• 06/03/2022 00:00

¿Adiós a la mascarilla? Depende...

“Las mascarillas KN95, N95 y KF94 son las que mejor protegen, solo hay que asegurarse de que no sean falsas”

Superada la oleada de ómicron, con 75 % de la población mayor de 5 años vacunada con doble pauta (más del 85 % con 1 dosis), 50 % de adultos con refuerzo, 60 % de habitantes con inmunidad parcial conferida por la infección natural (seroprevalencia actual estimada), disponibilidad de antivirales efectivos para los grupos más vulnerables y un vasto conocimiento de la sociedad sobre las medidas personales de protección, la obligatoriedad en el uso de mascarillas es una estrategia de salud pública que deberíamos empezar a flexibilizar. El total adiós al barbijo, sin embargo, dependerá ahora del riesgo individual de padecer Covid grave y del entorno familiar o social en que cada uno se desenvuelve.

Si, por ejemplo, uno padece de algún tipo de inmunosupresión (cáncer, enfermedad autoinmune, tratamiento con fármacos que deprimen defensas) o vive con alguien que tiene esta condición, es sensato seguir usando barbijo y mantener la distancia física con extraños, particularmente en espacios cerrados, con aire estancado, donde el virus se mantiene flotando en el ambiente por más tiempo. Las mascarillas son aún más importantes si no estás vacunado o si pasas tiempo con gente que no está vacunada. Las personas no vacunadas tienen un desenlace muy superior de transmisión, hospitalización y muerte por la infección. Si eres un individuo sano y vacunado, incluido el refuerzo, tu probabilidad de enfermar seriamente con Covid es extraordinariamente pequeña, similar a la de otros riesgos que corremos a diario, como manejar un coche o nadar en un río.

Cubrirse la cara en exteriores al aire libre, como en aceras, parques, playas o rutas de entrenamiento, carece de sentido epidemiológico y es una medida que debió ser eliminada desde hace tiempo. Otra cosa es si uno se expone a las multitudes, como en un espectáculo deportivo, musical, bailable o religioso. En estos tres últimos, el mayor peligro de transmisión ocurre en la zona cercana al escenario, donde los amenizadores cantan o gritan. La posibilidad de contagio disminuye si la organización del evento exige vacunación o prueba negativa reciente de SARS-CoV-2. En los gimnasios, salones de belleza o restaurantes habría que tomar en cuenta el espacio disponible, la afluencia de clientes, el flujo de aire del establecimiento y el estatus infeccioso de entrenadores, peluqueros o camareros. Una buena analogía a considerar sería con el humo del tabaco. Si uno puede sentir el olor a cigarrillo desde su ubicación en el lugar, el virus también estaría presente en el aire circulante cercano. De allí la importancia de escoger tu localización dentro del recinto en áreas donde se mueva mejor el aire, puedas estar a mayor distancia de los demás y busques un asiento con una disposición menos frontal a los vecinos. Los techos altos también favorecen la dilución del aire alrededor.

Creo razonable mantener todavía el empleo rutinario de mascarillas en el transporte colectivo, en los viajes aéreos y marítimos y en las oficinas laborales pobremente ventiladas que atiendan al público. En el metro y en los buses uno se topa con numerosos desconocidos entrando y saliendo dentro de un ámbito confinado. Aunque la circulación y recambio de aire es mejor en aviones y cruceros, a nadie le gustaría arruinar sus vacaciones o actividades empresariales por infectarse y tener que pasar el período de aislamiento en el lugar de destino. Las mascarillas, además, seguirán siendo imprescindibles en las salas de hospitales, donde hay mucha acumulación del SARS-CoV-2 y abundantes pacientes de cuidado.

La mayoría de expertos en salud pública concuerda en que el mandato de uso de mascarillas en las escuelas debería irse eliminado rápidamente, en particular si el nivel de propagación del virus en la comunidad es bajo. Los niños no vacunados infrecuentemente sufren síntomas severos, aunque la inmunización reduce aún más ese bajo, pero impredecible riesgo. Muchos alumnos, además, han ido al colegio sin caretas durante la pandemia en Reino Unido, parte de Europa, Escandinavia y en varias regiones de Estados Unidos, con muy pocos estudiantes enfermados gravemente. Los jóvenes han tenido que soportar una enorme carga colectiva, en gran medida para proteger a los adultos en sus vidas, pero a costa de sacrificar su estabilidad emocional, su actividad física y su progreso académico. Con la gran cantidad de adultos mayores y profesores vacunados, es tiempo de devolverles su plena libertad.

Las mascarillas siguen siendo herramientas muy útiles en personas que exhiban síntomas respiratorios, no solo para evitar esparcir el coronavirus, sino muchos otros virus que afectan los pulmones. Aun con vacunas disponibles, la gripe mata anualmente a más de 30 000 estadounidenses en una temporada típica de influenza, la mayoría de los cuales son ancianos o inmunosuprimidos, pero también mujeres embarazadas y niños pequeños. Nuestras estadísticas, sujetas a un subregistro notable, indican que al menos 150 a 300 habitantes fallecen cada año por influenza en Panamá. El virus respiratorio sincicial puede provocar similar o superior cuota de defunciones que el virus de la influenza, predominantemente en infantes, pero también en edades geriátricas. Todos los microbios asociados a cuadros gripales o catarrales se transmiten de manera similar al SARS-CoV-2. En estas dolencias es preferible quedarse en casa o usar un óptimo barbijo ante la necesidad de salir. Las mascarillas KN95, N95 y KF94 son las que mejor protegen, solo hay que asegurarse de que no sean falsas. Las quirúrgicas ofrecen protección parcial, porque no se ajustan tanto al contorno facial y las de tela son menos fiables, a menos que se use una segunda por encima de la otra.

Tan pronto veamos el efecto epidemiológico del carnaval y quizá del sublinaje BA-2, el país debe empezar gradualmente a “gripalizar” la pandemia, asumiendo un cierto nivel de riesgo, aprendiendo a convivir con el virus de manera endémica y protegiendo a los más vulnerables; solo la potencial emergencia de una peligrosa variante, que anule la tremenda efectividad de las vacunas actuales, podría hacernos retroceder. La ciencia, empero, estará allí para evitar que retornemos a las restricciones iniciales. No lo dudes...

Médico e investigador.

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