Cientos de familiares y amigos se congregaron en la explanada donde se celebró el Festival Nova, lugar de la mayor masacre dentro de la oleada de ataques...
- 02/11/2026 14:39
El sol brillaba sobre el cementerio Amador. Bajo la misma luz que recibía al presidente y a sus ministros, otras personas atravesaban la entrada para visitar a alguien que les hacía falta. Llevaban flores, una oración, palabras para continuar una conversación que la muerte había dejado pendiente.
Era la mañana del 2 de noviembre y, entre las sepulturas, coincidían dos formas de recordar: la de un país que rendía honores a sus figuras históricas y la de las familias que volvían al lugar donde descansan sus seres queridos.
Para unas visitas había un programa, una guardia de honor y una ofrenda institucional. Para las otras, el motivo estaba escrito en una lápida. En el mismo recinto convivían la solemnidad de la República y ese dolor íntimo que cada persona aprende a llevar como puede.
Mientras se desarrollaban los actos protocolares, los visitantes ingresaban al cementerio. El homenaje gubernamental ocupaba una parte de la mañana; alrededor continuaba la jornada de quienes habían ido a dejar flores, rezar un Padre Nuestro y hablar un rato con sus muertos.
En esos encuentros, la ausencia adquiría un lugar concreto. Una sepultura permitía detenerse, dirigir unas palabras, dedicar tiempo a quien ya no podía responder. La visita hacía posible un gesto de cuidado: llevar flores hasta allí, permanecer cerca, volver a pronunciar un nombre.
El Día de los Difuntos reúne esas maneras de sostener el vínculo. Hay quienes encuentran consuelo en la oración; otros, en hablar. El silencio también acompaña. Frente a una tumba, cada familia conserva su propia forma de recordar.
Aquella mañana, el cementerio Amador recibía tanto a las autoridades como a los ciudadanos que llegaban por razones personales. Todos entraban en un espacio donde la muerte había dejado nombres y donde los vivos seguían buscando cercanía.
Frente al mausoleo de Manuel Amador Guerrero, primer presidente de la República, el sonido leve de un tambor acompañó la colocación de la ofrenda floral. Una trompeta interpretaba una melodía solemne. Los presentes guardaban silencio.
José Raúl Mulino encabezó la romería acompañado por ministros y viceministros, autoridades provinciales y municipales. Julio Linares Franco, orador designado, y el alcalde capitalino, Mayer Mizrachi, se mantuvieron a ambos lados del mandatario.
La guardia de honor del Servicio de Protección Institucional y el toque de silencio formaron parte del tributo. Por unos instantes, el homenaje se expresó a través de la música, las flores y la quietud de quienes permanecían frente al mausoleo.
En su intervención, Linares convocó a reflexionar sobre las raíces nacionales y el fundamento de la nacionalidad panameña. “La democracia es el debate de las ideas”, expresó, al defender la tolerancia y el respeto a pensar diferente.
Su recorrido por la historia del istmo llevó al acto las dificultades que precedieron a la República. Afuera del discurso, entre las demás sepulturas, las familias rendían sus propios homenajes a otras vidas que también formaban parte de Panamá.
El programa continuó con la ofrenda ante el mausoleo de los soldados de la independencia, a cargo de Mulino, Mizrachi y el presidente del Consejo Municipal de Panamá, Dorindo Vega Moreno.
La oradora de fondo designada por el Consejo Municipal, Meyvis Yassiel Barrios Mata, vinculó la memoria histórica con la dignidad de las personas. En la víspera del aniversario de la separación de Colombia, sus palabras encontraron una relación entre el recogimiento del cementerio y la celebración patria.
“Cada ausencia deja un lugar que nadie más puede llenar”, manifestó.
La frase podía acompañar también a quienes visitaban otras tumbas aquella mañana. Más allá de los nombres inscritos en los libros, el recinto guardaba las vidas de personas cuya memoria permanecía en sus familias.
Barrios Mata recordó que la República cobra sentido cuando protege la dignidad y la esperanza de su pueblo. Habló de solidaridad, de escuchar a las comunidades y de hacer espacio para que nadie sienta que camina solo.
La ceremonia incluyó el Himno Nacional, interpretado por la Banda Republicana bajo la dirección del profesor Dimas Rodríguez. En aquel lugar de duelo, Panamá también se reconocía en sus símbolos.
Afuera del cementerio, los vendedores habían llevado flores y bebidas con la expectativa de ganar algo de dinero. La jornada de recogimiento era también una oportunidad de trabajo.
Las flores reunían ambos lados de la entrada: eran el sustento que buscaban unos y la expresión de cariño que llevaban otros. Antes de quedar junto a una sepultura, pasaban por las manos de quienes habían salido a venderlas.
La conmemoración tiene una larga raíz católica. En el año 998, el abad Odilón de Cluny dispuso que los monasterios bajo su autoridad dedicaran el 2 de noviembre a recordar a los difuntos. La práctica se extendió posteriormente por la Iglesia.
Siglos después, en el cementerio Amador, esa tradición se expresaba en oraciones y visitas familiares, junto al homenaje a los protagonistas de la historia nacional.
El calendario anunciaba para el día siguiente la celebración republicana. Esa mañana, las familias dedicaban su tiempo a otras fechas: las que cada lápida conservaba, las que habían cambiado sus vidas.
Bajo el sol de noviembre, las flores llegaban hasta los muertos. Con ellas, los vivos encontraban una manera de seguir acompañándolos.