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06 de Aug de 2020

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René Hernández González

Columnistas

Treinta años de democracia

A las 23:45 del 19 de diciembre de 1989 escuché los primeros bombazos de lo que luego resultó la invasión a Panamá. Esa decisión unilateral del gobierno norteamericano fue rechazada por este servidor, desde el primer momento. Y es que para un nacionalista, a carta cabal, un hecho de esta naturaleza es lo peor que le puede ocurrir a un país que se declaró libre y soberando aquel 3 de noviembre de 1903. Abundan en los medios varios escritos cuyos autores responden a distintas corrientes ideológicas. Los de la ultra izquierda jamás podrán analizar con serenidad lo ocurrido, lo mismo ha de ocurrirles a los de la ultra derecha. Unos y otros se echan la culpa de lo ocurrido. En mi caso quiero señalar algunos puntos que pudieran llevar al lector a tener mejor claridad sobre la génesis de ese movimiento inusual de tropas norteamericanas que se ensañaron contra un pueblo pacífico. Creo tener suficiente estatura moral, para los juicios que haré a continuación, máxime, cuando junto a mi esposa, estamos terminando el libro que se intitulará “La invasión y la onda corta”. Allí veremos cómo narraron los hechos quienes, en ese momento, estaban al frente de la prensa capitalista y la comunista.

Tres nombres centrales surgen de este episodio de ingrata recordación. El presidente de Estados Unidos, George Bush; el legítimo triunfador de las elecciones del 7 de mayo de 1989, Guillermo Endara Galimany y quien había sido elevado, de forma oficial al cargo de jefe de gobierno panameño, general, Manuel Antonio Noriega. Este último es señalado por ser agente múltiple de distintos intereses y por negociar con los traficantes de drogas del momento.

Los defensores de Noriega alegan que él fue un nacionalista consumado y que la verdadera persecución contra él fue por negarse a contribuir a una invasión a Nicaragua. Esta posición es poco creíble. A Noriega le dieron amplias oportunidades para que se retirara con honor y decoro.

Resalto los gritos de apoyo de los miembros del Estado Mayor, de la alta plana del Partido Revolucionario Democrático y de los comandos de los batallones de la dignidad. Ellos decían que si Noriega aceptaba una negociación, Panamá entraría en una situación de deterioro y que las conquistas logradas se acabarían. Amigo lector, lo que en realidad le interesaba a estos defensores oficiosos de Noriega era la cuota de poder. También las condiciones financieras obtenidas, muchas de forma ilícita. A ellos no les interesaba el futuro de los panameños. Estaban convencidos de que si caía Noriega, a ellos les pasaría igual, como en efecto se dio.

El general Noriega tenía en sus manos evitar ese lamentable suceso, pero pudo más la soberbia, el amor al poder y al desenfreno, que los verdaderos intereses patrióticos. En varios escritos he señalado causas reales que provocaron la invasión. En 1984 fuimos a una elección presidencial directa, luego de 16 años de gobiernos de a dedo. En ese proceso triunfó la oposición, pero los militares con el apoyo de los civiles serviles, armaron el fraude. El 13 de septiembre de 1985, por malos entendidos y caprichos personales, la nación amanece con la noticia de la detención, tortura y decapitación del doctor, Hugo Spadafora Franco. A finales de ese mes, producto del fraude de 1984, el presidente Nicolás Ardito Barletta anuncia la creación de una comisión independiente para investigar la muerte de Spadafora, pero le quebraron el brazo y lo obligaron a renunciar. El 6 de junio de 1987, el coronel retirado, Roberto Díaz Herrera confiesa todos los pecados de los militares. El 25 de febrero de 1988 el presidente de la república, Eric Arturo Delvalle anunció la jubilación del general Noriega y quien fue destituido fue él. Con Delvalle también se llevaron al que le seguía, el vicepresidente Roderick Esquivel. El 16 de marzo de 1988 varios oficiales se levantan contra Noriega, pero son sometidos por fuerzas leales.

El siete de mayo de 1989 vamos a otra elección presidencial donde triunfó por amplio margen, la nómina encabezada por Guillermo Endara Galimany. Tres días después, el 10 de mayo de 1989, los militares, los civiles del PRD y los batallones de la dignidad arremeten contra los tres candidatos ganadores, donde perdió la vida un guardaespaldas y otros quedaron heridos de gravedad. Ese día hirieron a Guillermo Endara Galimany en la cabeza; le entraron a batazos a Ricardo Arias Calderón y le dieron puñete limpio a Guillermo Ford Boyd. Frente a esos lamentables hechos provocados por el mismo gobierno norieguista, a las 10 de la noche del 10 de mayo de 1989 el Tribunal Electoral, entregado a los deseos de Noriega, cancela las elecciones argumentando falta de seguridad en todo el país. No podemos olvidar la masacre de Albrook, donde una docena de oficiales golpistas fueron ejecutados entre el 3 y 4 de octubre de 1989. Los norieguistas dijeron que murieron en combate, pero la realidad es que fueron torturados y fusilados. Resalto, también, el nombramiento que le hicieron los ya moribundos representantes de corregimientos, al general Noriega. Lo convirtieron de forma oficial en jefe de gobierno. Noriega sacó un machete y casi, de manera literal, le declara la guerra a Estados Unidos. Dos días antes de la invasión, en un hecho confuso, muere un oficial del ejército norteamericano a manos de las fuerzas de defensa. Puedo enumerar muchas más acciones que para mí fueron el resorte que hizo mover a la administración Bush a invadir a Panamá. Frente a los hechos narrados el gobierno de Estados Unidos le congela los fondos a la administración panameña. Los norteamericanos reconocen como presidente a Eric Arturo Delvallle, desde finales de febrero de 1988, hasta después de la invasión. Pese a las restricciones financieras internacionales dirigentes y no dirigentes de movimientos del comunismo y socialismo llegaron a Panamá a respaldar a Noriega. Se les prepararon sendos recibimientos y banquetes.

La OEA interviene después de la cancelación de las elecciones, pero lo hace para que Noriega ganara tiempo. En una grabación telefónica que se dio desde el salón del Consejo de Gabinete de la Presidencia de la República se ve y escucha a un Manuel Solís Palma dándole instrucciones al Secretario General de la OEA, el brasileño, João Baena Soares. Solís Palma reemplazó a Delvalle, luego de que los militares lo sacaran de la Presidencia. Solís Palma, a falta del presidente, Barletta y de los otros dos vicepresidentes ostentó el cargo de Ministro ecargado de la Presidencia. “João redáctate una resolución diplomática donde pidas la no intervención y que dejen a Panamá resolver sus propios problemas”. Al analizar documentos de aquella época se comprueba que la OEA hizo más o menos lo que solicitaba, Solís Palma.

Mi esposa y este servidor invitamos a los lectores a que estén pendientes cuando sea editado el libro sobre la invasión. Allí se darán cuenta, paso a paso, de lo que ocurrió antes, durante y después de la intervención militar a Panamá.

Periodista y profesor universitario