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22 de Jan de 2021

Redacción Digital La Estrella

Columnistas

Verdad, comisiones y votos

El debate y las discusiones serían, para algunos, un camino válido para tomar decisiones correctas en la vida social. Según esta mentali...

El debate y las discusiones serían, para algunos, un camino válido para tomar decisiones correctas en la vida social. Según esta mentalidad, en temas de mayor relevancia habría que organizar comisiones de expertos, tener discusiones en grupo, y luego decidir a través de una simple votación. Una vez tomada la decisión o el acuerdo, se suele pedir a los miembros de la comisión que acaten y se sometan a lo votado, o que al menos no se opongan a lo mismo. Hacia afuera, a la sociedad, el resultado se presenta como válido. Los expertos, personas supuestamente cualificadas, han alcanzado un acuerdo, y ese acuerdo tendría un nivel muy alto de veracidad.

La historia humana, sin embargo, ha mostrado y sigue mostrando que la verdad no queda sometida ni a las comisiones, ni a los votos. Porque muchas veces las comisiones están manipuladas. Porque otras veces dominan en ellas prejuicios propios de la sociedad o de un grupo particular de la misma. Porque en ocasiones los votos buscan no lo verdadero, sino lo que parece útil, práctico, beneficioso, fácil, vendible. Porque hasta los mejores especialistas pueden equivocarse.

Ciertamente, una comisión, si ha habido una buena elección de sus miembros, si ha trabajado de modo serio y honesto, puede llegar a conclusiones con un alto nivel de validez. Quizá también con errores debidos a la debilidad humana y a la fragilidad de la ciencia (que continuamente revisa sus datos y corrige sus imprecisiones), pero al menos habría permitido dar un paso adelante hacia la verdad.

Incluso en ese caso, ante comisiones que trabajan bien y que llegan a resultados aceptables, sigue en pie el derecho de cada miembro de la comisión a no someterse a lo votado por la mayoría y a defender su libertad de conciencia. Si para alguien, desde una mente honesta y una actitud crítica, una decisión parece errónea, tiene pleno derecho a decirlo y a pensarlo, y ninguna votación puede suprimir este derecho irrenunciable.

En un mundo que dice presumir de democrático y de defensor de las libertades individuales, resulta extraño que haya grupos de presión que quieran ahogar toda disidencia, amparados en votos y en documentos de comisiones, parlamentos o incluso apoyados por la votación de un referéndum.

Lo mejor, para construir sociedades abiertas y justas, es aceptar el derecho de pensar y proponer ideas diferentes que toda persona tiene si, por amor a la verdad, considera que lo acordado por mayorías no corresponde ni al bien, ni a la justicia. Vale la pena recordarlo, para evitar censuras arbitrarias y para promover una búsqueda incansable, abierta y decidida de verdades que, tarde o temprano, brillarán con fuerza en la marcha de la historia humana.

*Sacerdote y filósofo. Roma, Italia.fpa@arcol.org