Panamá defiende ante China fallo sobre el Canal y la separación de poderes, exigiendo respeto a su soberanía y Constitución ante la OEA
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Agrega La Estrella en Google ↗️Panamá volvió a ser, por unos días, mucho más que una sede. La 56 Asamblea General de la OEA colocó al país en el lugar que tantas veces le ha impuesto la historia: el de puente, foro y punto de encuentro de una región que sigue buscando respuestas entre crisis democráticas, tensiones políticas y urgencias sociales. No es un gesto menor que esta cita hemisférica coincida con el bicentenario del Congreso Anfictiónico convocado por Simón Bolívar en el istmo. Dos siglos después, América vuelve a reunirse en Panamá para hablar de democracia, derechos humanos, desarrollo, salud mental, inclusión, tecnología, emergencias y fortalecimiento institucional. La agenda es amplia, pero el mensaje es claro: la región necesita espacios donde todavía sea posible debatir, denunciar y construir acuerdos. La declaración sobre Nicaragua recordó la razón de fondo de estos encuentros. La prepocupación por las democraciás de Venezuela y Cuba, también dominaron la agenda. Frente a detenciones arbitrarias, desapariciones, persecución religiosa, restricciones a las libertades y despojo de nacionalidad, callar sería una forma de complicidad. La OEA puede tener límites, pero su palabra sigue siendo necesaria cuando los pueblos quedan atrapados bajo gobiernos que cierran las puertas al escrutinio. Panamá, en medio de ese escenario, cumplió. Y decirlo no es adulación. Es justicia. Organizar una Asamblea de esta dimensión exige capacidad, diplomacia y sentido de Estado. El país ofreció orden, escenario y conducción en una cita marcada por discusiones complejas. En tiempos de ruido, improvisación y fractura regional, Panamá volvió a hacer lo que mejor sabe hacer cuando está a la altura de su historia: abrir camino para que América se mire de frente.