• 03/06/2026 00:00

Cuando la frontera entre las ciencias y el arte no estaban tan delineadas

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Cuentan en el icónico libro Objectivity, Lorraine Daston y Peter Galison, que el ideal de la objetividad en las ciencias surge y se desarrolla en Europa durante los siglos XIX y XX.

Al describirla como un ideal se refieren a que la objetividad opera como una virtud epistémica, como una forma muy específica de “conocer” e “investigar” el mundo que incluyen normas y un cierto grado de virtudes morales.

Para explicarnos cómo la idea de objetividad fue cambiando hasta convertirse en lo que supuestamente entendemos el día de hoy como objetividad científica, los autores ponen como los primeros intentos a los atlas gigantescos del siglo XIX que concentraban dibujos meticulosos sobre especies de animales y plantas, partes del cuerpo humano y fenómenos naturales conocidos hasta ese momento.

Es durante este periodo, en el que naturalistas, médicos y artistas trabajaban de la mano para dibujar el mundo natural de la forma “más realista y verdadera posible”. Estos dibujos tomaban horas y demandaban largas conversaciones entre dibujantes y científicos.

El objetivo era mostrar la esencia de las especies, la imagen perfecta de un espécimen que luego pudiera encontrarse de forma imperfecta en la naturaleza. Para los naturalistas, quienes estudiaban las especies y quienes teorizaron y escribían al respecto, era de vital importancia contar con dibujantes obedientes y lo suficientemente perceptivos como para dejar retratadas sus descripciones en la forma en la que ellos esperaban. Algunos, en el afán de lograr los dibujos perfectos preferían entrenar a sus dibujantes desde muy jóvenes.

La relación entre artistas y naturalistas no era siempre perfecta. Muchas veces el artista tenía una forma diferente de ver las cosas o se encontraban limitados en las técnicas para retratar las expectativas de los naturalistas. Durante este fascinante periodo en la historia de la ciencia, la opinión de los dibujantes sobre las cualidades de plantas y animales llegó a ser tan importante que muchos llegaron a tener casi tanta autoridad como los científicos de la época. Pese a tener altos niveles de expertise en ilustrar ideas y objetos complejos, eran la mayoría de las veces los científicos quienes se llevaban el crédito del trabajo realizado.

En algunos casos, muchos de estos ilustradores eran mujeres y al no poder firmar sus obras, su trabajo quedó invisibilizado para las siguientes generaciones.

En este periodo en el que la frontera entre las ciencias y el arte no estaban tan rigurosamente delineadas se estaba cocinando la idea de la objetividad.

¿Qué hacía que estos dibujos fueran tan especiales para la ciencia? (Muchas continúan siéndolo) ¿Fue acaso la meticulosidad del artista? ¿Las descripciones del científico? ¿O puede ser posible que haya sido el proceso de co-creación?

Estas últimas semanas, habiendo ganado una posición para presentar mis avances de doctorado en la escuela de verano del Scottish Graduate School of Arts and Humanities, e inspirada en este periodo histórico me propuse trabajar con la artista panameña Ana Sofía Camarga.

Nuestro trabajo va a presentar algunos hallazgos sobre la historia de las mujeres en las ciencias naturales en Panamá. Y aunque claramente las condiciones materiales no nos permiten reproducir ese ejercicio decimonónico (porque mediamos el arte con otras tecnologías y herramientas), me quedo pensando si las conversaciones se parecerán a las de antaño. Todo el proceso de acuerdos y desacuerdos sobre cómo presentar un momento histórico, cada elemento a tomar en consideración tanto en el dibujo, guión, materiales, los archivos a utilizar, me recuerdan a los atlas del siglo XIX. Al igual que en ese periodo, sentimos esas ansias de mostrar una historia incompleta de la forma más real y verdadera posible.

Lo productiva que está siendo esta experiencia me hace reflexionar en la importancia de ese diálogo entre científicas y artistas. En la insistencia de no ignorar la ‘A’ en las STEAM. Porque fue a través de las artes la forma en la que muchos científicos tuvieron que aprender a dar sentido a ideas complejas, a entender que cuando describimos fenómenos o momentos históricos hay que tener en cuenta a nuestros interlocutores que históricamente han ayudado a construir nuestra dulce y sagrada objetividad.

* La autora es investigadora Asociada del CIEPS y estudiante de Doctorado en Science and Technology Studies en la Universidad de Edimburgo
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