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23 de Oct de 2019

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Jorge Anel Samaniego Ríos

Columnistas

Pongamos de moda la meritocracia

‘Tienes mucho talento, te felicito'… ‘Tus habilidades son muchas, sigue así'... ‘Vas a llegar muy lejos'

‘Tienes mucho talento, te felicito'… ‘Tus habilidades son muchas, sigue así'... ‘Vas a llegar muy lejos'… Estas frases las escuchan muchos panameños con frecuencia. Y sí, es cierto que contamos con gente talentosa y hábil, que se esfuerza cada día por salir adelante en la difícil situación económica que vivimos. Sin embargo, el talento, la habilidad y la educación no sirven de mucho a los que salimos a trabajar cada día. Nuestra sociedad, de las mejores en números económicos regionalmente hablando, es también una de las más desiguales en la repartición de la riqueza. El Coeficiente de Gini es una medida de desigualdad ideada por Corrado Gini, estadístico italiano, con la que se puede medir la desigualdad en ingresos dentro de un país.

Lo que vemos en gráficas como un Panamá que no ha sufrido la caída de los precios en las materias primas, lo que ha sucedido en toda la región, choca con la cara fea que refleja el espejo de la realidad: ocupamos el puesto N° 10 a nivel global de los países más desiguales, según el Coeficiente de Gini.

Dicho de manera simple, quiere decir que en Panamá les ha ido muy bien a pocos. A la mayoría de los panameños nos ha tocado vivir de manera menos holgada. Tenemos que vivir con salarios que se han mantenido invariables desde hace décadas, y con ello suplir las necesidades básicas del Hogar con productos que van en aumento cada día. El panameño tiene que estirar el salario que ganaba hace 15 años para que alcance a cubrir gastos que son tres o cuatro veces mayores a lo que eran. Esta matemática de hambre arroja una realidad que no difiere demasiado del resto de la región: las filas de la pobreza aumentan, mientras la clase media desaparece. Puede entenderse que esto es resultado de no poner a los más capaces en los puestos de poder.

Los efectos de esta ‘meseta' en la economía de los panameños son notables. Los padres tienen que sacar a sus hijos de los colegios privados, cargando aún más un sistema educativo colapsado. Los jóvenes abandonan los estudios para irse al mercado laboral informal, o caen en el mundo de las pandillas y el narcotráfico.

Aunado a estos problemas, los Gobiernos se han encargado de subsidiar los antivalores, creando ejércitos de ‘ninis', quienes no aportan nada a la economía, pero que sí consumen del erario, cada día alimentado por menos trabajadores. Así vemos cómo la Caja del Seguro Social va hacia la quiebra, vemos cómo aumenta la deuda externa, pues pagamos deuda con más deuda, y nos volcamos en las redes sociales a quejarnos y a rasgarnos las vestiduras por tanto desastre.

La inacción se ha vuelto la costumbre en una sociedad que otrora tenía sangre revolucionaria, misma que creo que hemos perdido. Hoy en día es más importante vivir pegados a la pantalla de un teléfono inteligente, opinando sobre temas que no dominamos, para obtener la aceptación de personas que no conocemos. La vida se ha vuelto una fantasía virtual en la que no importa que el país viva sometido a los malos manejos de gobernantes, y que nuestro futuro sea cada vez más oscuro, mientras tengamos buena señal de internet.

Antes se decía ‘los jóvenes son el futuro'. Ese futuro actualmente es aterrador. Los jóvenes quieren vivir como ricos y famosos sin esforzarse. Esa actitud es fácil de entender cuando vemos quiénes son los ídolos de los jóvenes en la actualidad. Han surgido personajes que dan vergüenza y que son elevados a niveles de deidades por la juventud. Gente con una ignorancia y una vulgaridad que asquea ‘canta' pornografía auditiva mientras la multitud baila y corea hipnotizada, en un espectáculo deprimente, dantesco.

El fenómeno que describo no es único de Panamá, es una epidemia mundial cuya génesis es la misma: la destrucción del núcleo familiar. La Familia está bajo ataque. Cada infante que nace en un hogar dividido, en el cual falta un padre o falta una madre, lleva desventajas para poder alcanzar su potencial. Lleva desventajas para poder obtener una alimentación de calidad. Lleva desventajas para poder alcanzar una educación. Lleva desventajas para poder desarrollarse como un ser humano.

La mayoría de los infantes que nacen y crecen sin la atención de una Familia que vele por su bienestar y desarrollo terminará tomando malas decisiones que lo volverán una pieza más en el engranaje de violencia y pobreza que actualmente frena la economía del país. Una sociedad que alaba la estupidez y condena la meritocracia se condena a sí misma.

Malos líderes producen malos Gobiernos. Malos Gobiernos producen malas economías. Las malas economías producen ignorancia. La ignorancia produce hambre, y el hambre saca el animal que todos llevamos dentro.

Si el Estado se enfocara en colocar a las personas correctas en la posiciones de decisión, la cadena de pobreza se vería interrumpida, dando el golpe de timón que necesita Panamá. ¿Quiénes son las personas correctas? Las que por mérito y trayectoria como buenos miembros de la sociedad, no necesariamente de un partido, tienen las capacidades y el interés de echar este país hacia delante.

Poner de moda los valores, premiando la capacidad, el talento debe ser el norte del Estado. Basta ya de premiar la ineptitud y el amiguismo. Ya está llegando la hora en la que todos tendremos que rendir cuentas, pues no habrá lugar en el planeta donde escapar del daño que la corrupción le hace al país y al mundo.

Pongamos de moda la meritocracia para que el país recobre el rumbo. Ya hemos sido testigos de lo que los ignorantes con iniciativa son capaces de hacer.

Dios nos guíe.

INGENIERO CIVIL, MIEMBRO DE LA SPIA, COICI, SECCIONAL DE AZUERO; INSPECTOR DE LA JTIA.