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14 de Aug de 2020

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Mireya Lasso

Columnistas

¿Dónde estabas y qué hacías aquel diciembre?

Existen fechas que quedan para siempre grabadas en nuestra memoria por circunstancias peculiares coetáneas. La trágica muerte del presidente Kennedy es un ejemplo; ese asesinato, que segó la vida de un líder que había cautivado la imaginación del mundo entero, nos dejó atónitos, pasmados e incrédulos. Quienes vivimos aquel 22 de noviembre seguramente siempre recordaremos dónde estábamos y qué hacíamos ese día hace más de cincuenta años.

Quienes vivimos aquel diciembre —inolvidable porque nos alistábamos a celebrar una sombría Nochebuena, alicaídos por la falta de libertades y las caóticas circunstancias políticas del momento— nos vimos envueltos en la vorágine de bombardeos y de explosiones ensordecedoras aquella noche y madrugada. Llamas y bombas destruían en un instante las menesterosas casas de madera de El Chorrillo y aterraban a sus habitantes que, presas del pánico y desesperación, huían despavoridos buscando salvar sus vidas cuán lejos de allí pudiesen mientras que otros no tuvieron igual suerte.

El humilde barrio fue reducido en un santiamén; el caos cortó noticias del paradero de familias que todo lo perdieron aquella noche triste, como sucedió entonces y la mañana siguiente por doquiera: Colón, La Chorrera, Arraiján, David, Farallón, urbanizaciones de playas.

La fecha fue designada “Día de Reflexión Nacional,” pero los familiares de las víctimas de aquel ataque devastador todavía claman por que la fecha sea declarada de duelo nacional. Quienes no sufrimos el dolor de perder algún ser querido debemos comprender y solidarizarnos con esa justa aspiración, sobre todo si se trata de víctimas inocentes o de compatriotas que ilusamente quisieron enfrentar a un descomunal invasor en un honesto y heroico intento por defender la patria mancillada. Todos ellos, hasta ahora no identificados, están aún desprovistos de digna sepultura.

¿Dónde estábamos esa noche hace 30 años? Se había rumorado sobre una posible invasión. Para muchos sería un mal necesario e indeseable ante los gritos infructuosos de “justicia” y los pañuelos blancos, pero ningún panameño llegó a imaginar lo devastador y sangriento del ataque. Otros, del grupo militar obcecado, respaldado por civiles sin entrenamiento militar mínimo, hacían alarde de una contundente victoria sobre el ejército al que le habían declarado la guerra.

Estábamos divididos entonces: unos ondeaban pañuelos blancos y gritaban “¡Justicia!” Otros simulaban aprestarse para el enfrentamiento físico mientras otros, empresarios o seudoempresarios, aprovechaban sus injustos privilegios políticos de siempre para camuflar sus negocios y aumentar sus finanzas personales. ¿A cuál de los tres grupos perteneció usted?

A pesar de que después de treinta años de aquella desgracia quedan todavía inconclusas varias tareas que caracterizaron el ambiente entonces vivido, las nuevas tareas pendientes son la corrupción y la desigualdad que nos abofetean. Nadie puede escapar de este reto porque, si aún no se precisan las víctimas reales de la invasión ni se identifican a cabalidad, sabemos que la corrupción y la desigualdad golpean por igual a todos los habitantes de nuestro país, predominantemente los estratos más humildes de la población.  Ellas le niegan la igualdad de oportunidades a todos los ciudadanos sin importar de su posición u origen, y desvían hacia bolsillos privados los recursos fiscales que de otro modo deberían ser destinados al bienestar común y a la erradicación de la pobreza y pobreza extrema.

Nuestra esperanza es que las actuales condiciones de privilegios y desigualdades puedan ser superadas y desaparezcan, y se logre la reconciliación de toda la familia panameña mediante el perdón, pero no del olvido. Que el espíritu tradicional que invade el mes de diciembre permita perdonar los desmanes históricos y acabar con los abusos políticos y económicos actuales. La conmemoración del nacimiento del Niño Dios, que celebramos este mes, es el acontecimiento religioso más significativo de la cristiandad panameña.  El primero de diciembre se celebró el Día del Maestro, honrando la memoria del insigne educador Manuel José Hurtado. El Día de la Madre, nuestra tradicional celebración vernácula, coincide con el homenaje religioso a nuestra patrona nacional. El 12 de diciembre se recuerda una gesta heroica nacionalista cuando el pueblo panameño se lanzó a la calle para impedir las intenciones oficiales de prolongar la presencia de bases militares norteamericanas, ya concluida la Segunda Guerra Mundial.

Hace treinta años amanecimos en medio de los trágicos acontecimientos propiciados por la descomposición política y social que nos asfixiaba. Gracias a la ecuanimidad y sentido de historia de quienes asumieron el poder luego de la invasión, hemos podido encarrilar el país por senderos de paz. ¡Pero todavía queda mucho por hacer para sentirnos realmente orgullosos de ser ciudadanos de un país ejemplar!

Invito a reflexionar sobre estos temas y a actuar con igual ecuanimidad. ¿Dónde estabas aquella noche? ¿Hacías algo que hoy te enorgullece o, al contrario, prefieres esconderlo porque lo que hacías o dejabas de hacer por tu país hoy te causa vergüenza? ¿Ondeabas pañuelos y gritabas “Justicia” o te preparabas para enfrentar las protestas civiles y al ejército invasor? ¿Te deleitas actualmente con privilegios inmerecidos o trabajas calladamente para ganar tu sustento con honradez?

Estábamos divididos aquella vez. Hoy deberíamos eliminar todo resentimiento o privilegio que impida que todos podamos mirar al futuro para cimentar el país que hemos querido construir desde aquellos aciagos días. Treinta años han pasado, pero sin ignorar pasado o presente, es un diciembre para retomar el buen camino todos juntos.

Exdiputada