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23 de Jan de 2021

Aristides Royo

Columnistas

Amanecerá y veremos

No había terminado todavía el día más importante y largo de este año 2014

No había terminado todavía el día más importante y largo de este año 2014, cuando ya comenzaban a dispararse toda clase de análisis, de especulaciones, de buenos y malos augurios. Nuestras mejores cabezas políticas exprimían sus pensamientos más agudos para descifrar el rompecabezas de la política panameña y el resultado de las elecciones.

En consecuencia, deseo limitarme a resaltar dos circunstancias que a mi juicio contribuyeron al triunfo de Juan Carlos Varela. La primera consiste en que, después de la ruptura de la alianza que había pactado con el partido Cambio Democrático, siguió siendo vicepresidente, pero no se le dio papel alguno en el gobierno.

Los miembros del Partido Panameñista que ocupaban puestos públicos renunciaron o fueron destituidos, su líder sufrió vejaciones y desprecios en el Consejo de Gabinete que impidieron su retorno al mismo. Sin necesidad, se le convirtió en una víctima del régimen. De allí que al ver a Varela convertido en candidato, muchos ciudadanos consideraron que él representaba el voto de castigo que se le quería dar al régimen, en otras palabras, que del martirio había que sentarlo en la silla presidencial. No olvidemos que el fundador del panameñismo, el Dr. Arnulfo Arias, fue victimizado cuando luego del golpe de Estado que se le dio al año de gobernar, en 1941, no solo tuvo que marchar al exilio en Argentina, lo cual ya era una dura sanción, sino que le impidieron venir con motivo de la agonía de su madre, a cuyo entierro no pudo asistir. Al dársele el segundo golpe de Estado en 1951, le hicieron juicio en la Asamblea de Diputados y le privaron de sus derechos de ciudadano, lo que le dio entrada en los anales del martirologio político istmeño. Los pueblos se solidarizan con los que han sido maltratados y humillados y de ello hay abundantes ejemplos en la historia.

La segunda circunstancia que influyó en la elección de Varela, fue que su oferta tan precisa de congelar veintidós productos de primera necesidad y producirle a los panameños un ahorro de cincuenta y ocho balboas mensuales, hizo mella en el corazón y en el bolsillo de muchos trabajadores y amas de casa que no llegan a fin de mes y que pasan dificultades para comer tres veces al día. Aunque los economistas adversaron esta propuesta, los electores de distintos estratos sociales la consideraron viable y ahora le corresponde al presidente convertirla en realidad.

No haré en este corto espacio un juicio analítico sobre los errores que cometió nuestro candidato del PRD, quien hizo todo lo que pudo y presentó un magnífico plan de gobierno, pues errar es de humanos. Espero que los integrantes del Movimiento Nueva República reconozcan que no pudieron calcular el raudo ascenso de Varela en las simpatías del electorado, pues creyeron de buena fe que a éste no le daba tiempo para ganarle a Cambio Democrático y que Navarro sí tenía la estructura partidaria para llevar a la gente a votar. Creo, salvo mejor juicio, que tantas eran las ganas de depositar su voto que tenían los electores, que acudieron sin necesidad de que hubiese que suministrarles transporte ni que los candidatos tuviesen que hacer muchos esfuerzos para entusiasmarlos.

En otro orden de cosas, el discurso del presidente electo ha sido el de un estadista y ojalá que su conducta se ajuste al sentido de sus palabras. Si actúa como presidente de todos los panameños, si castiga la corrupción, si no considera enemigos a todos los que le adversen, si logra entablar un diálogo constructivo con la oposición y procura un entendimiento entre los panameños, entonces estará pensando en las próximas generaciones y en la construcción de un futuro mejor para nuestro país.

En el ejercicio del poder, hay una costumbre casi universal, que consiste en concederle un período de gracia de cien días al mandatario que se estrena, pues es tiempo suficiente para conocer cómo será su administración. Esperemos que en ese tiempo prudencial, se alcancen acuerdos fundamentales como la armónica colaboración entre los órganos del Estado, con respeto a la independencia de cada uno y que el gobierno se comprometa a ceñirse a las normas jurídicas sobre la administración y vigilancia en el uso de los fondos públicos. Que los proyectos de leyes se discutan con los legisladores sin necesidad de ofrecimientos de partidas como medio para convertirlos en tránsfugas. En otras palabras, hacer un gobierno eficaz y honesto para tener un buen país, en lugar de creer que con la construcción de obras públicas el agradecimiento se transmuta en votos.

Amanecerá y veremos.

ABOGADO

*EX PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA Y ACADÉMICO NUMERARIO DE LA ACADEMIA PANAMEÑA DE LA LENGUA.