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- 30/08/2025 00:00
Campesino de mi tierra, el alma que cultiva esperanza

Cuando amanece en mi tierra,
¡Oh, qué cosa tan bella!
Cuando sonríe la morena,
Quien es muy linda despierta,
y agradezco al Señor
Por esa dicha perfecta,
Allá la vida es mejor,
Aunque la pobreza acecha.
Con estos versos inicia la pieza musical titulada Campesino de mi tierra, de mi autoría —una cumbia panameña interpretada y popularizada por el conjunto Plumas Negras— mediante la cual rindo homenaje al campesino de mi tierra.
En el corazón de nuestros cerros, valles y colinas, donde el sol acaricia la “tierra pareja” peninsular con ternura y el viento susurra historias de un tiempo pasado, vive el campesino de mi tierra. No es solo un trabajador del campo, es guardián de tradiciones, sembrador de sueños y testigo silencioso del paso del tiempo.
Cada amanecer lo encuentra despierto antes que el gallo, con las manos curtidas por el trabajo y el alma templada por la fe, a pesar de los múltiples engaños de los gobiernos y la mala fe de los políticos “marulleros” que, cada cinco años, aparecen ensayando nuevas y mejor elaboradas mentiras.
Su jornada no se mide en horas, sino en cosechas, lluvias y estaciones. Con su colín afilado y su sombrero de junco a la ‘pedrá’, enfrenta la vida con dignidad, sin pedir más que lo justo y sin quejarse del sol ni del barro de los caminos intransitables.
El campesino de mi tierra no aparece en los titulares de los medios de comunicación, pero sin él no habría alimento en nuestras mesas ni flores en los altares y cementerios. Su labor es silenciosa e invisible para muchos, pero esencial para todos.
En cada grano de arroz, en cada mazorca dorada, hay una historia de esfuerzo, de amor por la tierra y de resistencia silenciosa. Hoy, más que nunca, debemos mirar al campo con respeto y agradecimiento. Mientras el mundo corre tras la tecnología y la innovación, el campesino de mi tierra sigue sembrando futuro con paciencia y sabiduría. Él nos recuerda que la tierra no solo se cultiva, se ama.
El campesino es la columna vertebral de nuestra sociedad. En un mundo donde la tecnología avanza con grandes pasos —prediciendo el clima; fumigando siembras y potreros desde el aire— se mantiene viva la figura de quien, con sabiduría innata y ancestral, solo con la mirada puede saber la hora, conocer las fases de la luna, anticipar las condiciones del tiempo y despertar en el instante perfecto para iniciar sus labores cotidianas.
Según la Real Academia Española (RAE), «un campesino es una persona que vive y trabaja de forma habitual en el campo. La palabra también se usa como adjetivo para describir lo perteneciente o relativo al campo, o para referirse a algo propio de los campesinos, como una revuelta campesina o antiguas costumbres campesinas».
La palabra “campesino” proviene del latín campus, que significa “campo”, pero con un sentido más amplio que la tierra de labranza. El campesino es un individuo social que vive en el medio rural y comparte un sistema de signos socioculturales con sus conciudadanos; es trabajador de la tierra y poseedor de los conocimientos y la experiencia necesarios para hacer fructificar el campo.
En la encíclica Laudato Si’, del Papa Francisco, se refleja la promoción de la justicia y la solidaridad con la figura del campesino, intrínsecamente ligada a la familia y la fe católica. La familia es la primera comunidad de fe, y el campesino, en su trabajo y vida cotidiana, es un testimonio de los valores cristianos, de la dependencia de la providencia divina y de la necesidad de una comunidad de apoyo que le brinde dignidad y esperanza frente a las adversidades y la migración. La Iglesia Católica reconoce esta conexión, ofreciendo sacramentales y bendiciones para el trabajo en el campo.
El campesino de mi tierra es todo lo que hemos mencionado y mucho más. Es un hombre “pobre”, generalmente con una familia numerosa, que junto a su esposa mantiene, sostiene y educa con su propio trabajo y esfuerzo a sus hijos. Es un individuo dicharachero, parrandero y aficionado a los tragos; aunque puede adquirir una 4X4, prefiere y disfruta de los caballos criollos de paso picao o gateao, además de los que utiliza en su insipiente ganadería. Le gusta participar de las fiestas patronales, en especial de los juegos de toros en los pueblos vecinos. Ante todo, es un hombre de palabra, y daría su vida por cumplirla.
En los eventos comunitarios —las juntas de embarra, de cortar arroz o de zocuela— el campesino de mi tierra se hace notar. No solo canta un par de pies de décimas adecuadas a la ocasión, participa con gracia en una buena competencia de salomas, sino que colabora con alegría y prestancia en casi todas las actividades para las que ha sido convocado.
Es imposible concebir el desarrollo sin la figura del campesino de mi tierra, pues representa una de las voces más importantes y emblemáticas para el presente y el futuro de nuestro país.