• 19/06/2026 00:00

Recordando al gran escritor mexicano Juan Rulfo, parte I

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Los buenos libros tienen una forma misteriosa de ir encontrando los caminos encubiertos o transparentes que pueden llevarlos hacia la trascendencia, aunque también puede ocurrir que se les dé su justo valor solamente cuando ya no están los autores para disfrutar su fama, lo cual no deja de ser lamentable. La buena literatura se construye con emotividad extrema, sangre y agallas, con dedicación absoluta, con sabiduría controlada, con dolor y felicidad alternándose a borbotones en un lento goteo interminable... En todo caso, el ejemplo de Juan Rulfo, su parquedad literaria en cuanto a publicaciones y en su propia personalidad, son proverbiales.

Los dos únicos libros que escribió Rulfo en el campo de la ficción fueron más que suficientes para que trascendiera su momento e, incluso a su país, y se remontara, sin habérselo propuesto, a alturas poco imaginables cuando, queriendo crear una obra acaso respetable, pergeñaba sus primeros cuentos en su vieja máquina de escribir en los años cincuentas del siglo pasado; una Remington Rand Nº 17, también conocida como Modelo 17 o KMC. Negra, de hierro. 14,7 kilos. Un artefacto fabril del que salió una obra maestra: “Pedro Páramo”.

Hablar de este autor es aludir a uno de los más importantes escritores latinoamericanos del siglo xx. Con sólo dos obras publicadas, el libro de cuentos “El llano en llamas” (1953) y la novela “Pedro Páramo” (1955), a los cuales habría que sumar una tardía recopilación de guiones cinematográficos, denominada “El gallo de oro” (1980); y otra con un impresionante número de sus excelentes fotografías en blanco y negro, ha bastado para considerarlo un creador singular.

Conocí a Rulfo. Lo traté durante 11 meses todos los miércoles de 1971 como becario del Centro Mexicano de Escritores, ubicado en la Colonia del Valle, ya que junto con el escritor Salvador Elizondo, era asesor de dicha entidad, hoy desaparecida. El mismo Rulfo había sido becario ahí 15 años antes, durante dos años consecutivos: ahí escribió varios de sus cuentos y terminó su célebre novela.

A nombre de Panamá, yo me había ganado una beca centroamericana que por única vez abrieron para que un escritor joven, con al menos una obra publicada y un sólido proyecto por desarrollar, fuese a México a participar en un taller en donde escribiría un libro que, pasando el tiempo, pudiera ser publicado por su calidad. Ese libro, que se fue gestando en medio de los comentarios de mis compañeros becarios mexicanos y la de los maestros antes mencionados, habría de ser “Duplicaciones”, mi obra más reconocida: 40 cuentos. En 1973 fue publicada por la prestigiosa editorial mexicana Joaquín Mortiz.

La primera edición lleva una dedicatoria a Rulfo impresa en sus primeras páginas... Alguna vez, un par de años más tarde, en un encuentro fortuito en la Ave. Insurgentes, sorprendido al ver que no había regresado a Panamá, me dio las gracias por la dedicatoria que descubrió en el ejemplar que le mandó la editorial. Me las dio sabiendo muy bien que con aquel pequeño gesto era yo quien se las daba a él. Me miró con ojos lánguidos, y me premió con un fuerte abrazo. Se marchó caminando muy despacio, delgado y como distraído, y yo quedé paralizado temblando a media acera.

Bajo su acuciosa tutela crítica perfeccioné al máximo el rigor de mi escritura, comprendiendo cómo la forma es en literatura tan importante como el contenido pero nunca debe “comerse a la historia” –expresión de Rulfo–; y así fui entendiendo de manera profunda y permanente lo que en realidad significa ser escritor, sus muchas responsabilidades, su posible trascendencia si lo que se escribe le habla con autenticidad al alma humana.

Pese al acendrado nacionalismo mexicano, jamás me sentí extranjero en ese taller, ni en el país mismo, en donde residí 12 años en aquella época. Tengo tres hijas y tres nietos mexicanos, así como numerosas vivencias inolvidables de ese inmenso y contradictorio país, lo cual convierte a México en mi segunda patria.

Rulfo jamás me llamó por mi nombre, siempre aludía a mí como “el panameño”, y lo hacía con un tono suave muy suyo: afectuoso, como dándome una vez y otra una diáfana bienvenida. Consigno hoy que mi admiración por Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, quien nació en Apulco, un pueblito de San Gabriel, perteneciente a Sayula, Jalisco, un 16 de mayo de 1917 y murió de enfisema pulmonar en la Ciudad de México el 7 de enero de 1986, llegó a ser enorme, y todavía hoy lo sigue siendo... Tengo, dedicadas de su puño y letra ambas obras, y las cuido como el tesoro sentimental que representan.

Gabriel García Márquez llega a vivir a México con su familia en junio de 1961, y le pregunta a su amigo y compatriota colombiano, el escritor Álvaro Mutis, quien ya residía ahí, qué obras mexicanas debía leer; entonces éste le entrega las dos de Rulfo y le dice: “¡Léase esta vaina, y no joda. Para que aprenda cómo se escribe, carajo!”.

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