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El Día del Padre suele llegar envuelto en vitrinas, ofertas y campañas de consumo que muchas veces reducen la fecha a un gesto comercial. Pero Panamá necesita mirar más allá del regalo y hacerse una pregunta más profunda: ¿qué lugar ocupa realmente la paternidad en la construcción de una sociedad más justa? Un padre presente no es solo quien provee; es quien cuida, escucha, acompaña, educa y entiende que la crianza no es una carga femenina, sino una responsabilidad compartida. Esa presencia, cuando es amorosa y firme, protege derechos, fortalece la infancia y rompe con la idea vieja y cómoda de que el cuidado pertenece solo a las madres. También interpela a la empresa privada y al Estado, llamados a promover condiciones reales de conciliación familiar. La paternidad responsable es, en sí misma, una forma de justicia social. Por eso esta fecha no puede celebrarse con ingenuidad: Panamá arrastra todavía la deuda dolorosa de hombres que confundieron procrear con ser padres, que abandonaron afectiva o económicamente y dejaron a otros cargar con sus ausencias. Celebrar con honestidad implica reconocer a los hombres que sí están, que crían sin violencia, que enseñan con el ejemplo y que comprenden que su mayor legado no es imponer autoridad, sino formar seres humanos seguros, sensibles y conscientes. Un país también se mide por la calidad de sus hogares, y ningún progreso será completo mientras el cuidado no sea entendido como un derecho, un deber y el acto más alto de responsabilidad.

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