Las cifras forman parte de las proyecciones de la cartera agropecuaria del Banco Nacional de Panamá, donde existen unos 5,400 productores activos. El banco...
Definitivamente vivimos en un mundo muy diferente que en el que nosotros nacimos, y muy diferente al que nacieron mis hijas, que ya son mujeres adultas. Creo en la modernización de las cosas, creo en los cambios –mucho más cuando son organizados– y, sobre todo, estoy convencido de que “todos los días se aprende algo nuevo”, uno de los tantos dichos que siempre nos decía mi madre, gran educadora y una mujer correcta.
Sin embargo, el mundo, metafóricamente hablando, empezó a girar a una velocidad tal que se hace muy difícil llevarle el paso a tantos cambios. Encima, nos estamos encontrando con tantas cosas que desfiguran a ese mismo mundo. Los valores de hoy ni siquiera se asemejan a los que muchos aprendimos. La política se ha desdibujado totalmente y, hasta en nuestro país, cuando hasta no hace mucho éramos bastante conscientes sobre destacar las cosas buenas de un candidato, ya nos hemos dejado imbuir en aquellas miasmas que suelen ser práctica común en otras latitudes, donde prevalece la descalificación.
Los que nacimos dentro del período conocido como baby boomers hemos vivido tantas cosas que podríamos llenar por lo menos un libro de tantas aventuras. En lo personal, he vivido durante la vigencia de ocho papas; me tocó disfrutar la música desde Los Beatles y Elvis hasta lo que los más jóvenes escuchan hoy y que nadie más puede entender, pasando por el nacimiento de la Salsa en N.Y. y su desarrollo por el Caribe.
Por las pantallas en blanco y negro, alrededor de las cuales se sentaba toda la familia a ver Bonanza, Lassie o Perdidos en el Espacio, también veíamos al Fat Fernández tomarse una “rompepecho” sin eructar en el resto del noticiero, informarnos sobre lo acontecido en el día; pero las ilustraciones llegaban por avión dentro de los periódicos de EE. UU., que llegaban al día siguiente. Vimos el alunizaje del Apolo 11, con el cual el presidente John F. Kennedy, asesinado antes de poder verlo, cumplía su palabra de “ganar” la carrera espacial al llegar al único satélite natural de la Tierra. Igualmente pudimos ver cuando la televisión a color llegó a Panamá y “sufrir” por haber sido los penúltimos en tener acceso a telefonía celular. Infortunadamente, también padecimos la tragedia de las guerras de Vietnam y Corea, que llevaban desgracia, luto y dolor a muchas familias estadounidenses y a una que otra panameña también.
Más grandecitos, fuimos testigos de tantas luchas por parte de muchos estudiantes que protestaban por la presencia de un “enclave colonial” que dividía el país; no fue hasta muchos años después cuando, bajo el liderazgo del general Omar Torrijos, pudimos convencer al entonces presidente Jimmy Carter de que no solo era justo, sino que los panameños teníamos el derecho a vivir bajo una sola bandera.
Esto lo vimos “en vivo y a todo color”, como se anunciaban las transmisiones especiales en aquel entonces, y todo un pueblo se volcó a celebrar ese 31 de diciembre en el que, en las escalinatas del viejo edificio de la Panama Canal Company, se “recibió” lo que la mayoría anhelábamos. Posteriormente, el hijo del mismo general promovía la construcción de un nuevo canal que hoy representa la mayoría de lo que recibimos como beneficio por ser el “puente del mundo y corazón del universo”.
Hoy, con suma preocupación, vemos cómo el liderazgo a nivel mundial no está necesariamente en manos de los mejores o de los más capaces. Unos más que otros han llegado a ser denominados como bullies, que en español se traduciría, más o menos, como intimidador, amenazador o agresor. O sea, pareciera que estamos regresando a los tiempos de los imperios en Europa, donde los ganadores se tomaban todo.
La diferencia ahora es que hay armas con las que se pudiera acabar con más de la mitad de la población del mundo y los que sobrevivan pudieran quedar deformados para siempre. Es un riesgo que esté en manos de quienes han sido descritos como lo hice arriba.
La sensatez, el razonamiento, los valores y el derecho a la vida deberían estar siempre por encima de cualquier ambición personal. Ojalá regresemos, no al pasado, sino a un nuevo futuro donde nuestros hijos y nietos puedan, por lo menos, vivir en paz.