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- 12/07/2021 00:00
Las elites del poder y su entreguismo al imperio
Hace 12 años, el Dr. Celestino Araúz publicó un enjundioso estudio que aporta detalles y análisis histórico que configuran el comportamiento nacional, a partir de 1903. Nos referimos a su obra “El imperialismo y la oligarquía criolla contra Carlos A. Mendoza”. En efecto, aunque no es el centro de su obra, Araúz abunda en información acerca del carácter de la República naciente, que no es más que la génesis de la República que hoy vivimos. Un Estado, cuyo clamor nacional fue escamoteado por las clases tradicionales del capitalismo decimonónico criollo en coincidencia con los apetitos globalistas del pujante imperio norteamericano.
Con mucha razón, hay expertos en el tema que hablan de que el nacimiento de esta República -igual que los Tratados Hay-Bunau Varilla- ningún panameño de pueblo lo respaldó. Por lo tanto, se trata de la república de las elites políticas y oligárquicas que aún tienen a sus hijos y nietos en la conducción de las riendas del Estado, mas no de la República propiamente de nuestro pueblo. Y esto es lo que hace que se entienda que, salvo en el período Torrijista y otros pocos momentos -acaso, en el cortísimo lapso de gestión presidencial de Carlos A. Mendoza- nuestra historia como nación ha sido la historia de la entrega de nuestros valores y riquezas al imperio estadunidense y otras potencias desarrolladas, por parte de los que han conducido y actualmente dominan nuestra sociedad.
La actitud de sometimiento al Estado norteamericano fue un rasgo en ambos lados de las facciones tradicionales del espectro político desde inicios de la malograda República, rasgo que no es distinto a la actitud de los bandos electoreros actuales. Esto ha sido harto evidente a través de más de 100 años. Pronunciamientos privados y públicos de las agrupaciones partidistas que han estado en luchas por el reparto de las riquezas generadas en el país y las del tesoro público, han puesto de relieve este asunto.
El colega Celestino Araúz, nos ofrece evidencias probatorias al respecto, cuando hace referencia del memorándum del directorio del Partido Liberal dirigido al procónsul estadunidense de la época -el señor Taft-, a propósito de la contienda por la silla presidencial en 1908. La misma contenía una expresa afirmación de reconocimiento de Panamá como un “protectorado” del coloso norteño: “El Gobierno de los Estados Unidos que es protector de nuestra nacionalidad, está también en el deber de ser mentor de ella (…) a ese respetabilísimo Gobierno acudimos (…) para pedirle que haga sentir en nuestra nación su faz y como lo estime más compatible (…) con los deberes correlativos que le impone el protectorado” (Araúz, 2009).
Los liberales, con cierto interés en consolidar su posicionamiento interno para estimular el desarrollo del capitalismo industrial moderno, terminan cediendo la base de su propio desarrollo al interés del progreso de los norteamericanos en nuestro territorio. Los ímpetus de soberanía inicial terminaron diluyéndose ante esta conducta distorsionada por la impronta imperial.
De su parte, los activistas de corrientes conservadoras -abuelos y abuelas de los que hoy tienen gran peso en las políticas estatales, siguiendo la misma orientación de sumisión que aquellos- no solo revelaron su conducta entreguista a la potencia extranjera norteña, sino, peor aún, su carácter terriblemente discriminador, en absoluta coincidencia con la política racista estadunidense.
En la contienda electoral de 1910, las elites tradicionales sacaron el cobre racista, primero contra Carlos A. Mendoza y posteriormente contra Pablo Arosemena. Basta recordar la carta de María Ossa de Amador, quien expresaba los criterios e intereses del clan conservador favorecedor de la candidatura de Samuel Lewis. En esta, espetó el argumento de que: pocas relaciones le unían a Lewis, pero este a diferencia de Carlos Mendoza era “honrado, inteligente, decente y… blanco”. (María Ossa de Amador a William Taft Yonkers, agosto 29 de 1910, citado en: Araúz, 2009).
Estas conductas sumisas se han repetido una y otra vez, abierta o veladamente en casi todos los presidentes y sus Gobiernos -herederos consanguíneos o políticos, de los mal llamados “padres de la Patria” -tanto los de antes de 1969 como los posteriores a 1983.
Otra vez, se trata de una república conformada por las elites económicas con base en la entrega de nuestras riquezas a espaldas del pueblo; razón suficiente para que este opte por refundar una república distinta.