• 23/03/2026 00:00

Yo también amo a Europa, pero no la reconozco

Durante su intervención en el pasado Foro Económico Mundial de Davos 2026, el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lanzó una frase que resonó: “Amo a Europa y quiero que le vaya bien, pero no va por el buen camino“. Una frase que describe una percepción creciente: la Europa que hoy dirige una burocracia, - “eurocracia” -, desde Bruselas se ha alejado del espíritu que guió a sus fundadores. Esto no es una crítica ideológica, sino un diagnóstico político y económico.

Cuando Robert Schuman, Jean Monnet, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi o Paul-Henri Spaak concibieron la idea de una “Europa Unida”, lo hacían con un propósito claro: evitar nuevas guerras mediante la integración económica y fomentar la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial. Su visión era pragmática, limitada y respetuosa de las soberanías nacionales. Buscaban una cooperación funcional que generara estabilidad y prosperidad. Sin embargo, esa cooperación se transformó en una estructura burocrática centralizada que hoy toma decisiones de gran impacto sin una clara responsabilidad democrática, generando una creciente desconexión entre las instituciones europeas y los ciudadanos que representan.

La economía es una de las áreas donde esa desconexión es más visible. Una presión fiscal exorbitante combinada con un gasto público que crece sin control ha generado una trampa difícil de romper. Cuando los gobiernos necesitan más dinero, en lugar de recortar gastos ineficientes, suben impuestos, reduciendo la base imponible real. El resultado es un círculo vicioso: más impuestos, menos inversión, menor crecimiento y, paradójicamente, menos ingresos públicos. La ciudadanía ha sentido que sus esfuerzos han sido confiscados sin retorno en servicios eficaces, y ha surgido el descontento. Protestas sociales y una percepción generalizada de injusticia son consecuencias directas de esta dinámica.

A esto se ha sumado un intervencionismo estatal que, lejos de corregir fallas del mercado, ha terminado por crearlas. Regulaciones excesivas, subsidios mal dirigidos y una cultura de protección han frenado la entrada de nuevos actores económicos, especialmente en sectores dinámicos. En lugar de fomentar la competencia, muchas políticas europeas han premiado la ineficiencia, limitando las oportunidades para los jóvenes ante mercados laborales inflexibles y una economía que no ha logrado crecer al ritmo necesario.

La política energética europea ofrece otro ejemplo de desconexión. En su afán por liderar la agenda climática, Europa ha debilitado su base productiva, entregando su ventaja competitiva a países que no comparten sus mismas restricciones, -como China-, y dependiendo de componentes tecnológicos fabricados en estos. Así, Europa es líder en energía verde a expensas de su cadena de suministro en manos de otros; una apuesta que, sumada a la creciente inestabilidad en Medio Oriente hoy día la deja, en estos momentos, más vulnerable que nunca y a merced de intereses ajenos.

Otro tema sensible ha sido la gestión de la migración irregular. La entrada, ilegal e incontrolada, de migrantes extracontinentales ha generado tensiones sociales graves. Cuando los ciudadanos europeos han visto que sus comunidades cambiaron rápidamente sufriendo una escalada de la criminalidad y sus preocupaciones no han sido escuchadas, ha surgido una reacción de desconfianza ciudadana hacia las instituciones que se está traduciendo en votos a favor de movimientos políticos que sí prometen corregir esta situación. Etiquetar estas preocupaciones como “xenofobia” o “fascismo” ha alejado a grandes sectores del debate democrático, ante la ausencia de políticas migratorias que equilibrasen solidaridad, control fronterizo e integración real en la sociedad.

En el plano cultural, Europa ha entrado en una deriva que muchos consideran peligrosa. Bajo el paraguas del “multiculturalismo” y la agenda “woke”, Bruselas ha comenzado a imponer valores que chocan con las tradiciones y creencias de muchos europeos. Países como Hungría o Polonia han sido sancionados, no por violaciones del derecho internacional, sino por defender su identidad cultural. Esta imposición ideológica condicionada, incluso, al acceso a fondos europeos, ha generado una fractura profunda: una “eurocracia” que busca uniformizar pensamientos y estilos de vida, en lugar de celebrar la diversidad, la libertad, que alguna vez fue su mayor riqueza.

Desde una perspectiva geopolítica, esta Europa débil internamente tiene cada vez menos capacidad para influir en el mundo. Mientras Estados Unidos y China compiten por definir el orden global, Europa aparece dividida, burocrática y poco realista. La “traición” de la Unión Europea a los Estados Unidos es hoy evidente al desmarcarse de la acción militar que, de la mano con Israel, busca detener al maligno régimen iraní y a sus brazos terroristas internacionales como ha sido con Hamás, y ahora contra Hezbolá. Al declarar cínicamente que esta “no es una guerra de Europa“, la UE ignora una verdad incómoda: EE.UU. e Israel están resolviendo un problema mundial que ha afectado, por años, a una Europa, cobarde y debilitada, que prefirió mirar hacia otro lado.

Esta Europa, que durante décadas recurrió a una diplomacia de complacencia con el régimen de Teherán, permitió que este aumentara su poder y su maldad sin consecuencias reales. Reconocer que “Europa no va por buen camino” no es pesimismo; es realismo. Y el realismo, en política, es muchas veces el primer paso hacia la solución. Abandonar la arrogancia de Bruselas, escuchar a sus ciudadanos y dejar de dar la espalda a sus aliados estratégicos en la lucha contra el terrorismo global es el único camino para que Europa vuelva a ser reconocible y recupere la relevancia que ha perdido por su propia falta de carácter.

* El autor es excanciller de la República de Panamá
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