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18 de Oct de 2019

Nacional

Calidonia se resiste a morir

Entre las sombras de su laberinto es posible encontrar de todo: una flor para aplacar las desavenencias con la pareja, el remedio contra aquella afección implacable, productos cuyos precios ofrecen un alivio a la onerosa canasta básica o incluso un rato de distracción

Si se compara con la moderna y densa urbe capitalina, el histórico Mercadito de Calidonia es como un pequeño puerto del tamaño de la cabeza de un alfiler. Nadie sabe quién vendió allí el primer aguacate ni cuándo se venderá el último. Por décadas ha sido escenario de la economía popular del día a día. Hoy se especula sobre su posible desaparición, pero cuando entras a sus laberintos te enteras de que su destino también es una incógnita.

La forma más rápida para llegar al mercado es por la Avenida Central, arteria comercial del corregimiento de Calidonia. También hay entrada por Calle 25, la del famoso restaurante ‘La Puñalada', que en los años 70 era parada obligada de enjambres de noctámbulos que acudían a reconciliarse con sus estómagos engullendo emparedados a 15 centésimos.

La Central es un gran tronco comercial y el mercado es una de sus ramas. Es una pequeña sociedad en la que conviven intereses de todo tipo. Siempre hay algo que ofrecer: una ácida pulpa de tamarindo, una tachuela, un destornillador, pinturas, pegamento de techo, útiles escolares, frutas, verduras, legumbres, una acuarela de flores, carnes frescas y una variada oferta botánica para conjurar las dolencias. Y no podían faltar las cantinas con sus bachatas y sus luces de claustro para que al mediodía los clientes piensen que ya es de noche.

Lo mejor para conocer este mundillo es conversar con algunos vendedores, en su mayoría joviales, vivaces y dueños de una astucia mercantil que les permite sacar ganancias en la faena diaria, de 5:30 a.m. a 6:00 p.m. ‘Para sobrevivir aquí aprendemos a sacar polvo del mar y agua del desierto', exclama Atencio Medina, distribuidor de guandú, producto que se ha convertido en bocado de cardenales.

LA ‘ÑAPA'

En la entrada del expendio de carnes hay un letrero grande que hasta los niños de kínder aprenden de memoria: ‘Se vende coco ‘rayado', bacalao y rabito de puerco'. En la carnicería encontramos a Edward Johnson, tan diestro en el manejo del machete que te mira a los ojos mientras rebana los bistec. ‘El mercado se ha achicado porque los almacenes han cogido terreno para estacionamientos... son cosas del progreso', afirma.

Dijo que desde 1940 la gente busca el mercado para comprar carne, por ser más fresca y barata. ‘El negocio ha bajado, usted sabe; aumentaron las grandes cadenas de supermercados, los minisúper de chinos. Nosotros damos la ‘ñapa' (unas onzas demás para agradecer la compra)'. Antaño, algunos abarrotes del interior del país daban ‘ñapas' de confites con forma de pescaíto.

Los vendedores como Johnson temen una posible reubicación, pero hasta ahora ‘nada en dos vasijas'. Aboga por un mejor mantenimiento de las instalaciones, y reconoce el trabajo de vigilancia de los inspectores de saneamiento ambiental del Centro de Salud Emiliano Ponce, en San Miguel.

En los estrechos pasillos hay fondas por todas partes. En los alrededores todavía quedan negocios emblemáticos, como la ferretería Eureka, Hielería Calidonia, Casa Egeo, farmacia Británica, el restaurante León de Oro y cantinas como la Saoco City Bar y la 21 de Enero.

SIEMPRE QUEDA UN REMEDIO

La joya de la corona del mercado es el rincón de las hierbas medicinales. Petra Salazar, con 30 años de ofrecer medicina natural al pueblo, se nos queda viendo y, con cierto aire de autosuficiencia, dice: ‘Seguro que el médico me lo mandó; aquí viene mucha gente referida por los doctores. Hasta ellos se hacen sus remedios'.

‘Si nos llevan a Marte, nosotros sabemos trabajar; no queremos regalos, sino ganarnos la vida honradamente',

CIRIO POLO

AFILADOR DE CUCHILLOS

Al igual que Edward Johnson, comienza a dialogar sin descuidar a los clientes. Petra acomoda el inventario de hojas medicinales con la misma ternura que una madre apila pañales en la cuna. Cada ramo o caña tiene una capacidad curativa diferente. Para el mal de riñones y la inflamación recomienda la famosa cola de caballo, cáscara de algarrobo, llantén (desbaratador de piedras y quistes), hojas de laureña o marañón.

Para la temible diabetes, nada mejor que el guabito amargo, la contragavilana y la pomarrosa. ‘Tenemos laureña para el hígado, balsamina y casco de vaca para bajar el azúcar; toronjil para los gases. Y para limpieza de las mujeres recién paridas, nada mejor que el calabazo'. Solo falta la ‘hierba santa para la garganta', como cantaba la inmortal Celia Cruz.

Teodolinda, una doña de los lados de Guachapalí, medio experta en los secretos de las plantas, se une a la tertulia: ‘La estrella de la película es la sábila'. También menciona una que se llama ‘espanta suegra'. Interrumpe su risotada para pedir que ‘no le tomen ningún selfie'. ¿Cómo es eso?

Petra Salazar vive en Cerro Viento. El negocio lo inició su abuela, después lo heredó su madre y ahora le tocó a ella. Es una dinastía que por mucho tiempo ha ofrecido alternativas de curación al panameño de todas las clases sociales.

‘NO QUIERO NADA REGALADO'

Paola, una simpática abuela de Alcalde Díaz, madruga todos los días para ganarse la vida en un pequeño puesto de venta de bananos. ‘Estos guineos son benditos, de aquí gano para el pasaje y la comida. No quiero nada regalado'.

En unos minutos llegaron muchos clientes atraídos por el brillo de los ramos de oro amarillo. ‘Solo vendo productos sanos'. Ella no necesita relaciones públicas. Su amabilidad y el cariño son su mejor carta de presentación.

A media mañana, el mercadito se asemeja a una gran colmena. Ahí ‘cada cabeza es un mundo'. Algunos caminantes detienen el paso para observar un enorme cartel de uno de los tantos caciques esotéricos todopoderosos que prometen sanear las arcas hogareñas, curar el ‘mal de ojo', desterrar la envidia vecinal y recuperar los amores perdidos.

En una esquina hay una pared empapelada con anuncios de una presentación de cantantes de la década de oro de los Combos Nacionales (1970). La lista estelar incluye a Monchi Lucas, Arcadio Molinar, Carlos Martínez, Rigo El Negro, Sócrates Lasso. Un marchante, bien solidario con los años, suspendió la compra de un quemador de estufa para referirse al festival. ‘Ellos son buenos, pero ahí falta el maestro Camilo Rodríguez (con su recordado disco ‘Mirna'), Manito Johnson (‘Yesterday'), Marta Estela Paredes (‘Campanitas de Cristal'), Orlando Ruiz, Camilo Azuquita, ‘Popo' Valderrama (con su ‘Miserable dame un real'), Johnny ‘Motete' Palm, Tin Tan Magallón, Marcos Cáceres y Leoni Herrera', destacó el hombre, más hablantín que un leguleyo en trago.

El nostálgico hombre volvió al presente cuando sintió el aroma del café que salía de un carrito conducido por una morena buena moza. Había para todos los gustos: café, chocolate, crema de avena, té, canela y jengibre.

En el Mercadito de Calidonia encuentras de todo, hasta problemas. Alcibíades Nieto, un vendedor de frutas de Pesé, provincia de Herrera, dice que los robos son el menú diario. Las cosas empeoran en el horario de 5:30 a 6:30 a.m. Con esa vena de humor que caracteriza a los herreranos, da las razones de la inseguridad tempranera: ‘los ladrones aprovechan el cambio de turno de los policías, para entonces marcar tarjeta'. Para sus clientes, Nieto tiene un pregón que no puede ser más gracioso: ‘Llévese la fruta que quiera, pero deje la plata'.

BUENAS NOTICIAS

Poco antes de las seis de la tarde merma la actividad mercantil por la proximidad de la noche. La parada de autobuses parece un metro al aire libre; hay gente por todas partes. Algunos pasajeros se apresuran a compran los insumos de última hora para la cena. A los dependientes del mercado no se les nota el cansancio. ‘Hay veces que la venta del estribo resulta la mejor del día', asegura Azael Rudas, un vendedor ambulante de miel de abeja.

Después de un duro día de trabajo, nada los amilana, ni siquiera los rumores de un cambio de trinchera; un traslado a otros rumbos. ‘Si nos llevan a Marte, nosotros sabemos trabajar, no queremos regalos, sino ganarnos la vida honradamente', expresó Cirilo Polo, un afilador de cuchillos y tijeras recién retirado.

Un vocero del Municipio de Panamá desmintió la existencia de algún plan de desalojo de los vendedores del Mercadito de Calidonia. Aseguró que ellos pagan dos dólares por algo simbólico. La Alcaldía no va a hacer nada por ahora. Hay un proyecto para la renovación de todo Calidonia, en el que posiblemente se incluya la modernización del mercado, pero requiere de una gran inversión.

El mercado es propiedad privada. Hay mucho interés por mejorarlo para beneficio de los vendedores y compradores. La idea, según la fuente municipal, es conservar este sitio histórico pero con mejores condiciones sanitarias y de servicio. Se vislumbra una obra conjunta entre el gobierno y la empresa privada.

Poco a poco va cayendo la carpa negra de la noche. Paulatinamente se van apagando las luces de los alrededores. En los puestos se cierran los candados y se abre la obra teatral de la vida nocturna; bien movida, por cierto, como ya es tradicional en Calidonia.

En calle 25, en un rincón cercano al antiguo bar Orense, se escucha el traqueteo del marfil del dominó cuando se estrella contra la carpeta de la mesa. La risa colectiva y la satisfacción del deber cumplido llenan el ambiente. Y como siempre, en el corazón de estos laboriosos panameños se renueva la esperanza de que mañana será un mejor día.