- 14/10/2026 11:03
El terremoto dejó miedo, grietas y familias sin agua
La tierra se abrió y el miedo entró en las casas. El viernes 9 de octubre, a las 12:56 del mediodía, un terremoto de magnitud 7.5 sacudió Panamá, con epicentro a unos 39 kilómetros al noroeste de Tonosí, en la provincia de Los Santos, y una profundidad de cuatro kilómetros, según el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá. El movimiento se sintió en gran parte del país y dio paso a una sucesión de réplicas que mantuvo en vilo a la población.
Pero la magnitud del desastre no se entiende únicamente con una cifra. También se mide en el agua que una madre tiene que buscar en una quebrada, en los alimentos que consigue fiados, en un automóvil que termina hundido cuando cede el terreno y en un niño que aprende a temerle a cada sacudida.
En las comunidades afectadas, la emergencia se convirtió en una lucha por resolver lo más básico: beber agua, conseguir comida, encontrar refugio y saber si la próxima sacudida volverá a ponerlo todo en peligro.
Daisy conoce esa angustia. Cuando el suministro de agua desapareció, tuvo que recurrir a una quebrada. La comida tampoco alcanzaba. Su familia buscó una pequeña tienda para pedir productos fiados, porque en casa había niños que alimentar y no quedaban alternativas.
La cuenta fue de 40 dólares.
No era una compra para guardar provisiones ni para llenar una despensa. Era una deuda contraída por necesidad, en medio de una emergencia que había dejado a la familia sin lo indispensable.
La situación era tan apremiante que parte de los productos estaban tirados en el suelo. Según relató Daisy, la encargada del establecimiento les permitió llevar lo que pudieran aprovechar.
«Si no teníamos comida ni crema para los niños, nada», contó.
La escena retrata una de las caras más duras de una catástrofe: cuando el desastre deja de ser una noticia que se observa desde lejos y se convierte en la angustia de una madre que no sabe cómo resolver la próxima comida de sus hijos.
Daisy no buscaba comodidades. Buscaba agua y algo que llevar a casa para alimentar a su familia.
La incomunicación agravó la situación. Sin radio ni televisión, Daisy dependía del celular y de las redes sociales para conocer lo que ocurría. Según su testimonio, ningún representante del Gobierno había llegado a la comunidad hasta el momento de la entrevista.
Las noticias circulaban por las pantallas, pero la ayuda que necesitaban no aparecía en la puerta de sus casas.
Las dificultades para transitar también complicaban el acceso. Aunque existía disposición de llevar alimentos, las condiciones de las vías impedían el paso. En medio de aquella situación, las familias debían resolver por sus propios medios cómo conseguir agua y comida.
A esa lucha se sumaba el temor por los niños, que dependían de los adultos para atravesar una emergencia que tampoco estos podían controlar.
En otra escena de la zona afectada, Bredio Antonio Moreno recuerda cómo el terreno se tragó parte de su automóvil. Era un sedán que compró entre 2013 y 2014. Lo dejó estacionado, pero el suelo cedió y el vehículo se hundió de la parte trasera.
No se volcó. Después consiguieron sacarlo.
El carro pudo recuperarse. La seguridad de quienes vivían y trabajaban en aquel terreno, en cambio, quedó en entredicho.
Bredio describe grietas que se abrían, humo oscuro que salía desde abajo y un lago que, según su relato, desapareció. También recuerda la oscuridad y la falta de señal telefónica, que le impidió comunicarse con su esposa para saber cómo se encontraba.
Mientras la tierra se movía, él intentaba hacer una llamada que no podía completar.
El miedo tenía una dimensión distinta para cada persona. Para Bredio, significaba no saber si su familia estaba bien, ver los daños a su alrededor y tratar de mantener el trabajo en una finca donde la actividad ganadera no podía detenerse por completo.
Allí ordeñan 37 vacas y producen ocho tanques de leche al día, según explicó. Los animales necesitan atención y las labores continúan, aunque los daños y las condiciones del terreno alteren las rutinas.
La finca también se convirtió en refugio para personas que quedaron sin un lugar donde vivir. Bredio explicó que tres adultos y un niño permanecían en una galera, mientras otras cinco personas ocupaban otra.
En medio de la incertidumbre, ofrecieron espacio a quienes lo necesitaban. La actividad ganadera y la solidaridad quedaron entrelazadas en un mismo lugar: había que atender al ganado y, al mismo tiempo, ofrecer resguardo a quienes perdieron la seguridad de sus hogares.
Sin embargo, ni el trabajo ni el refugio consiguen borrar lo ocurrido.
Bredio habla de viviendas dañadas, paredes agrietadas, cables pelados y afectaciones en el sistema sanitario de una casa. También denunció que las autoridades no habían llegado a inspeccionar el lugar cuando conversó con el periodista.
Esas afirmaciones requieren contrastarse con las instituciones responsables, pero forman parte de la incertidumbre que describe el entrevistado: no saber con certeza qué tan seguros son los espacios donde todavía deben permanecer.
Y entonces aparece el niño de dos años.
Bredio cuenta que el pequeño brinca para huir cada vez que siente un temblor. La reacción se repite durante las labores de ordeño y ante nuevos movimientos de tierra. El hombre quiere llevarlo al psicólogo, aunque admite que la emergencia dificulta encontrar ayuda.
«Apenas sale el temblor, tiembla de una vez», relató.
La frase revela una dimensión del desastre que no se mide con una inspección de paredes ni con un inventario de viviendas dañadas. El niño reacciona como si el peligro regresara cada vez que la tierra se mueve. No corresponde diagnosticarlo a partir de un testimonio, pero su comportamiento preocupa a Bredio, que busca la manera de ayudarlo.
La emergencia también dejó a la vista la fragilidad de las condiciones cotidianas. Daisy necesita agua potable y alimentos. Bredio procura sostener la producción de leche, ofrece refugio y busca apoyo para un pequeño que no consigue dejar atrás el miedo. Las necesidades son distintas, pero ambas historias tienen un punto en común: la recuperación no depende solamente de que cesen los movimientos de tierra.
El terremoto de magnitud 7.5 del viernes 9 de octubre golpeó a Panamá y dejó daños en distintas regiones. Las autoridades iniciaron evaluaciones y acciones de respuesta, mientras las comunidades afectadas enfrentan las consecuencias de una catástrofe que altera viviendas, caminos, servicios y rutinas.
En los lugares donde el acceso es difícil, cada necesidad adquiere otro peso. Conseguir agua puede exigir desplazarse hasta una quebrada. Alimentar a los hijos puede significar contraer una deuda. Encontrar alojamiento puede depender de que alguien abra las puertas de una galera. Y conseguir atención para un niño asustado puede convertirse en una preocupación más entre tantas urgencias.
Daisy tuvo que buscar agua donde pudo y pedir 40 dólares fiados para llevar alimentos a su familia. Bredio vio hundirse su automóvil, escuchó el relato de una tierra que se abrió y ahora observa cómo un niño de dos años intenta escapar cada vez que tiembla.
El desastre no termina cuando se detiene la sacudida. Continúa mientras una familia carece de agua segura, mientras los alimentos escasean, mientras las personas esperan una evaluación de sus viviendas y mientras los niños necesitan recuperar la tranquilidad.
Las grietas permanecen en el suelo y las paredes. Otras marcas son menos visibles: están en la preocupación de una madre que no sabe cómo resolver la próxima comida y en el temor de un niño que busca huir ante un nuevo movimiento.
La tierra puede dejar de temblar. Para Daisy, todavía queda resolver cómo alimentar a sus hijos. Para Bredio, encontrar la manera de ayudar a un niño que vive con miedo. Para las comunidades afectadas, recuperar algo que ninguna cifra resume por sí sola: la seguridad de volver a vivir sin esperar la próxima sacudida.