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- 21/07/2023 00:00
Reflexiones sumarias en torno al cuento y la novela (*)
Si bien la creación literaria nace en Panamá a mediados del siglo XIX, cada vez tiene más vigencia y fieles “adeptos”. En lo que va del siglo XXI han proliferado no solo diversos talleres literarios impartidos por escritores con vocación docente, sino el “Diplomado en Creación Literaria” de la Universidad Tecnológica de Panamá, creado en 2001, el cual ha dado importantes frutos. ¿Cómo negar, no obstante, que el auténtico talento prevalece por sí solo y solo requiere estímulos?
Decía Mallarmé que todo existe para convertirse en libro. Exageraba, claro. Pero los escritores sabemos bien que ese “dictum” del célebre poeta francés no estaba tan lejos de la verdad; o al menos de la certeza que no pocas veces tenemos los hacedores de mundos de ficción, en el sentido de que cualquier cosa que alimenta la realidad y es percibida de cierta manera por el creador, es susceptible de transformarse en literatura, sabiendo manejar adecuadamente los ingredientes que, estando en el inicio de la experiencia humana, pueden llegar a poblar también, a su manera, la obra literaria. Pero hacerlo a la manera de la obra misma, se entiende que no es más que una mezcla imprevisible de la voluntad de estilo del autor y de la necesidad del hecho narrado de convertirse en una genuina realidad estética, con vida propia; autónoma y autosuficiente.
Para ello, sin duda, es menester que el escritor posea una fina intuición cercana a la capacidad de ósmosis que tienen algunas plantas, así como una mentalidad forjadora de ese tipo peculiar de filosofía que, al interpretar, produce enlaces múltiples propios y derivaciones sin fin, a manera de respuestas; y, por supuesto, un fino y aguerrido oficio literario que más que artificio aprendido en batallas ajenas, sea una permanente manifestación de honda sabiduría. No de otra forma procede y se articula, en su esencia, el proceso creativo.
A medida que va surgiendo la obra mediante frases que irremediablemente portan ciertos significados, se va dando una serie de modulaciones que acumulan información y, a su vez, la sintetizan. En un cuento, éste sería el proceder de las secuencias que, una tras otra, van armando una historia. Una historia en la que, lógicamente, pasan cosas. Cosas que, sin duda, tienen consecuencias y cuyos componentes anecdóticos, ejercidos por ceñidos personajes, habrán de desembocar en algún momento en un conflicto que, a su vez, desate, más temprano que tarde, un desenlace.
En la novela, en cambio, si bien los ingredientes suelen ser similares a los que componen el cuento, los procedimientos son, literalmente, otro cantar. Lo cual en este contexto significa en realidad “otro contar”. Porque en la novela cada suceso exige ser ampliado, dotado de un desarrollo –que en teoría puede ser infinito–, lo cual propicia una multiplicación de temas, situaciones, personajes, atmósferas y a menudo técnicas narrativas, que brotan del tronco como ramas en expansión henchidas del gozo de la vida. Así, el afán de síntesis que le es consubstancial al cuento es urgencia de crecimiento y variedad a todos los niveles en la novela. Ambos géneros narrativos cuentan historias, pero la pluralidad que al cuento le es negada por voluntad propia de su naturaleza íntima de caracol o de apretada nuez, nace prendida a cada célula de la novela, porque son muchas sus raíces, como diversos serán también sus infinitos vuelos.
En todo caso, quien crea ficciones –cuentos o novelas- ingresa a un mundo no de copias o calcos, no de fotografías estáticas, no de simples reproducciones, sino de movimiento perpetuo y mutaciones y transmutaciones sin fin. Y, paradójicamente, se trata de un mundo que no ocupaba antes un espacio ni un tiempo, ya que las palabras que lo nutren son generadas por el escritor imbuido de una suerte de “estado de gracia”, que habrá de sostenerlo mientras dure su avatar artístico. Así, tanto el cuento como la novela, cuando se han concluido, se añaden al mundo completándolo, imprimiéndole nuevas aristas, nuevos valores, una manera que antes no existía de ser parte de la realidad real.
Por supuesto, el gran dilema planteado durante siglos por los estudiosos es cuándo una obra literaria puede considerarse arte. Este tema no sólo es harina de otro costal, sino que no tiene respuesta concluyente, ya que depende en buena medida de cómo es percibida y asimilada por el receptor; de su formación y sensibilidad; de sus propias vivencias, así como de su específica actitud frente a cada obra. Por tanto, enfrentarse a la lectura de un cuento o de una novela (para no hablar de otros géneros literarios), implica un acto de fe, una generosa entrega, que sorprendentemente no es muy diferente a la que, imbuido en un estado de gracia intelectiva al momento de crear, toma posesión del escritor y lo va guiando por los intersticios de la experiencia humana a través de la imaginación, dejándose permear por la aventura, abierto a todo. Hasta que poco o mucho tiempo después el creador siente –presiente— que su labor ha concluido. Sólo en ese momento el auténtico escritor se siente realizado.
(*) Para todos los egresados del longevo Diplomado en Creación Literaria de la UTP.