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25 de Nov de 2020

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Mireya Lasso

Columnistas

Los carnavales del agua del 2016

'... la cancelación de los culecos habría sido adecuada, ..., ... como medida eficaz para resaltarle la seriedad de la crisis a todos los indiferentes'

Por permitir el derroche de agua en los culecos en un par de días se iniciarán lo que parecieran ser Carnavales de la Falta de Solidaridad entre panameños. Aunque se trate de agua no potable y sea por tiempo limitado, esa es la percepción cuando se contrasta con una aguda escasez en todo el país, especialmente para el agro. De ahí que en la conciencia ciudadana se sienta una dosis de desazón y de inequidad porque derroche y escasez son términos contradictorios que no deberían coexistir en una patria justa.

El contraste entre ambos le otorga un carácter incongruente a estos carnavales en razón de la triple importancia que tiene el agua para la supervivencia del ser humano, para el desarrollo del sector agropecuario productor de nuestros alimentos, y para los ingresos públicos que debe producir el Canal de Panamá. Por añadidura, en el tema de la salud, los culecos de hoy —por los virus del zika, del dengue, del chikungunya y de la A(H1N1)— tienen características más graves y extendidas que los de hace quince años, cuando fueron suspendidos por los peligros del hanta virus de entonces.

Aparte del peligro para la salud, el debate enfrenta la necesidad de evitar el derroche del bien que escasea y un impacto económico beneficioso en las regiones donde se celebran, inclusive para el turismo. Pero los efectos nocivos de su prohibición no serían tan drásticos como se alega, puesto que los culecos son apenas parte de las atractivas agendas, que incluyen tradicionales y vistosos desfiles, bailes y tunas.

La solución salomónica fue limitar los sitios de las tomas del agua en ríos que aún tengan caudal y las horas de los culecos; pero paralelamente vemos con gran tristeza las pérdidas que la sequía está ocasionando en el Arco Seco de Azuero y en otras provincias: terrenos deforestados, desertificación de antiguos pastizales, ríos anteriormente caudalosos convertidos en caminos de piedra, animales muertos o que apenas puedan mantenerse en pie, pequeños agricultores y ganaderos desconsolados ante las pérdidas de cosechas y animales, excavaciones de pozos aún más hondos que no encuentran agua a profundidades antes normales en busca frustrada de agua subterránea para los abrevaderos.

Las imágenes que muestran los medios ilustran la tragedia de un sector de esforzados panameños que trabajan el campo para producir los alimentos que todos necesitamos. El derroche de agua que veremos en los culecos carnavalescos golpeará nuestras conciencias. La imagen de una cisterna rociando chorros de agua, aunque sea de río y controlada, sobre una muchedumbre de brinca y salta —'agua, guaro y campana'— contrastará insensiblemente con el hambre y sed en nuestros potreros. Serán imágenes dolorosas que testimoniarán la falta de solidaridad con hermanos que sufren penurias en el campo y la falta de agua en la capital y en áreas circunvecinas.

En razón de las actuales circunstancias, la cancelación de los culecos habría sido adecuada, no solo como ahorro directo de agua, sino como medida eficaz para resaltarle la seriedad de la crisis a todos los indiferentes. Así como el trágico incendio de un autobús dio a aquel Gobierno la oportunidad —desaprovechada— de resolver el problema del transporte capitalino con medidas drásticas que la población hubiese respaldado entonces, la suspensión de culecos ante la severa escasez de agua en la actualidad hubiese sido una medida radical efectiva y aceptada.

Añádase a la ecuación la inverosímil disputa entre dos tunas tableñas que reclaman un mismo espacio tradicionalmente ocupado por una de ellas, para concluir que, a la falta de solidaridad, se añade una tensión folklórica inusitada.

EXDIPUTADA