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- 27/01/2021 00:00
Cien años de 'suites'
El escritor granadino Federico García Lorca estaba en una intensa faena creativa en 1921. En junio aparecía Libro de poemas donde recopilaba sus primeras estrofas; también daba formas a Poema del cante jondo, uno de sus más significativos trabajos; componía la pieza teatral Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita y redactaba nuevos materiales de un tipo de composición poética con un gran toque rítmico que denominó “suites”.
La primera, titulada Viaje, dice: “El paisaje del ocaso / muerde el yeso del monte. / Una estrella niña / se ha escapado / por el azul.” García Lorca tuvo un profundo sentido musical que inundó toda su obra y estos grupos de imágenes en el libro Cielo bajo contienen la producción que lo ocupó entre 1920 y 1923. Enhebró ideas aparentemente sueltas, pero que, siguiendo una estructura melódica, abordan temas que parecieran aislados.
Este conjunto de páginas contiene una profusa selección donde se manifiesta la enorme capacidad expresiva del poeta en la primera parte de su vida. Aún hacía estudios de lengua y literatura; obtendría tiempo después, su título en derecho, cuando visitó la Residencia de Estudiantes en Madrid y entabló contactos con poetas que luego formarían el movimiento literario de la Generación del 27.
Igual, encontró allí al realizador cinematográfico Luis Buñuel, al hombre de letras José Bello, y a Juan Ramón Jiménez, autor de Platero y yo. Ellos y otros, como Salvador Dalí y Rafael Alberti ejercieron mucha influencia, igual que franceses en sus imágenes: “Sobre París la luna / tiene color violeta / y se pone amarilla / en las ciudades muertas.” No solamente poseía la capacidad de observación del entorno, sino de crear escenarios con fuerza dramática.
En su compendio se observa esta mirada inquisitiva sobre diversos paisajes: “El mar / quiere levantar / su tapa.” O también se dirige a esta semblanza: “El aire, / preñado de arcos iris, / rompe sus espejos / sobre la fronda.” Logra establecer, además, una relación entre los seres humanos y el ambiente cuando describe: “En la pradera bailaba / mi corazón.” O también al agregar más adelante “… el río / y el cielo / son puertas que nos llevan / a lo Eterno”.
Los acontecimientos que alteran la vida cotidiana en los pueblos son motivos para las metáforas: “Y hay un niño que pierden / todos los poetas. / Y una caja de música / sobre las ferias.” Pero no es una acción contemplativa, sino que asoman también los problemas, aparte de lo anecdótico: “¡Oh qué penas de caballos! / Atravesados / por lanzas de caballeros / malos… y luego constata: “¡Pobres pegasos heridos!”.
La intensa producción de García Lorca sobrepasó su vida truncada por las balas. Muchas publicaciones han sido póstumas, como este libro originalmente editado en lengua francesa cuando la editora Gallimard publicó las obras completas. Luego apareció en español, después de un largo proceso de revisión e incluyó hasta el título y una intensa consulta documental, de archivos, cuyo resultado fue unos 140 poemas en más de 40 secciones.
¿Tendría vigencia la poética visión lorquiana en la actualidad? Veamos: “El murciélago, / elixir de la sombra, / verdadero amante de la estrella, / muerde el talón del día… “Ya pasó / el fin del mundo / … Ya ocurrió catástrofe / de los luceros. / … Y en el barco de la Muerte / vamos los hombres, sintiendo / que jugamos a la vida, / ¡que somos espectros!”.
Esas suites -series de versos independientes, pero que siguen un referente común- demuestran la grandeza del pensamiento de Lorca quien unió la sensibilidad, ternura y angustia en la senda declamatoria para brindar una realidad que trasciende su época y aún dura, como diría él, “bajo las auroras perpetuas”.