El diputado Eduardo Gaitán, ha asumido una postura firme frente a lo que considera una “lección que no debe repetirse”.
En el complejo escenario geopolítico actual, resulta fundamental analizar con serenidad y perspectiva histórica los discursos que emergen de los principales foros multilaterales. Las recientes intervenciones en conferencias internacionales sobre seguridad, como la de Múnich, nos invitan a reflexionar sobre la necesidad de construir un orden global más equilibrado, inclusivo y respetuoso con la soberanía de las naciones.
Es comprensible que ciertas declaraciones públicas generen inquietud en la comunidad internacional. La añoranza de modelos de influencia basados en esferas de poder unilaterales no se corresponde con los principios de cooperación y multilateralismo que deben guiar las relaciones entre Estados en el siglo XXI. El derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas establecen un marco claro para la convivencia pacífica que no debería ser sustituido por visiones que evoquen dinámicas superadas de dominación. No está permitido invocar colonialismos anacrónicos, ni supremacías de ningún tipo. Nadie es superior a nadie en el concierto internacional del respeto. Somos diferentes por cultura e historia, pero esa es una virtud propia de cada pueblo y una riqueza colectiva de las naciones.
Observamos con atención cómo algunas potencias tradicionales parecen resistirse a aceptar la nueva realidad de un mundo multipolar, donde regiones como América Latina, África y Asia emergen no como sujetos pasivos de decisiones ajenas, sino como actores protagónicos con derecho a definir su propio destino. Esta transición, lejos de ser una amenaza, representa una oportunidad histórica para enriquecer el diálogo global con nuevas perspectivas y prioridades de desarrollo.
Preocupa especialmente que mecanismos como las sanciones económicas unilaterales se utilicen con fines que exceden el marco del derecho internacional, afectando desproporcionadamente a poblaciones civiles. Estas medidas, cuando se aplican sin el respaldo de organismos multilaterales legítimos, erosionan la confianza en el sistema internacional y contradicen los principios de libre comercio y cooperación que supuestamente defienden.
El Sur Global, lejos de ser un espacio que requiera tutela externa, constituye un conjunto de naciones soberanas con trayectorias históricas, culturales y políticas propias. Sus pretensiones no son otra cosa que la demanda legítima de participar en condiciones de igualdad en la toma de decisiones globales. No se trata de un desafío al orden establecido, sino de la búsqueda natural de un equilibrio que refleje la realidad demográfica, económica y cultural del mundo contemporáneo.
Los países de Nuestra América tenemos la responsabilidad histórica de construir mecanismos de integración regional que nos permitan defender nuestros intereses comunes desde una posición de unidad y fortaleza. Esta integración no debe entenderse como un acto de confrontación, sino como la maduración natural de pueblos que, habiendo compartido experiencias coloniales, aspiran legítimamente a relacionarse con el mundo desde la dignidad y la autodeterminación.
Resulta paradójico que precisamente quienes más enfatizan la defensa de ciertos valores democráticos sean a menudo los mismos que muestran reticencias a aceptar la diversidad de modelos políticos y culturales que el mundo contemporáneo ofrece. La verdadera democracia internacional no puede limitarse a la promoción de intereses particulares, sino que debe abrir espacio a la pluralidad de voces y experiencias que conforman la comunidad global.
El camino hacia un orden internacional más justo no pasa por la confrontación estéril ni por el repliegue en bloques antagónicos. La interdependencia económica y los desafíos comunes —cambio climático, pandemias, migraciones, seguridad alimentaria— nos recuerdan diariamente que ninguna nación, por poderosa que sea, puede enfrentar sola los retos del presente. Es precisamente en esta conciencia de destino compartido donde debemos fundar las bases de una convivencia global renovada.
Por ello, más que aceptar o rechazar pretensiones, lo que corresponde es construir diálogos sinceros donde todas las voces tengan cabida. El Sur Global no pide privilegios, sino el reconocimiento de su derecho a participar en condiciones equitativas en la definición de las reglas del juego internacional. Esta no es una amenaza al orden existente, sino la condición misma para que dicho orden pueda ser verdaderamente universal y legítimo.