La encuesta Vea Panamá de La Estrella de Panamá no es una sentencia, sino un termómetro del momento. Refleja un país exigente, crítico y cansado de promesas; pero también un país menos estridente y dispuesto a observar si el Gobierno logra transformar intención en resultados palpables. Panamá no ha clausurado la esperanza: está esperando señales. El Ejecutivo se desenvuelve dentro de un escenario complejo, con presión acumulada y demandas urgentes que no nacieron ayer. Aun así, lo que muestra el ambiente nacional no es solo desconfianza: también es expectativa. La ciudadanía mide. Evalúa. Compara. Y, sobre todo, observa si hay rumbo. En política, esa pausa —esa disposición a ver— es una oportunidad valiosa: significa que todavía existe margen para construir respaldo. El reto, como en toda etapa inicial de gobierno, es consolidar credibilidad. No basta con hacer: hay que lograr que el país sienta que se está avanzando en lo esencial, que se gobierna con dirección y que existe coherencia entre lo que se anuncia y lo que se ejecuta. La confianza no se compra ni se decreta; se gana con transparencia, con orden, con firmeza, con hechos que mejoren la vida cotidiana y con explicaciones claras cuando los caminos son difíciles. Este es, precisamente, el punto de inflexión. El Gobierno aún puede tomar el control del relato con realidades. Hay proyectos que requieren mayor claridad pública y logros que no terminan de llegarle a la gente porque no se cuentan bien o no se sienten en la calle. Aún hay tiempo. Todavía es posible girar el timón y marcar un rumbo que convoque a más panameños. El país no está pidiendo perfección: está pidiendo señales claras de que se gobierna con responsabilidad, con visión, con un sentido real de servicio y para todos.

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