• 01/02/2021 00:00

Somos las ranas en la olla

“El problema […] ha sido que nos han ido subiendo la temperatura de la olla con la suficiente gradualidad para que no nos demos cuenta de que donde nos tienen no es un sauna […]”

Imagine que estamos en marzo de 2020 y el Gobierno anuncia que estaremos encerrados, sin derecho a trabajar, sin derecho a circular, sin derecho a ir a la playa, sin derecho a nada, bajo un Estado policíaco, durante al menos diez meses. Primero nos encierran seis meses hasta octubre, luego nos volverán a encerrar en diciembre, y que hasta el verano nos quitarán ir a playas y ríos. Nos anuncian también que se prohibirá operar empresas y negocios por medio año y que luego nos volverán a ordenar cierres de empresas en diciembre hasta enero del año siguiente, y al menos hasta febrero para bares, restaurantes, gimnasios y centros deportivos, al punto de que miles de empresas quebrarán y cientos de miles de panameños quedarán en el desempleo, y otros muchos tendrán que pasarse al sector informal.

En la misma conferencia de prensa, se anunciaría que los niños perderán su año escolar, porque el Meduca no pretende restablecer clases presenciales, y que en su lugar el Meduca improvisará clases a través de módulos por WhatsApp, como para hacer ver que los niños no perdieron el año, y que luego admitirá que, al menos, 50 mil estudiantes ni siquiera esa chapuza de clases recibirán, pues no se sabrá de ellos en todo el año escolar.

El moderador de la conferencia ofrecería luego la palabra a los ministros de Economía, de Comercio y de Turismo, pensando quizás que estos algo tendrían que decir en defensa de la capacidad productiva del país, el comercio y el turismo, pero cada uno de ellos haría ademán de declinar la oportunidad de decir algo, en señal de que no tienen nada que decir.

Imagine también que en esa conferencia de prensa en marzo pasado, participaba un vocero de la Corte Suprema de Justicia que tomaba el micrófono para advertirnos de que ningún amparo de garantías constitucionales incoado contra los decretos abusivos de nuestros derechos fundamentales, será admitido siquiera. Que todos serían desechados con un hiperformalismo kafkiano, en frontal contradicción del mandato constitucional de que las normas procesales deben inspirarse en la simplificación de trámites, economía procesal y ausencia de formalismos, y de que el objeto del proceso es el reconocimiento de los derechos consignados en las normas sustantivas. En otras palabras, el vocero de la Corte Suprema nos diría de frente que, en pretermisión de funciones, darían carta blanca al Ejecutivo para que, mediante decretos -y hasta mediante comunicados-, instaure de modo indefinido una dictadura sanitaria, y desconozca cuantos derechos fundamentales consagra la Constitución para los ciudadanos.

El conductor de la conferencia de prensa tomaría entonces nuevamente el micrófono para concluir, anunciando que todo el daño infligido a la población, la destrucción masiva de empresas, empleos y ahorros de la gente, y el daño causado en términos de salud mental, serían absolutamente en vano, pues Panamá terminaría el año 2020 estando en el “Top 20” de países del mundo, en términos de muertes por millón de habitantes, a pesar de ser un país con una población considerablemente más joven que la media europea, y que terminaría con la más alta tasa de muertes relativas a su población, en comparación con sus vecinos de Centroamérica. Que al final el lema más apropiado para los resultados sería cualquiera de entre “ni salud ni economía” y “el remedio fue mucho peor que la enfermedad”, elija usted cuál.

El problema ha sido que en marzo de 2020 nos hicieron ver que las medidas draconianas que se nos imponían eran solo por un par de semanas, a lo mucho cuatro o cinco. Un ministro de Estado llegó a decir incluso que, gracias a las medidas que entonces se nos anunciaban, Panamá llegaría a tener como mucho unos 500 casos de COVID-19. Es evidente para todo el que no tenga una venda negra gruesa sobre los ojos, que la política de supresión del virus no funcionó, y que las únicas curvas que logró aplanar fueron las de la capacidad productiva, de ahorros y de salud mental de la población. El problema, dicho de otro modo, ha sido que nos han ido subiendo la temperatura de la olla con la suficiente gradualidad para que no nos demos cuenta de que donde nos tienen no es un sauna en un spa, sino una olla, y nos están sancochando a fuego lento.

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