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Agrega La Estrella en Google ↗️Enfrentamos una aporía estructural ineludible. Atestiguamos un acelerado desarrollo tecnocientífico que ha hallado en la IA su cristalización definitiva. Al mismo tiempo, surge la exigencia de establecer una normativa ético-política emanada desde entes estatales que prevenga los abusos y malos usos de las nuevas herramientas. Los impulsadores de estos desarrollos científicos han canalizado una inversión de miles de millones de dólares y colocan en el mercado nuevos productos y actualizaciones de manera continua. Son muy conscientes del enorme poder que les confiere la IA. Por eso miran con cierto desprecio la razón práctica del estadista, del filósofo político, y del humanista que sostienen que es necesario subordinar el avance descontrolado de las plataformas digitales a una serie de principios protectores de la dignidad humana. Esta discusión regulatoria evidencia una tensión fundamental entre las insondables posibilidades de la IA y las capacidades reales que tienen los Estados de someter coercitivamente a las tecno-corporaciones.
Este conflicto entre una innovación científica que no conoce límites y la necesidad de obrar con prudencia política halla una extraordinaria resonancia en el Fedro de Platón. En este célebre diálogo, se expone el mito del encuentro entre Tot, deidad inventora de los números, la astronomía y las letras, y el rey Thamos. El inventor presenta su creación, la escritura, al soberano, y asegura que ésta operaría como un fármaco milagroso destinado a hacer a los egipcios más sabios y a mejorar su memoria. Sin embargo, Thamos dudaba de esta visión optimista y advierte sobre los profundos peligros de la escritura como innovación. En esta narrativa, Platón utiliza al gobernante para argumentar que lo escrito produce olvido en las almas porque induce a los seres humanos a abandonar el ejercicio de su memoria interna y depender de caracteres externos y ajenos. Para el rey, las letras no son un remedio para la memoria, sino un simple recordatorio que otorga una falsa apariencia de sabiduría.
El cuidado del alma, por el que aboga Sócrates en el Fedro, nos advierte sobre el peligro de creer que la acumulación pasiva de datos es igual a la posesión de la verdad. El conocimiento auténtico no es una simple agregación de informaciones, sino un proceso dialéctico de examen continuo donde el sujeto se hace responsable de lo que sabe. Si delegamos nuestra capacidad cognitiva en los algoritmos, corremos el riesgo de caer en una sofisticación vacía. La tecnología por sí sola carece de autognosis y del espíritu crítico que solo surgen del diálogo reflexivo. La verdadera sabiduría no reside en la posesión de respuestas inmediatas, sino en la capacidad de habitar la pregunta, protegiendo así nuestra facultad de pensar y juzgar frente a la ilusión de una sapiencia frívola y automatizada.
Al transponer esta alegoría a nuestro tiempo, el desarrollador tecnológico moderno opera bajo la misma fascinación del dios Tot. Cegadas por el apego incondicional a su propia creación tecnológica, las tecno-corporaciones atribuyen a la IA potestades cognitivas impresionantes y las presentan como un artificio potenciador del intelecto humano. Frente al tecno-poder encantador y encantado, se erige la sabiduría política encarnada del rey Thamos, cuya premisa ineludible postula que “a unos les es dado crear arte, a otros juzgar qué de daño o provecho aporta para los que pretenden hacer uso de él”. Siguiendo esta línea de pensamiento, Mark Coeckelbergh (Filosofía política de la inteligencia artificial 2023) expresa que la administración pública no debe limitarse a adoptar pasivamente la innovación algorítmica. Sugiere un diálogo entre el inventor y el político que permita hacer una reflexión sobre qué tecnologías políticas necesitamos para moldear el futuro y proteger las estructuras políticas, en lugar de convertirnos en víctimas indefensas del poder de la IA.
Desde este riguroso examen, el ejercicio político diagnostica el riesgo de delegar nuestro pensamiento a un espejo que nos devuelve una imagen distorsionada de nuestra propia inteligencia, una erudición automatizada que, aunque altamente eficiente, carece por completo del compromiso y responsabilidad ética que solo se puede agenciar desde lo humano. Ante este panorama, Adela Cortina (Ética 2001) recobra una importancia vital en la distinción clásica entre la razón técnica del inventor y la razón prudencial del político. Mientras que la racionalidad técnica se enfoca exclusivamente en cómo resolver un problema puntual con la mayor eficacia inmediata, la racionalidad prudencial exige armonizar dichas soluciones operativas ponderando los aportes a la comunidad a largo plazo y su compatibilidad con nuestros ideales éticos y políticos.
La responsabilidad de los avances de la IA no ha de dejarse en manos de los tecno-corporaciones. Al igual que la escritura en la antigüedad, la IA es esencialmente un fármaco ambivalente: encierra simultáneamente el potencial de ser un instrumento curativo o un veneno paralizante. Requiere ineludiblemente del escrutinio, el diálogo y la prudencia de la filosofía política para asegurar que los algoritmos no sustituyan la reflexión política y dialógica del ciudadano, sino que se integren de forma armónica en un proyecto orientado al bien común. Solo a través de esta vigilancia regulatoria constante producto de la conversación entre el inventor y el político, se puede lograr que la tecnología amplíe nuestros horizontes en lugar de sepultar nuestra genuina sabiduría.