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23 de May de 2022

Columnistas

Carnaval en tiempo de ómicron

“Miremos otras oportunidades y démosle la vuelta a la fiesta popular que, con un poco de creatividad y de la mano de la tecnología, se es posible transformar. Innovar o morir, es lo que grita una fiesta popular como lo es el carnaval”

El carnaval fue suspendido sin mucha o ninguna discusión. Algunos han estado cacareando, por dos años o más, el pregón de que estamos ante una nueva normalidad. Otros hemos señalado que, estamos ante otra realidad. El carnaval, una fiesta de esencia popular, está en el ojo de la tormenta y es real. Hoy, traigo a discusión si celebramos el carnaval o no. Lo cierto es que la discusión debe poner en contexto las condicionantes de salud local y planetaria, que han impactado todas las dimensiones de la realidad y de la cotidianidad. El carnaval también debe verse como una actividad cultural con capacidad de generar riqueza e impulsar la economía.

La aparición de una nueva cepa de la COVID-19, llamada ómicron, ha impuesto -de nuevo- el San Benito a quien pesca la variante y, además, atrapa a “la víctima enferma” en una telaraña administrativa que nadie entiende. El enfermo -según los expertos- en que el 80 % de los casos son asintomáticos, el resto manifiesta síntomas como de gripe leve con pocas o ninguna complicación. Queda claro, según los mismos voceros, que el 85 % de las muertes están entre personas que no han querido vacunarse. El panorama está más que claro. Hay que imponer la vacuna a todos los panameños de forma gratuita y obligatoria como fue siempre desde los tiempos del polio, el sarampión, fiebre amarilla y demás pestes. Tengo 60 años y me han inoculado las vacunas sin ningún problema cognitivo ni de salud; incluso las tres dosis de la última de la COVID-19 y estamos aquí, como decía mi abuela: aún, moliendo maíz.

Las autoridades de Salud salen a explicar una y otra vez lo que no saben hacer de una vez. La burocracia que administra la salud y seguridad en pandemia se pierde en un mar de pautas cibernéticas ineficientes, que no logran orientar al enfermo ni impulsar la economía e ir al trabajo, o simplemente dar al traste con tanto enredo burocrático. Nadie entiende nada, y, aun así, seguimos en lo mismo y hemos perdido lo medular.

Vuelvo al carnaval y traigo a la memoria la experiencia de las pasadas fiestas patrias, cuando las bandas independientes desfilaron de manera ordenada en algunos estadios locales. El escenario ordenado posibilitó armar cuadros coreográficos en los espacios de las pistas. La ausencia de un público abigarrado en las calles fue reemplazada por toda la posibilidad teatral que los campos deportivos ofrecieron, con la seguridad de unas gradas vacías o de aforo controlado. ¿Hubo contagios bajo esa modalidad de desfiles patrios? No hubo ninguno. Entonces hagamos varias preguntas. ¿Pueden los carnavales de Panamá plantearse de otra manera, aprovechando las ventajas que ofrecen los espacios abiertos de los estadios deportivos? ¿Puede la televisión transmitir un desfile de carnaval reviviendo las comparsas de antaño? ¿Puede ser rescatado el carnaval de luces, escarcha, confeti y serpentinas? ¿Puede el carnaval impulsar la creatividad musical y artística bajo una nueva realidad? ¿Pueden las bandas independientes ocupar el espacio de las antiguas comparsas? ¿Puede ser transformado el ritmo marcial de los desfiles patrios a uno que ponga a la gente a bailar y cantar en los estadios? ¿Pueden ser usados los espacios públicos abiertos, como la Cinta Costera, para un desfile de carrozas y comparsas? ¿Puede la Cinta Costera ser utilizada para organizar un desfile de carrozas y comparsas que, aprovechando el espacio abierto, pudiese exhibir una explosión de color, ritmo y creatividad; y, con la condición de brisa de mar, dispersar los aerosoles malditos del virus?

Reemplazar -por ahora- la modalidad del culeco citadino abriría la posibilidad de aportar al ahorro de agua y utilizar el recurso de manera racional, enviando a la comunidad un mensaje asertivo sobre el mejor uso del agua. ¿Hay abundancia de agua para tirarla en las calles? La aglomeración de riesgo y contacto desenfrenado que provoca la multitud -mojada y ebria- evitaría los contagios por ahora. Las modalidades sugeridas podrían reemplazar la obsoleta forma de vivir el carnaval.

El nuevo carnaval podría utilizar los espacios deportivos y aquellos abiertos que permitieran, a quienes no quieren correr la circunstancia de contagiarse, vivir la fiesta de otra manera y ofrecería a otros cantar, bailar y gozar, como se hacía antes de la pandemia. Aquí hay una nueva oportunidad ante una nueva realidad y los gestores culturales deberían considerar su desarrollo.

“Agua, guaro y campana” es el esquema de carnaval que no va de la mano con las actuales condiciones de salud. Entonces queda claro que hay que reinventarse, ante la alternativa de morir.

Estamos empecinados en empacar el carnaval bajo los mismos esquemas con los que se han venido celebrando, dejando de lado las oportunidades que algunas experiencias y condicionantes concretas nos obligan a pensarlo de otra manera.

Señores, es tiempo de cambiar y hay que aprovechar la oportunidad.

Es tiempo de que pensemos fuera de la caja, impulsemos la economía. Es tiempo de añadir alegría, ritmo y color a nuestra sociedad.

Miremos otras oportunidades y démosle la vuelta a la fiesta popular que, con un poco de creatividad y de la mano de la tecnología, se es posible transformar. Innovar o morir, es lo que grita una fiesta popular como lo es el carnaval.

Ingeniero