La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

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Rafael Carles

Columnistas

El lado filosófico del deporte

Y ni hablar del gol decretado a Panamá contra Costa Rica el año pasado —¡que nunca entró!— y que le valió su pase a la Copa Mundial Rusia 2018

El ejemplo más célebre de una transgresión a las reglas y que pasó inadvertida por el árbitro fue el incidente de ‘la mano de Dios' de Diego Maradona, en el que el argentino marcó un gol crucial contra Inglaterra en la Copa Mundial de 1986 al meter la mano descaradamente y que el árbitro no pudo detectar. Cuando se le preguntó a Maradona después del juego cómo había marcado el gol, replicó memorablemente: ‘Un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios'. Otro caso fue el deliberado brazo del futbolista Thierry Henry que pasó inadvertido por los árbitros y permitió a Francia avanzar a la Copa Mundial 2010 a expensas de Irlanda.

Y ni hablar del gol decretado a Panamá contra Costa Rica el año pasado —¡que nunca entró!— y que le valió su pase a la Copa Mundial Rusia 2018. Una placa, erigida en 1895 en la Escuela de Rugby en Inglaterra, lleva la inscripción: ‘Esta piedra conmemora la hazaña de William Webb Ellis que con un fino desprecio por las reglas del fútbol, tomó la pelota en sus brazos y corrió con lo que origina la característica distintiva del juego de rugby'. Esta historia es demasiado buena para no ser verdad. El desconocimiento de las reglas en este caso condujo a la invención de un nuevo juego. Las faltas de Maradona y Henry, por otro lado, no son buenos ejemplos de descuido de las reglas. Son casos de trampas exitosas.

Los filósofos distinguen dos tipos de reglas: regulativa y constitutiva. Una receta para un jugo de frutas cítricas es un conjunto de instrucciones para exprimir naranja, toronja, piña, maracuyá, mandarina, kiwi y limón. Tales instrucciones son regulativas. Pero las reglas del fútbol, por ejemplo, definen y constituyen el juego. La prohibición de usar deliberadamente la mano, por ejemplo, es una regla constitutiva. Omitir las reglas puede significar que los jugadores no están jugando fútbol o lo que sea que están haciendo. Entonces la pregunta es: al usar sus manos, ¿Maradona y Henry todavía jugaban fútbol? Nuestra opinión, aunque expresada de manera diferente, es que el juego se define mediante la implementación de reglas constitutivas reconocidas por los oficiales. Si los oficiales no vieron las infracciones de Maradona y Henry, entonces los goles fueron legítimos. Esperamos que en el futuro las medidas electrónicas pongan fin a la intervención de ‘manos invisibles'. El verdadero valor del deporte reside en el ejercicio puro de las habilidades físicas, una característica profundamente arraigada de la naturaleza humana. Aunque las raíces las encontramos en la práctica de la caza, pesca y lucha, valoramos el rendimiento físico como un fin en sí mismo. Dedicamos largas horas a mejorar nuestras habilidades físicas y buscamos oportunidades para probarlas.

Por eso, el valor de los deportes provoca una nueva pregunta: ¿por qué el ballet no es un deporte? Después de todo, nadie puede encontrar mayor perfección en una actuación física que en el baile de Rudolf Nureyev y Margot Fontaine. No estamos seguros de si las habilidades físicas de los bailarines son solo una pequeña parte de lo que los fanáticos encuentran admirable en un ballet o quizás esperan que los bailarines salten y luego se detengan en el aire. ¿Pero no era ese el caso de Michael Jordan, cada vez que saltaba y se suspendía en el aire y que causaba admiración en los espectadores?

Los filósofos han discutido durante mucho tiempo sobre lo que distingue a los humanos de todos los demás animales. La racionalidad es una respuesta. Otra respuesta es que el hombre es, de manera única, un fabricante de herramientas, Homo faber. Todavía otros filósofos sostienen que el hombre es un animal que hace símbolos. Pero fue Johan Huizinga, un historiador holandés de inmenso aprendizaje e ingenio desmedido, que insistió que los humanos son, en esencia, Homo ludens : nuestra capacidad de jugar nos hace distintos.

El deporte competitivo es el epítome del juego, y el hecho de que se rija por reglas estrictas lo convierte en una invención humana única. Ver la excelencia en los deportes es observar a los humanos en su expresión más plena. Es cierto que la competitividad puede engendrar un sentimiento de identidad entre el público que puede volverse muy desagradable muy rápidamente, pero el espectáculo del deporte es una celebración de un aspecto vital de nuestra humanidad. Hace resaltar el Homo ludens en cada uno de nosotros. Por tanto, disfruten hoy los partidos del Mundial, la última ronda del US Open de golf y el juego final de la serie Cachorros y Cardenales… ¡y que gane siempre el mejor!

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