• 03/04/2026 00:00

Retroalimentaciones: ejercicio físico y creatividad

Tal vez si no hubiera ejercido la docencia por tantos años en colegios panameños, y luego en universidades de México, Estados Unidos y Panamá, en cursos ligados a algún aspecto literario, así como el haber dirigido numerosos talleres, mis artículos de opinión serían más variados.

Las sugerencias que aquí ofrezco para antes de iniciar la escritura, o bien para inmediatamente después, deben tomarse como lo que son: sugerencias. Las ofrezco porque podrían resultar útiles, sobre todo para nuevos autores poco antes de sentarse a crear. Me refiero a la conveniencia de hacer algunos ejercicios físicos antes o después del momento de la creación. Pienso, por ejemplo, en quienes están iniciando en estos días una nueva versión del “Diplomado en Creación Literaria” que semestralmente ofrece la UTP, dictado por excelentes escritores... Actividad que tuve la satisfacción de fundar en 2001.

Los resultados hoy están a la vista: numerosos nuevos escritores en todos los géneros literarios, quienes han sabido demostrar su talento ganando premios y publicando buenos libros.

Dichos ejercicios –cuanto más variados, mejor– al menos a mí me han servido a menudo como una suerte de pre-calentamiento, aplicable tanto al cuerpo como a la mente que poco después habrá de activarse, poniendo en práctica el gradual proceso de la escritura (manejando las primeras ideas, sopesando determinados recuerdos, imaginando situaciones, tal vez personajes, que a la larga podrían funcionar como parte vital del entramado de lo que se pretenda escribir). O bien, hacerlo después de escribir, a modo de relajamiento, ya que también funciona a la inversa... O ambos...

Después de varias horas sentado escribiendo, conviene poner nuevamente en circulación el flujo sanguíneo, y por tanto recuperar con mayor facilidad la necesaria movilidad. Lo menciono porque ayudan, a su vez, a que la mente también se reactive a fin de poder lidiar con los a veces complejos procesos de la escritura que irá tomando forma; y asimismo, con los avatares de la vida cotidiana que habrá de seguir.

Mi experiencia (tal vez porque fui físicoculturista por muchos años en Panamá cuando apenas empezaba a publicar mis primeros textos), es que darle un breve calentamiento al cerebro ayuda a oxigenar mejor las ideas. Literalmente, me lo ha confirmado meses atrás un médico internista mexicano ante mis problemas de salud y avanzada edad. Me felicitó por tener la tenacidad de escribir todos los días ahora que dispongo de tiempo. No más de quince o veinte minutos primero con la mente en blanco, dejando fluir libremente la energía y el creciente entusiasmo; convencido de que más temprano que tarde habrán de brotar las palabras certeras que pondrán en movimiento a los hechos vividos o solo imaginados. Y las palabras –pocas o muchas– terminan brotando, créanme.

Probablemente no sean muchos los escritores que hoy lo hacen, pero hasta el sentido común indica que no es en absoluto una mala idea. Sugiero, pues, que al menos pongan a prueba lo dicho, a fin de ayudar a “echar a andar la creatividad”; o de plano, a fuerza de férrea voluntad de ser un mejor escritor, engendrarla. Un deseo irreverente, ahíto de una tenacidad capaz de “mover montañas”.

No obstante, hacer breves ejercicios cuando recién se empieza a escribir un cuento o un poema, y luego retomar también esta costumbre cada vez que pasa el tiempo y nos topamos con algún tipo de estancamiento que impide que el texto fluya (o que nazca uno nuevo), ayudará a mitigar la dificultad. Créanme, lo sé por propia experiencia ... No olvidemos que el cerebro es la sede de las ideas, y que de él nacen los sortilegios de la memoria, así como los vislumbres más tenaces de nuestra imaginación, elementos claves en los procesos de creatividad.

En cualquier caso, escribir ficción –o poesía, o ensayo– implica estar en pleno dominio de las posibilidades más auténticas de lo inesperado, lo inaudito, incluso a ratos, lo imposible, “torciéndole el cuello al cisne” de una realidad a veces reacia a dejarse escrutar explorando inéditas posibilidades hasta entonces impensadas. Esto no suele lograrlo cualquier “perico de los palotes” metido de pronto a escritor. Porque el talento innato es condición sine qua non del autor de toda obra capaz de perdurar. También lo es la constancia, en el sentido de no dejarse amilanar por la pereza ni por el pretexto de “no tener nada nuevo en mente”, excusa demasiado pobre si lo que se quiere es llegar a ser un escritor serio, constante.

A quienes recién empiezan a escribir sugiero no dejar de probar esa vieja costumbre de los surrealistas, de poner en juego la llamada “escritura automática” redactando la primera frase que se nos viene a la mente, para luego ir creando poco a poco una historia por “asociación libre de ideas”. Así, una cosa nos va llevando a otra y luego a otra más, indefinidamente.

¡Funciona, créanme! ¡No pocos de mis numerosos cuentos y poemas escritos en los últimos 60 años nacieron así!

El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor
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