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14 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Carnavales de la ‘city’

Los tiempos han ido cambiando a todo y todos. Hoy, en pleno Martes de Carnaval, no dejo de añorar los carnavales de las décadas de los c...

Los tiempos han ido cambiando a todo y todos. Hoy, en pleno Martes de Carnaval, no dejo de añorar los carnavales de las décadas de los cincuenta y sesenta, cuando al margen de los carnavales del interior, donde siempre fueron lucidos los de las Tablas y Penonomé, los carnavales de la capital eran LOS carnavales. Desde la competencia para escoger la reina de la capital, la que se escogía por aportes que la ciudadanía hacía a su preferida en escrutinios semanales, hasta la fiesta en sí. Los carnavales eran una competencia entre reinas, cada cual con su sede y con artistas importantes en cada sede.

Yo crecí con carnavales que nos presentaban la reina oficial del Carnaval, su sede en un hotel, la reina china con su sede, la reina del Club de Yates, la reina de la Zona del Canal, la reina del Club Unión, etc. Cada reina con su comparsa, su carroza, su sede. Luego estaban los toldos populares, en Barraza, en Calidonia, en la hoy avenida de los Mártires. La fiesta iniciaba con la coronación de la reina oficial el viernes, no sin antes haber izado la bandera del Carnaval en todos los corregimientos con presencia de reina, murga y fiesta. Esa noche del viernes la reina pasaba luego por las sedes de las demás reinas, aumentando el nivel de fiesta en cada una de ellas.

Cada día era una carroza distinta, la pollera el domingo, las comparsas el lunes, el desfile protocolar el martes. Los desfiles de los cuatro días recorrían prácticamente toda la ciudad, desde Vista Hermosa hasta la avenida Central y terminaban en Santana. Era un festival de serpentinas, cohetes y disfraces, mientras las calles veían a ‘diablitos’, que, al son de latas, bailaban por dos reales. De balcones lanzaban confetis, pequeños pedazos de papel que cubrían la calle. Los desfiles terminaban y había un receso de par de horas, para ir entonces a las sedes o toldos a bailar hasta la madrugada.

Pero la magia del Carnaval se fue perdiendo en los años, hoy los carnavales del interior mantienen su gracia original, las tunas de Calle Arriba y Calle Abajo, sea el pueblo que sea, le dan vistosidad y alegría y aunque las tonadas tienen sentido para los naturales del área, las disfrutan igual los capitalinos y turistas que se desplazan hasta los distintos lugares. Pero, los que decayeron fueron los de la capital. El presidente Ernesto Pérez Balladares en los noventa trató de revivir los carnavales de la ciudad, lo vio como atractivo turístico y con un patronato de jóvenes empresarios diseñaron un carnaval atractivo y enfocado al turismo: Pero la idea y creatividad de ese grupo fue reemplazado luego por el negocio. Los carnavales pasaron a ser un evento de millones de dólares en inversión contratando artistas de nombre, dos o tres tarimas en la avenida Balboa y pocas comparsas.

El carnaval de la ciudad, disfrutado antes por todos, ricos y pobres, pasó a ser un evento diseñado para los que no tienen recurso para ir a los del interior. Aquellos desfiles donde la familia iba a verlo y divertirse, fueron recortados a un breve recorrido por áreas controladas por la seguridad y con difícil desplazamiento para las multitudes. Personalmente dudo que vengan turistas al Carnaval de la City, aunque sí llegan turistas para los distintos pueblos y áreas de resorts. Si algo ha empezado a empañar los carnavales del interior, sin embargo, es en años electorales por la excesiva presencia de candidatos y aspirantes a puestos de elección. La fiesta de carnaval, que siempre es un paréntesis en la rutina del panameño, un oasis en su mundo de tensiones, estrés y problemas, ahora se lo empaña la campaña electoral, no importa el lugar que escojas para celebrar.

Nuevos factores han cambiado la naturaleza de las fiestas. Las televisoras cada una ha tomado un carnaval con sede y lamentablemente buscan mostrar no la fiesta y lo bonito del carnaval, sino cuadros denigrantes de borrachos, situaciones comprometedoras y alto contenido erótico. En un concepto lastimoso que las exhibidas son graciosas, cantidad de fiesteros terminan en la pantalla chica.

Una situación interesante ha resultado el rol de las iglesias en medio de estas fiestas. Las iglesias evangélicas organizan campamentos y retiros para jóvenes que aprovechan los días de Carnaval para convivir en un ambiente espiritual mezclando oraciones con deporte y juegos. La Iglesia Católica este año igualmente organizó varios de estos encuentros y jóvenes están acercándose más a Dios, que aquellos que prefieren alejarse por completo por cuatro días. Las fiestas de Carnaval en fin son el preludio a la época de Cuaresma, la época de mayor recogimiento en la fe cristiana.

Los tiempos no tienen marcha atrás. Si hoy quisiéramos volver a los carnavales de oro de antaño quizás ni tendrían el apoyo popular y a contrario sentido, la juventud de hoy añoraría los carnavales de ahora. Cada generación va acomodando sus eventos, la nueva generación, hija del desenfreno y la liberación sexual, una generación de tecnología y materialismo, se ha ido alejando de Dios y la espiritualidad. Hoy es sorprendente la cantidad de personas que no han sido bautizadas, las que no asisten a ningún rito y aquellas dentro de una fe, pero sin mayor compromiso con ella. Quizás, en el fondo, ese sea el origen de los problemas de las presentes generaciones, lejos de Dios, lejos de la ética y la moral.

INGENIERO INDUSTRIAL Y ANALISTA POLÍTICO.