27 de Feb de 2020

Paulino Romero C.

Columnistas

¡Tradición, evolución, revolución!

La revolución tiende, por lo general, a evadir el proceso evolutivo quemando en la pira de la impaciencia las etapas históricas.

Nos hemos acostumbrado a semejar el espíritu tradicionalista con la tendencia del anticuario al culto de los documentos pretéritos o al afán del arqueólogo por la colección de objetos de edades arcaicas; nos hemos igualmente habituado a pensar en el revolucionario como en el desmelenado demoledor iconoclasta obsesionado sembrador de utopías o gesticulante agitador de multitudes. Acaso la filosofía no habrá de justificar tales descripciones; ella podrá convencernos de que la tradición no es el helado cofre donde se conservan estáticos los recuerdos del pasado, ni la revolución el arsenal anarquista donde clandestinamente se ocultan las materias explosivas.

Por tradición debe entenderse la transmisión de la herencia específica, la articulación histórica, en virtud de la cual es posible que cada generación asimile el substrato de sabiduría de las anteriores sin necesidad de repetir la milenaria experiencia de la especie. Así concebida, la tradición es el supuesto mismo de la cultura y del progreso; sin ella no sería posible el desarrollo de las ciencias, ni de las artes, ni de las técnicas programáticas, ni de las instituciones jurídicas; porque ninguna ciencia, ni arte, ni técnica, ni institución se ha elaborado o constituido en el transcurso de una sola vida humana o de una sola generación de hombres.

El saber de nuestra época es fruto de las generaciones pretéritas; si devanáramos la complicada madeja de la ciencia contemporánea, recorriendo todo el hilo de oro de sus leyes y principios, llegaríamos a través de los espacios y los tiempos hasta la génesis del conocimiento en la humanidad primitiva.

La articulación de las diversas etapas histórico-culturales se realiza por medio de la tradición y ésta constituye el eslabón que enlaza, en el presente, el pasado que se aleja con el futuro que se aproxima, y por ello, los valores vigentes no son sino zonas de enlace entre la historia, que es cultura realizada, y el porvenir, que es cultura que se habrá de manifestar. Sin la tradición, por lo tanto, no sería posible el progreso, porque ella, lejos de representar una concepción rígida de los valores, adquiere, dentro del devenir universal, significación dinámica que opera con lógica incontrastable en la preparación de los acontecimientos. La tradición no es un ancla que el espíritu conservador arroja al océano del tiempo para detener la marcha de la cultura, sino la corriente poderosa que desde las remotas playas primigenias hincha las velas de la imaginación creadora por las rutas ordenadas de sus excelsos destinos.

La evolución, considerada esta en el campo social como la transformación de las instituciones bajo la imperativa necesidad de la adaptación a las nuevas exigencias vitales, es un lento y regular tránsito de las formas inoperantes o caducas a las nuevas modalidades de la existencia; en todo proceso evolutivo hay, por lo mismo, algo de natural y de espontáneo; la transformación por evolución no supone el quebrantamiento brusco de los viejos moldes de la cultura sino su natural conformación a los imperativos emergentes.

La revolución es otra cosa: se nos presenta como el rompimiento artificial y violento de los eslabones tradicionales y destruye el nexo de la continuidad histórica; es el fenómeno que, por serlo, rebasa las esferas de la normalidad y de espontaneidad evolutivas. Toda revolución va acompañada de movimientos espasmódicos y de reacciones angustiosas, semejantes a las que se producen generalmente en los organismos animales cuando una acción anómala ataca o perturba el normal funcionamiento de la vida.

La revolución tiende, por lo general, a evadir el proceso evolutivo quemando en la pira de la impaciencia las etapas históricas. Pero hay que admitir que, a veces, se presenta también como la reacción contra los males sociales que amenazan corromper las fuentes de la vivencia colectiva.

En el primer caso, que es el más frecuente, la revolución se enfrenta a los valores tradicionales en un desenfrenado empeño anarquizante; en el segundo, la revolución toma caracteres de una contrarrevolución del orden contra la anarquía y es, por lo tanto, una simple restauración de los fueros tradicionales en lucha contra los elementos perturbadores de la sociedad y de la cultura.

PEDAGOGO, ESCRITOR Y DIPLOMÁTICO.