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- 07/01/2015 01:00
Vocación permanente
Las diferencias entre los educadores y el Ministerio de Educación tuvieron un nuevo capítulo relacionado con la capacitación. Algunos han protestado y presionado a la institución para que no se hagan obligatorios los cursos de verano y la entidad ha restringido el reconocimiento en puntos, según la pertinencia.
Asombra que este tema sea motivo de controversias entre ambos sectores. Los seminarios veraniegos constituyen la oportunidad de alcanzar créditos que permitirán una mejor calificación, pero también renuevan al personal docente de los centros escolares en adquisición de información y conocimiento necesario para atender a una población estudiantil, ávida de nuevos referentes.
Estos episodios irrisorios hacen dudar de que exista la vocación consolidada en las generaciones actuales de los formadores. La juventud se desenvuelve en una importante época de cambios y necesita orientación. El reto es saber leer la realidad actual y a partir de sus claves, organizar un proceso que enseñe a aprender y a fortalecer la personalidad para enfrentar y vencer los contratiempos.
Hace unos días, el periodista José Amador Velarde escribió en este diario, una reseña sobre la madre de su esposa, una maestra, ya nonagenaria y pormenorizó en el carácter y las vivencias que ella le transmitió. Este recuento brinda un detallado perfil de quien hace varias décadas tuvo bajo su cargo la preparación de diversas promociones de escolares que pasaron por el aula y recibieron sus enseñanzas.
Esa vivencia que el narrador trata de transmitir, a partir de su encuentro con doña Elvia, me correspondió experimentarla. Fui su alumno en el sexto grado en la escuela República de Venezuela. Era en ese entonces, un nivel de encrucijada. Para algunos chicos, el final de la carrera; salían a desempeñarse en algunos oficios y ayudar así a la familia. Otros, pasaban al primer ciclo y a adentrarse en una etapa de mayor compromiso y significación.
La población de ese centro (donde coexistían cuatro planteles) provenía del barrio de Calidonia y en especial del sector de Marañón con toda la complejidad social que allí se generaba. Manzanas enteras de edificaciones de madera, conmoción marginal y cultural, escenario de violencia permanente, taller de los delitos urbanos más comunes; ese era el contexto en que se desenvolvía el proceso educativo de esa época.
En las cuatro paredes en que se ofrecía la clase, era otro mundo. Nuestra maestra llenaba ese espacio de tanto contenido, de sensibilidad, de fortaleza emocional, mientras impartía las lecciones y preparaba a su auditorio infantil para el futuro. Evidentemente, ella conocía las perspectivas que podían deparar a esa adolescencia en formación y por tanto, brindaba las técnicas con que debía uno dilucidar ese mundo complicado de los 60.
La personalidad del que ejerza ese apostolado es fundamental para alcanzar los objetivos de esculpir un carácter en cada uno de los condiscípulos. Elvia era una dama de baja estatura, de una mirada penetrante y una templanza en sus decisiones. Por eso, infundía respeto, no solo en la comunidad educativa; también a su paso por las calles del barrio de Marañón donde vivía, todos le brindaban un saludo cortés y cordial.
Existe una convicción que debe tener cada educador. Es su capacidad de conocer el entorno de la época en que vive, saber distinguir las complejidades propias de la sociedad y configurar un modelo de porvenir en el que habrá de desenvolverse su alumnado para darle entonces las competencias necesarias. Éstas le ayudarían a afrontar con la disciplina apropiada las vicisitudes en el campo profesional y alcanzar el éxito. Ese fue su legado.
En el compromiso de los formadores de hoy es vital la vocación con un espíritu permanente de búsqueda del conocimiento para enriquecer la construcción de una sólida ciudadanía para el país.
*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO