• 09/08/2011 02:00

Jugando vivo y política

INGENIERO Y ANALISTA POLÍTICO.. Los panameños aceptamos que en nuestra sociedad abundan los ‘juegavivo’, ese que nunca hará fila y se c...

INGENIERO Y ANALISTA POLÍTICO.

Los panameños aceptamos que en nuestra sociedad abundan los ‘juegavivo’, ese que nunca hará fila y se colará frente a ti en el último instante, o aquel que siempre tiene la excusa correcta para llegar tarde o simplemente no llegar, o bien no hacer el trabajo, pero firmar con los que lo hicieron, o simplemente el que por viveza estaciona en el campo de discapacitados. Curiosamente, los lideres políticos, que conocen y reconocen a los juegavivo, parecen no distinguirlos cuando se trata de seguidores políticos.

Cuando el general Torrijos decidió que se inscribieran nuevamente los partidos políticos, recuerdo que el primer día de inscripciones del nuevo PRD ordenó cerrar los libros pasado el mediodía, llevábamos ya más de 57,000 inscritos y sabiamente preguntó a Gerardo González si ‘estaba inscribiendo un partido o haciendo un censo’. Omar entendió que inscribirse en el PRD era, como dijo él, ‘apostar al ganador después de la carrera’, ¿quien no desearía entrar al partido en el poder?

Hoy, más de treinta años después, me causa gracia que los políticos de hoy no comprendan a los ‘juegavivo’ en sus partidos. Si yo llegase a la Presidencia de la República, copiando al Dr. Arias más que a Omar, cerraría los libros de inscripción de mi partido, solo aceptaría como compañeros de partido a los que me acompañaron antes del triunfo y ciertamente los distinguiría por sobre los que una vez ganador se me acercaran. No es que los rechazaría, simplemente los acepto como simpatizantes del gobierno, pero jamás los podría tener al lado de los que sí me acompañaron antes de llegar.

El afán de llegar a tener un partido grande, confundiendo un partido numeroso con un partido poderoso, está llevando a partidos al fracaso en el poder. Le ocurrió al PRD, cuando logró llegar a 670,000 miembros estando en el poder, para dos años fuera del mismo reducirse a poco más de 450,000. Pero es que había 200,000 ‘juegavivo’, que pueden perfectamente ser torrijistas y hasta perredés de convicción, pero que frente a la posibilidad de perder su puesto se convierten, sin escrúpulos, en miembros del partido en el poder. Asumo yo que los dirigentes de esos partidos tienen que verlos con su grado de malicia, dudando si en una futura elección y en voto secreto serán leales o no a su nueva casa. Si un diputado electo por un partido cambió ahora de tolda en su juegavivo, ¿puede ese nuevo partido proyectarlo en una futura elección, si acaso ganase el partido original no saltará otra vez de vuelta? El juegavivo en política es amigo del poder, sabe cortejarlo y acercarse, amigo de la silla, no del funcionario.

Ahora bien, mi premisa es que el líder sabe quién lo sigue realmente y quién por conveniencia. Lo triste es que en la viveza del juegavivo político este sabe que el político cae siempre a la adulación y el aplauso. Por lo general el advenedizo, el tránsfuga, adulara y aplaudirá más que ninguno, convenciendo al líder de su lealtad indiscutible. Más peligroso aun resulta que ese que se cambió de toldas por un objetivo lo más probable es que sea buscando beneficios económicos. Cierto que algunos solo estarán buscando un salario o puesto en el gobierno, pero los más peligrosos son aquellos que vienen por los grandes negocios. Es por eso que invariablemente en los gobiernos vemos cómo personajes que no estuvieron al calor de la campaña, personajes que nunca viste junto al candidato, de pronto son los principales beneficiados en los contratos y negociados que se denuncian. En el gobierno actual, nadie ha escuchado de negociados de Papadimitriu, Henríquez, Shama o De Lima, el cuarteto inicial del primer anillo del presidente Martinelli. Pero, háblame de los negocios y suenan nombres que no vimos en campaña.

Solo con cambios dramáticos en nuestro sistema podremos eliminar los juegavivo de la política. Quizás copiando el sistema federal de empleo norteamericano, o bien estableciendo que los funcionarios públicos no puedan pertenecer a un partido político, como se lo prohibimos a los del Tribunal Electoral y simplemente aquel miembro que entre a un cargo se le dé licencia del partido, mientras dure su posición y no pueda asistir a actividades proselitistas de su partido, salvo por supuesto los electos popularmente y los ministros, viceministros y directores y subdirectores de entidades.

De igual forma, debemos modificar el artículo de la Constitución, violado con impunidad hasta ahora, que da la curul a los partidos. Si como dice la Constitución la curul es del partido, si un diputado se cambia de partido debe perder la curul, esta debería seguir siendo del partido original. Si principal y suplente se cambian, se pierde por completo la misma. Mejor cambiemos la Constitución y que la curul sea del diputado electo, lo que le dará más peso al diputado y menos al partido. La norma actual, como se aplica por el Tribunal, es solo un refrendo al juegavivo en el mayor grado, ‘me eliges por un partido, me voy para el partido gobernante al ser electo’.

Me imagino que nuestras futuras generaciones, que hoy ven los juegavivo en las calles y en sus propios colegios, ahora viéndolos en política, no pueden menos que crecer con una distorsión social que solo nos presagia peores tiempos en el futuro, donde no cuenta el orden y la lealtad, sino saber jugar vivo.

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