamente, representación permanente. Nuestra región continúa sin representación permanente en el órgano encargado primordialmente de la paz y la seguridad internacionales.
La legitimidad del multilateralismo depende también de su representatividad. Lograr ese cambio es difícil, pero no imposible. No depende únicamente del propio Consejo de Seguridad. Requiere reformar la Carta de las Naciones Unidas, mediante la aprobación de dos tercios de los miembros de la Asamblea General y posterior ratificación de dos tercios de los Estados miembros, incluyendo necesariamente a los cinco miembros permanentes.
Existe además un precedente: el Consejo pasó de once a quince integrantes mediante una reforma aprobada en 1963 y que entró en vigor en 1965. ¿Por qué no aprovechar entonces la experiencia y el capital diplomático acumulados por Panamá durante sus dos años en el Consejo de Seguridad para contribuir a transformar esa aspiración en una propuesta regional viable?
Panamá no tendría que pretender hablar por toda la región ni imponer una fórmula. Podría hacer aquello para lo cual nuestra historia parece habernos preparado particularmente bien: convocar, escuchar, acercar posiciones y construir consensos.
Pero el multilateralismo del siglo XXI debe ser también multiactor. Los grandes desafíos contemporáneos -cambio climático, migraciones, crimen organizado, inteligencia artificial, ciberseguridad, comercio y seguridad energética- no pueden ser resueltos aisladamente por ningún país, ni exclusivamente por los gobiernos.
Gobiernos, organismos internacionales, sector privado, trabajadores, academia, sociedad civil y jóvenes deben participar en la construcción de soluciones. Panamá tiene condiciones extraordinarias para promover esos espacios de convergencia.
Podríamos aspirar a convertirnos en sede de diálogos internacionales y encuentros sobre democracia, tecnología, sostenibilidad, comercio y paz: no para competir con Nueva York, Ginebra o Bruselas, sino para construir un espacio latinoamericano de encuentro con vocación global.
Aquí convergen dos océanos y rutas comerciales de todos los continentes. Por nuestro Canal transitan mercancías de países que incluso mantienen profundas diferencias entre ellos. Panamá conecta aquello que el mundo muchas veces separa.
Pero la credibilidad exterior comienza por la fortaleza interior. Un Panamá que aspire a convocar al mundo debe fortalecer su democracia, sus instituciones, su seguridad jurídica, su educación y su cohesión social.
Una marca país alcanza su verdadero valor cuando aquello que proyectamos hacia afuera se corresponde con lo que construimos hacia adentro. Ser “anfitrión del mundo” debe significar más que atraer turistas, inversiones o eventos. Puede expresar una vocación nacional: conectar, convocar, generar confianza y contribuir a construir entendimientos.
Panamá puede ser plataforma logística, centro financiero y empresarial, hub tecnológico, destino de inversión y referente mundial. Pero puede también ser territorio de encuentro en un mundo necesitado de lugares donde todavía sea posible conversar.
Nuestra geografía nos colocó en el centro de las Américas. Nuestra historia nos convirtió en punto de tránsito del mundo. El desafío ahora es transformar esas circunstancias en desarrollo para nuestra gente y en una contribución útil para la humanidad.
Así, “Panamá, anfitrión del mundo” puede trascender una marca país para convertirse en algo todavía más ambicioso: una visión de país.