• 29/05/2026 00:00

El padre Valtierra, un santo por canonizar

Se entiende que la vocación sacerdotal es el llamado de Dios a hombres bautizados para participar en el sacerdocio de Cristo, sirviendo y guiando a la Iglesia como pastores. Implica una respuesta libre y generosa para dedicarse a la evangelización, al cuidado de los fieles y a la administración de los sacramentos, viviendo en gracia y en celibato. La entrega de la vida al servicio de Dios y de la Iglesia debe ser una certeza nacida en lo más profundo del corazón, que impulse al cuidado de los fieles. Es un deseo profundo de hacer algo importante con la propia vida: la entrega a los pobres, a los jóvenes, enfermos y a los ancianos. Es amar a Dios, siguiendo las reglas a través de los superiores, manteniendo un compromiso formal y serio con la comunidad. Es comprender que Dios espera lo mejor de ti y que te brindará la oportunidad de realizar algo grande con tu propia existencia.

El sacerdocio es un proceso de formación integral —espiritual, intelectual, humana y pastoral— que dura entre seis y ocho años. Dentro de él existen los diocesanos, que prometen obediencia al obispo y celibato, sirviendo en una diócesis específica; y los religiosos, quienes son miembros de una congregación, como los Franciscanos, que viven en comunidades y siguen un carisma particular. En todos los casos, implica superar el miedo y arriesgarse generosamente, a menudo acompañado por un sacerdote que sirve de guía.

Luego de leer con detenimiento el libro Recordando al padre Valtierra, el héroe de los hospitales de Panamá, escrito por el misionero Pedro García, los gratos recuerdos vividos con el padre Valtierra durante mi breve paso por el Hospital Santo Tomás en los años sesenta inundaron mi mente.

Tal como relata el misionero, en el hospital “no se movía una paja” respecto a los pacientes graves sin que el padre Valtierra diera su bendición. Lo veíamos diariamente, aunque su saludo era breve, pues no quería restar tiempo a su atención de los enfermos, la cual consideraba sagrada.

Querido en toda Panamá por médicos, enfermeras, auxiliares, personal paramédico y, en especial, por los familiares de los enfermos, desde 1941 —cuando fue nombrado capellán del Hospital Santo Tomás— se dedicó con entrega a la salud espiritual de los pacientes de este y otros nosocomios. Fue un sacerdote sin horarios ni calendarios; su mayor empeño era que ningún enfermo, católico o no, pasara al otro mundo sin confesión y sin recibir los Santos Óleos, si así lo aceptaba. La llamada o notificación de la gravedad de un enfermo al padre Valtierra era casi una obligación para médicos, enfermeras o auxiliares, ya fuera a través del teléfono o del recién inaugurado servicio de mobile phone, sin importar la hora.

El padre Florencio Valtierra nació en San Martín de la Ahumada, provincia castellana de Burgos, el 27 de octubre de 1905. Hijo del educador Ángel Valtierra y de doña Emilia Barriuso, quienes procrearon catorce hijos. Don Ángel promovía las vocaciones sacerdotales, por lo que tres de sus hijos sintieron el llamado de Dios: Gilberto, Alberto y Florencio. Dos de sus tíos también sirvieron como sacerdotes. En 1917, Florencio inició su carrera sacerdotal en los seminarios claretianos. El 14 de junio de 1930 fue consagrado sacerdote; en 1937 llegó a la Catedral de Colón y en 1941 a la iglesia de Cristo Rey, siendo nombrado capellán del Hospital Santo Tomás.

A partir de su nombramiento en 1941, y luego de otras actividades similares en Estados Unidos y Costa Rica, hasta su muerte el 9 de febrero de 1999, se pueden escribir miles de historias sobre la bondad y sacrificios de este santo varón incansable. De menuda figura, pero dotado de una energía inagotable, para él no existían el descanso de los domingos ni las fiestas de guardar: su único afán eran sus enfermos, sin importar el día, o la hora. Su ingenuidad, comparable con la de un niño, motivó al padre Lamberto Picado a expresarse luego de su fallecimiento, diciendo de él: “El hombre que no sabía pecar”.

El padre Valtierra merece un proceso de beatificación cuanto antes. Solo basta reunir los testimonios de milagros alcanzados por su intercesión, que estoy seguro existen. Y si no fuera posible reunirlos, pese a la fama de santidad del padre Valtierra y a la opinión del pueblo sobre su vida sacrificada, íntegra y rica en virtudes cristianas, que el Papa lo exima de estos requisitos, que muy bien merece.

* El autor es escritor, compositor y folclorista
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