• 26/03/2026 00:00

Reflexión sobre la riqueza, la pobreza y el destino de nuestra nación

Todos los días, al levantarme, pienso en lo que comerá mi familia, en su salud, educación, transporte y en la relación de estos factores con mis ingresos. Solo puedo decir que los ricos y los pobres van de la mano: a medida que la riqueza aumenta para un grupo de personas, de igual manera se incrementa la pobreza. Lo vemos en las personas de la calle, en las noticias, en las redes sociales, en la calidad de nuestra alimentación, en la caridad y en los profesionales sin empleo. A menudo, se le echa la culpa a los mercados, a la inflación, a las guerras o incluso a la Inteligencia Artificial.

Como señaló Jeremy Seabrook (2004) en El mundo pobre: «La pobreza es difícilmente separable de la justicia social». La pobreza es bien conocida y resulta familiar para la mayoría de las personas del planeta; a unos les aterra volver a vivirla, mientras otros huyen de ella tan lejos como pueden. El hambre y la amenaza de hambruna son los símbolos más contundentes de esta carencia.

Mis padres me decían que antes la vida era más sencilla; comían tres veces al día aunque los salarios fueran bajos. En los tiempos modernos sucede todo lo contrario. Surge entonces la duda: ¿Será que entre más educados estamos, más nos empobrecemos? Si miramos el mundo, los intelectuales están bien educados y son quienes nos dirigen. ¿Será acaso que su forma de pensamiento no contempla la reducción de la pobreza? James Allen, en su libro Como piensa el hombre, afirma que los buenos pensamientos y acciones nunca pueden producir malos resultados, así como los malos pensamientos no pueden producir buenos frutos. Los hombres comprenden esta ley en el mundo natural, pero pocos la entienden en el mundo mental y moral.

Por otro lado, en Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, Daron Acemoglu y James A. Robinson señalan que las naciones mejoran cuando ponen en marcha instituciones políticas adecuadas que favorecen el crecimiento, pero fracasan cuando no logran adaptarse con el tiempo. Analizan la hipótesis geográfica (que atribuye la brecha a diferencias de entorno), la hipótesis de la cultura que no la toman en cuenta y, por último, la hipótesis de la ignorancia, donde los fallos de liderazgo y los consejos equivocados fracasa la economía. El dilema real es entender cómo funciona la economía y el manejo de los incentivos sociales.

Con la experiencia que tenemos como nación, es sabio escuchar a todos los sectores: económico, social, cultural, empresarial y laboral. Debemos cambiar la dirección hacia el país que deseamos, buscando un crecimiento y desarrollo a corto, mediano y largo plazo.

En este nuevo tablero social, debemos analizar el bien común. Es imperativo hablar sobre la corrupción, el rol de los tres órganos del Estado, la salud, la educación, la seguridad, la política exterior y el comercio global. Debemos definir qué tipo de familia queremos como país y evitar que la pobreza visible se nos escape de las manos hasta volverse incontrolable. Como dice el proverbio 30:8-9 «No me des pobreza ni riquezas; mantenme con el pan necesario».

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