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- 27/10/2026 00:00
Panamá: lugar de encuentros e intercambios desde hace milenios
La visita de una exposición pequeña, pero fabulosa, titulada “El Último Vuelo del Chamán”, en el Centro de Convenciones Megapolis (bajo el patrocinio del Ministerio de Cultura), cuando tuve el privilegio de recibir las explicaciones de parte de la doctora Julia Mayo Torné, principal responsable, me abrió los ojos a una historia más larga de la función geográfica e histórica de nuestro istmo. Allí descubrí que en el sitio de El Caño, en Coclé, en la vega aluvial del Río Grande, existió el cementerio de un cacicazgo entre los años 700 y 1000 de nuestra era, es decir, hace más de mil años. Lugar estudiado desde hace más de dos décadas por un equipo profesional de arqueología.
Dicho equipo dirigido por la doctora Mayo descubrió mucho de un grupo humano pre hispánico que nos dice tanto de hace bastante tiempo sobre una sociedad jerarquizada. Pero lo que me llamó la atención fue que también encontró hermosos objetos de arte, sobre todo de orfebrería, que sugieren la capacidad de sus élites de proceder a intercambios con regiones más alejadas, tanto de Colombia como de Yucatán, en México. Sus investigaciones en Panamá y en Europa, Estados Unidos, Colombia y México la acercaron a una constatación interesante. Encontró objetos de orfebrería áurea con las mismas características físicas y estéticas en El Caño y en la gran Chichén Itzá. Encontró, en El Caño, corindones, piedras duras, apenas menos que el diamante, que solo están más cerca en Colombia y no existen en Panamá. ¿Revelan realmente intercambios distantes?
Esos descubrimientos nos llevan a imaginar que hubo, cuando estábamos en la Alta Edad Media en Europa, en plena feudalidad entre los siglos VIII y XI, interrelaciones entre el istmo panameño con aproximadamente 2,600 kilómetros al noroeste la todavía floreciente civilización maya y cerca de 1,400 kilómetros al este, con los muiscas (chibchas) en los elevados altiplanos andinos de Colombia. Siempre sospechamos que había intercambios humanos entre Bocas del Toro y México cuando los cronistas hispánicos nos hablaban hace siglos de los indios mexicanos en ese territorio panameño en donde quedan todavía hoy apellidos como Montezuma. Ahora hay nuevos elementos que nos traen los arqueólogos para reforzar el estudio de nuestra historia desde hace cerca de 1,300 años, mucho más que el medio milenio desde que nos integramos a la historia universal que nació en el siglo XVI.
Siempre supimos que el istmo de Panamá funcionó como un lugar de paso de hombres, bienes e información a lo largo de más de quince mil años, quizás bastante más, lo que parece natural. Funcionamos como corredor biológico desde hace, al menos, tres millones de años y como corredor humano desde hace mucho menos tiempo. Estimábamos que conectábamos, de esa forma, la América del Norte con la del Sur (¡todavía en el siglo XXI en espera de una vía terrestre!). Pensábamos que el istmo lo hacía lentamente, a cuenta gotas, por las distancias y las dificultades del hombre con una tecnología menos avanzada para atravesar una extensa región de los trópicos húmedos o costearla por mares peligrosos. Sin embargo, ahora sabemos que el istmo fue más que un corredor de migraciones humanas antes de que los europeos llegaran a nuestras costas e inauguraran la etapa actual de nuestra historia que supera ya los 500 años.
Si bien e s cierto se registra arqueología en Panamá desde mediados del siglo XIX, en verdad la práctica profesional comenzó en la década de 1930 con Samuel Lothrop (1892-1965), en sitio Conte, cerca de El Caño, y luego en la siguiente, de 1940, con John Alden Mason (1885-1897). Después viene la época de oro con Reina Torres de Araúz (1932-1982), Olga Linares Tribaldos (1936-2014), Richard Cooke (1946-2023) y Anthony Ranere, desde el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, a partir de las décadas de 1960 y 1970. Luego, aparece una generación de arqueólogos panameños como Julia Mayo Torné y su hermano Carlos Mayo Torné. Después están Beatriz Rovira, Mirta Linero, Ilean Isaza y Tomás Mendizábal, entre otros, quienes siguen aportando sobre esa vieja historia.
En esta ocasión sobresale Julia Mayo, investigadora seria que con paciencia y determinación descubre otros datos relevantes sobre la época pre hispánica. Es una demostración suplementaria de que lugares arqueológicos como Sitio Conte, El Caño, Monagrillo, Barriles, Isla Palenque, Sitio Sierra y Venado Beach, además de Panamá Viejo y las fortificaciones coloniales de Portobelo y San Lorenzo continúan librando informaciones valiosas para comprender mejor de dónde venimos.
Me llamó la atención la doctora Julia Mayo, experta formada en España, además de cierta afinidad académica, porque comenzó como geógrafa e historiadora y terminó como antropóloga y arqueóloga titulada por la Universidad Complutense de Madrid, miembro prominente del Senacyt panameño, ya con obra importante y reconocida sobre nuestro país. Esa multiplicidad de saberes de ciencias sociales la prepararon para entregarnos resultados que nos permiten profundizar, en el tiempo, el conocimiento de nuestros orígenes, la primera forma de afianzar nuestra identidad profunda. Es, sin duda, la de panameños que han conformado una vieja sociedad multicultural, que añade a la civilización humana su magia, su forma de ser y su singularidad.
Al ingresar hace poco la doctora Mayo como académica de número a la Academia de la Historia de Panamá, aporta la riqueza de sus conocimientos y experiencias, junto a nuevas generaciones de académicos, a una corporación que acaba de renacer después de cuatro décadas de silencio, que tiene por delante un brillante porvenir y, sobre todo, una gran responsabilidad.