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17 de Oct de 2019

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Jaime Raúl Molina

Columnistas

La admisión del diputado vs. la mentira reconfortante

‘La cola de las mentiras reconfortantes es larga, en tanto la de las verdades dolorosas está vacía'

‘Señores, el sistema obliga a un individuo que quiere ser diputado —y particularmente yo— [sic] salir a buscar los votos y comprometerse y, tal vez, prometer cosas que uno sabe que a la postre no lo [sic] va a poder cumplir'. Recientes palabras del diputado Gabriel ‘Panky' Soto que han causado escándalo. Aunque algunos han expresado desagrado, la verdadera sorpresa es la candidez del diputado. El contenido mismo de lo expresado por el diputado, sin embargo, no debe ser sorpresa para nadie que haya venido prestando atención a la evolución de nuestra República.

Lo que ocurre es que nos hemos bebido como sociedad el Kool-Aid rousseauniano de la llamada Voluntad General. Esta idea consiste en que la sociedad es capaz de tener una voluntad colectiva y de expresarla de manera fiel en las urnas y a través de los órganos de poder del Estado. La teoría política de la Voluntad General, de Rousseau, es un caso de increíble ingenuidad política que sigue sirviendo de fundamento a los sistemas constitucionales y plataformas políticas en América Latina.

La premisa fundamental de dicha visión de la política en democracia, es que los actores en la esfera política actúan en general pensando en el bien común, y que ponen este por encima de sus propios intereses individuales. Por actores políticos se comprende no solo a quienes ejercen cargos de elección por sufragio y los candidatos a dichos cargos, sino también a los votantes. Incluye también a los tecnócratas que, sin ser elegidos directamente por la población, ocupan cargos en los que se definen políticas públicas que afectan a la población en general.

Por otro lado, la Teoría de la Opción Pública, escuela económica cuyos proponentes fueron hace más de medio siglo académicos como James Buchanan, Mancur Olson, Kenneth Arrow, Gordon Tullock y otros, sostiene que en realidad los actores en el plano político actúan con base en los mismos intereses sobre los que actúan en la esfera privada, es decir, su propio interés. Y lo que busca el candidato a puesto de elección es, ante todo, ser elegido –o reelegido si ya ocupa el cargo. Esta escuela sostiene, por tanto, que en realidad el político diseñará sus estrategias en función de lo que mejor le asegure ser elegido (o reelegido). La evidencia empírica es abrumadora a favor de que los políticos en el mundo real se comportan como lo describe la Teoría de la Opción Pública, y no según las aspiraciones de los seguidores de Rousseau.

Pero antes de que culpemos a los políticos de todos nuestros males, debemos entender que los votantes en general también se comportan pensando en sus propios intereses, y no necesariamente en el bien común. El político que desea reelegirse necesita muchos votos, de allí los grupos focales, las encuestas de uso interno y otras herramientas de mercadeo político, cuyo propósito es alinear el mensaje del candidato a lo que percibe que quiere el electorado. Es por esta razón que los candidatos dicen a sus electores lo que sienten que estos quieren escuchar. Esto explica el fenómeno de que un mismo candidato en una reunión con ganaderos dará un mensaje distinto al que dará ante un gremio de importadores de carne.

Entonces, sabiendo que hemos acostumbrado al electorado, o al menos un importante segmento de este, a esperar caramelos, dulces y helados a cargo del erario, ¿qué nos hace creer que los políticos prometerán brócoli, espinacas y habichuelas? El problema está en que hemos dado al Gobierno el poder para regalar cosas a cargo de los demás, y una vez que el electorado lo sabe, es inevitable que inicie la competencia entre los actores políticos por ver quién promete más necedades. Es la degeneración de la república por la demagogia. El Flautista de Hamelín no se toma el poder sino que los ciudadanos se lo entregan en bandeja de plata.

Así las cosas, la reacción de desagrado de muchos ante la cándida admisión del diputado, me hace evocar la caricatura en que hay dos colas, una para recibir mentiras reconfortantes, y otra para verdades dolorosas. La cola de las mentiras reconfortantes es larga, en tanto la de las verdades dolorosas está vacía. Pues bien, dejo en usted decidir cuál cola corresponde a pretender que lo descrito en la cándida admisión del diputado es algo anómalo en nuestro sistema político.

ABOGADO